Homilía del 27° domingo del tiempo ordinario (6 de octubre de 2013)

           

Estamos acercándonos al final del Año de la Fe, que el Papa Benedicto nos ha regalado para profundizar nuestra fe, no sólo en sus fundamentos teológicos, sino también en sus consecuencias para nuestra vida. Vivimos un profundo cambio de época: eso trae confusión y nos desinstala. Además hay mucha violencia e inseguridad en nuestro país. También estamos en una campaña electoral y tenemos que votar de una manera racional, no por pura emoción.

            La Palabra de Dios hoy puede iluminar nuestro caminar en este mundo. A partir de las lecturas de hoy quiero destacar dos actitudes que tienen mucha relación entre ellas: el poder de la fe y el servicio con humildad.

            Primero el poder de la fe:

            Ante tanta desgracia, tanta injusticia y tanta maldad, el profeta Habacuc hace preguntas a Dios. ¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas? El profeta constata que la justicia está en bancarrota mientras Dios parece callado y ausente. Sin embargo, Dios le responde. Le asegura que a pesar de todas las apariencias, el malvado perecerá y el justo vivirá por haber puesto su confianza en el Señor. El justo vivirá por su fe. Otra traducción dice: El justo vivirá  por su fidelidad. No hay contradicción entre esas dos traducciones: la fe se tiene que vivir en la fidelidad de cada día. El justo vivirá por su fe: el que se mantenga fiel al Señor se salvará.

            Por ahí vemos que la fe es un camino, un camino exigente, que pide una confianza total al Señor. La fe no es un contrato jurídico, en el estilo de "yo te doy para que me des." Por eso no debemos hacer cuentas matemáticas de méritos sobre nuestras buenas obras para con Dios o el prójimo. La fe no recrimina, no exige, no es orgullosa, sino que está llena de disponibilidad, es abandono confiado, empeño gratuito y desinteresado. Una fe así es sinónimo de vida, de fuerza, de salvación, es raíz de serenidad y de esperanza.

            En el texto del evangelio que hemos escuchado, tenemos otra situación que apela a la fe. En los capítulos que preceden este texto del evangelio de hoy, el Señor ha pedido a sus discípulos el desapego de sus riquezas: deben compartirlas con los pobres para que no haya tanta desigualdad entre ricos y pobres. Además el Señor ha sido muy severo para los que escandalizan a los pequeños: más les vale que les pongan al cuello una piedra de molino y les arrojen al mar. Además les pidió a sus discípulos que perdonen siempre a los que los ofenden. Es comprensible la reacción de los apóstoles: ante tantas exigencias, Señor, auméntanos la fe.

            El Señor responde comparando la fe con un granito de mostaza. La mostaza es una planta cuyos granos son pequeños, tienen un diámetro de 1 milímetro cada uno. En san Mateo, Jesús nos dice que el Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza. Es ciertamente  más pequeña que cualquier semilla pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas (Mt 13, 31-32). En nuestro pasaje según san Lucas, Jesús dice a los apóstoles que si tuvieran fe como un granito de mostaza, una fe que, como el grano de mostaza, es pequeña, pero que tiene una gran capacidad para crecer, podrían hacer cosas extraordinarias o mejor, Dios podría hacer cosas maravillosas a través de ellos. Es lo que Jesús nos dice con esta frase: Si tuvieran fe como un granito de mostaza, dirían a esa morera: "Arráncate de raíz y plántate en el mar", y les obedecería.

                  Podemos preguntarnos: ante las situaciones de la vida, ante los acontecimientos que nos toca vivir y que a veces nos sacuden, ¿cómo es nuestra fe? ¿Cuán poderosa es nuestra fe? Dichosamente hay muchas personas que tienen una fe muy fuerte, son como robles, las pruebas no las hacen tambalear, ellas apoyan también a las personas más débiles en su fe. Pero sinceramente creo que todos hoy podemos decir con los apóstoles: "Creo, pero aumenta mi fe."

            Segundo, el poder de nuestra fe está íntimamente unido al servicio humilde de nuestros hermanos. Jesús ilustra esto con una parábola: somos como el criado que está al servicio de un dueño. Después de trabajar todo el día en el campo, al volver a la casa le toca primero al criado preparar la comida y servirla al dueño antes de comer él mismo. Nosotros también hemos de tener una actitud de desprendimiento. Jesús nos dice: Cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer." Nuestra mejor satisfacción debería ser el hecho de haber cumplido nuestro deber.

            En las cosas del Reino de Dios, debemos trabajar gratuitamente, no para que nos paguen. Hemos recibido gratuitamente, es necesario que demos gratuitamente. Así hizo Abraham que cedió a Dios el único hijo que tuvo de su esposa. Así hizo la Virgen María, que entregó a Dios su proyecto de amor con José. Así hacen muchísimos padres de familia, que no calculan los esfuerzos que hacen para educar bien a sus hijos. Así hacen los niños de la Infancia Misionera, que rezan el rosario misionero en sus casas y en las casas ajenas durante este mes de octubre misionero, para que Dios haga al mundo entero el don de la unión y de la paz. Todos, con el poder de nuestra fe, debemos considerarnos como "pobres siervos", sabiendo que no somos indispensables, Debemos desterrar la soberbia, quedarnos humildes, serenos y felices de poder donar, amar, sacrificarse por Dios y por los demás. Señor, te pido la gracia de aumentar mi fe, de tal manera que mi fe me impulse a servir a los demás con amor y gratuidad. Amén!

Seminario Menor Pablo VI