Homilía en la misa de cuerpo presente del Padre Jesús Valladares (30 de septiembre de 2013)

(Sabiduría 3, 1-9; Romanos 6, 3-9; Mateo 25, 31-46)

            Queridos hermanos y hermanas:

            Estamos reunidos aquí para escuchar la Palabra de Dios que nos va a iluminar en este momento de duelo.

            La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos decía lo siguiente: la vida de los justos está en las manos de Dios y no les tocará el tormento. Esta es una gran verdad y a la vez un gran consuelo. Si uno trata de vivir una vida justa, una vida que se ajusta a Dios, el autor bíblico nos asegura que su vida reposa en las manos de Dios, nuestro Padre. Esa persona no tiene que tener miedo del tormento, del infierno, que es el estado de separación definitiva de Dios. Aunque haya gente insensata que no comprenda el sentido de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte, en la fe creemos que Dios pone a prueba a los justos y los halla dignos de sí; los prueba como oro en el crisol y los recibe como sacrificio de holocausto. Fue lo que vivió el Padre Jesús en los últimos años de su vida: mucho desgaste de salud, pérdida gradual de la conciencia, pérdida del apetito y de la sed. Pero hallaba todavía la fuerza de bendecir a las personas que lo venían a visitar y los carros que pasaban por la calle.

            La segunda lectura, tomada de la carta a los Romanos, nos habla del bautismo. Por el bautismo nos incorporamos a Cristo. Eso quiere decir que llegamos a formar parte del cuerpo de Cristo. Y fuimos incorporados a la muerte de Cristo, fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por eso la fe cristiana describe el sacramento del bautismo con la imagen del baño: por el bautismo nos hemos zambullido en el agua, que representa la muerte de Cristo, para resucitar a una vida nueva, la vida de resucitados. Por eso creemos que si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Es lo que ha predicado tantas veces el Padre Jesús, cuando bautizaba a los niños en esta catedral y lo hacía por inmersión. ¡Cuántos niños, que ahora son jóvenes o adultos, han sido bautizados por el Padre Jesús! (Levanten la mano los que han sido bautizados por el Padre Jesús). El cumplía ese ministerio con mucho amor y hacía participar activamente a la gente en la celebración. Asimismo, él ha celebrado con devoción la Eucaristía todos los días, y le gustaba celebrar la primera misa de la mañana. No es de sorprender que haya fallecido al principio de la misa de las 6:30 ayer, esa misa donde él ponía mucha creatividad. Él deseaba morir un domingo, a las 6 de la mañana, celebrando misa. Miren cómo Dios ha sido bueno con él. Él vivió su sacerdocio como una gracia y como un don. Pues creemos que ahora él vive con Jesús resucitado, el Sumo y eterno Sacerdote.

            El evangelio proclamado por nuestro diácono Noé es el evangelio del juicio final. Seremos juzgados por el Hijo del hombre sobre nuestras acciones de caridad y sobre nuestras faltas de caridad. Vemos que tanto las ovejas como las cabras ignoran cuándo acogieron o no acogieron a Jesús. El rey les dice: Les aseguro que cada vez que lo hicieron con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicieron. El Padre Jesús ha sido un hombre que practicaba mucho la caridad. Puso sus talentos al servicio de la gente. Ayudó mucho a los pobres. Muchos migrantes pasaban por la casa cural y pedían su ayuda, y él procuraba ayudarles. Él amaba su ministerio como capellán del batallón, nos hablaba de la formación que les daba a los soldados. Como capellán del presidio, él visitaba a los privados de libertad. También él sentía una gran satisfacción al ver que con todos los esfuerzos que hacía para valorar la cultura de Choluteca, la autoestima del pueblo subía. Son innumerables las iniciativas que él llevó a cabo: muestra de ello fue lo que leyó nuestro hermano Benjamín antes de empezar la misa.

            El Padre Jesús llegó a Choluteca porque fue enviado como misionero en Honduras por el Superior de los Padres Javerianos. Él se arraigó en Choluteca, se identificó con el pueblo de Choluteca y tomó la nacionalidad hondureña. San Pablo se había hecho judío con los judíos, griego con los griegos. El Padre Jesús se hizo hondureño con los hondureños. Fue un gran misionero. Fue un gran sacerdote, amante de la Palabra de Dios y de la Eucaristía. También amaba mucho a Nuestra Señora de Guadalupe y va a ser sepultado con una imagen de la Virgen de Guadalupe en el pecho.

            En nombre del Superior general de la Sociedad para las Misiones Extranjeras, Padre Martín Laliberté, y del Superior regional en Honduras, Padre Andrés Dionne, quiero dar gracias a todas las personas que ayudaron al Padre Jesús en su enfermedad. Me permito mencionar a algunas personas en particular: el Padre Angel Portillo, párroco de la catedral, los muchachos del Padre Jesús que lo cuidaron día y noche, los dos enfermeros que lo asistieron en el último mes, así como muchas personas de buena voluntad que estuvieron cerca de él y que contribuyeron  para sufragar gastos para su salud.

            En esta Eucaristía, démosle gracias al Señor por la vida del Padre Jesús. Pidámosle perdón al Señor por los pecados que haya podido cometer. ¡Que el Señor consuele también a los jóvenes de la Fraternidad cristiana por la separación física de su Padre! ¡Que este día sea para todos nosotros una oportunidad para crecer en nuestra fe y en nuestro sentido de comunión y de pertenencia a la Iglesia! Amén.

Seminario Menor Pablo VI