Homilía del 29° domingo del tiempo ordinario (20 de octubre de 2013)

Queridos hermanos y hermanas:

            Este año celebramos la Jornada Mundial de las Misiones mientras nos acercamos al final del Año de la Fe. Es una ocasión propicia para fortalecer nuestra amistad con el Señor y nuestro camino como Iglesia que anuncia el Evangelio con valentía.

            Quisiera tocar hoy tres aspectos de la misión de la Iglesia que me parecen importantes a partir de la Palabra de Dios que hemos escuchado. Primero, la misión surge de la fe. Segundo, la misión implica la oración. Tercero, la misión está estrechamente vinculada con la Palabra de Dios.

            Primero, la misión surge de la fe. Hay personas que identifican la misión con un trabajo social a favor de los más pobres. No es eso la misión. Uno puede ser un excelente cooperante o voluntario sin tener fe. En cambio, no hay misión sin fe. El Papa Francisco, en su mensaje con ocasión del DOMUND, escribió: "La fe es un don precioso de Dios, el cual abre nuestra mente para que lo podamos conocer y amar... Pero la fe necesita ser acogida, es decir, necesita nuestra respuesta personal, el coraje de poner nuestra confianza en Dios, de vivir su amor, agradecidos por su infinita misericordia. Es un don que no se reserva sólo a unos pocos, sino que se ofrece a todos generosamente... Y es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si queremos guardarlo sólo para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos. El anuncio del Evangelio es parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia." Entonces, podemos decir que la misión surge de la fe.

            El texto del evangelio de hoy viene a corroborar esto. Al final del evangelio Jesús les preguntaba a sus discípulos: "Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?" Es una pregunta importante, que cada uno de nosotros puede contestar desde su corazón. Tengan por seguro que Jesús nos invita a compartir nuestra fe con los que no la tienen, desde nuestra pequeñez, desde nuestra pobreza y desde la experiencia de martirio que tiene Centro América. La presencia de un misionero en un ambiente no cristiano, por ejemplo en Japón, en China o en Arabia Saudita es en sí una prueba para su fe. El ser confrontado con un mundo totalmente ajeno a la fe cristiana invita al misionero a buscar lo esencial: la presencia del Espíritu Santo en esos pueblos. Sigue escribiendo el Papa Francisco: "El Año de la fe es un estímulo para que toda la Iglesia reciba una conciencia renovada de su presencia en el mundo contemporáneo, de su misión entre los pueblos y las naciones". Entonces, el Año de la fe nos hace tomar conciencia que la Iglesia es esencialmente misionera. El Papa Benedicto XVI escribía: "El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial". ¡Ojalá el Hijo del hombre encuentre en la Iglesia y en cada uno de nosotros sus miembros una fe activa, que ilumine todos los aspectos de la vida y que contagie el mundo que nos rodea!

            Segundo, la misión implica la oración. Como Moisés, el misionero es un intercesor. Mientras el pueblo de Dios libra el combate de la fe en la llanura, el misionero ora por él en la cima del monte. Porque es Dios quien da la victoria, no las fuerzas humanas, ni los poderosos ejércitos. Me llama la atención en ese relato del Éxodo cómo Moisés obtuvo la ayuda de Aarón y Jur, uno a cada lado de él, para sostener sus brazos levantados en oración. Así el misionero necesita la ayuda de su pueblo para realizar su misión: esta ayuda se concretiza en la oración misionera, a la manera de Santa Teresita del Niño Jesús que, sin salir de su convento de carmelita, ofreció su vida por las misiones y los misioneros y fue declarada Patrona de las Misiones.

            El evangelio de hoy destaca una calidad importante de nuestra oración: tiene que ser constante y perseverante. "Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso una parábola." En la vida de todo discípulo misionero existe la tentación de dedicarse exclusivamente a la actividad y de caer en el activismo, descuidando la oración. Un discípulo así se convertiría en un trabajador social, y la Iglesia en una ONG. Un discípulo misionero tiene que ser un hombre o una mujer de oración. Si descuida la oración, pronto será absorbido por el mundo y perderá la calidad de su testimonio. En cambio, si es perseverante en su vida como la viuda de la parábola, Dios escuchará su oración.

            Tercero, la misión está estrechamente vinculada con la Palabra de Dios. En la segunda lectura, san Pablo recuerda a Timoteo que de niño conoce la Sagrada Escritura y que ella puede darle la sabiduría que por la fe en Cristo conduce a la salvación. Como Timoteo, el misionero es el primer destinatario del mensaje de salvación que predica. Al preparar una homilía o una conferencia, yo me digo siempre que soy el primero que debo vivir la Palabra de Dios que escucho o leo. Por eso, la lectura orante de la Palabra de Dios, la "lectio divina", debe convertirse en un hábito en la vida de todo discípulo misionero.

            San Pablo recalca después el valor infinito que tiene la Palabra de Dios. "Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud: así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena." El discípulo misionero anda con la Palabra de Dios, tal como es leída en la Iglesia. En las experiencias de misión que he vivido aquí con unos aspirantes a la vida misionera, siempre me ha llamado la atención que los que iban por primera vez a la misión llevaban una valija llena de un montón de cosas, porque no querían que nada les faltara. Pero después de vivir esa  primera experiencia misionera, se daban cuenta que lo esencial era llevar una Biblia, un corazón dispuesto a escuchar y compartir y unas cuantas mudadas y objetos de uso personal. San Pablo sigue diciendo a Timoteo: "Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta con toda comprensión y pedagogía." Eso fue lo que hicieron los santos misioneros que dieron su vida en nuestra tierra. Eso es lo que tenemos que hacer nosotros, los discípulos misioneros: dedicarnos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra, como lo hicieron los primeros Apóstoles.

            En este domingo mundial de las misiones, reafirmemos nuestra fe en la Iglesia que es esencialmente misionera. Oremos por los misioneros del mundo entero y por los candidatos a la vida misionera, hombres y mujeres, en particular por los que viven ahora en el Centro Misionero Ad Gentes de América Central. Ellos son de varios países de América Latina y pronto van a salir como misioneros fuera de sus fronteras. Oremos también, como nos lo pide el Papa, por los cristianos que se encuentran en dificultades para profesar abiertamente su fe y ver reconocido el derecho a vivirla con dignidad. Ofrezcamos nuestros sacrificios de cada día por las misiones, así como la entrega generosa de nuestra vida y nuestra ofrenda económica para solidarizarnos con la misión de la Iglesia universal.

            Apoyemos el trabajo de las Obras Misionales Pontificias, que tienen como propósito animar y profundizar la conciencia misionera de cada bautizado y de cada comunidad cristiana. Seamos generosos en la colecta del DOMUND: nuestras ofrendas irán al fondo de solidaridad universal y van a ser redistribuidas por las Obras Misionales Pontificias entre las Iglesias más necesitadas, para sus proyectos de evangelización.

            Ofrezcamos esta Eucaristía en acción de gracias al Señor por el ejemplo de tantos misioneros y misioneras que entregan su vida en los cinco continentes. Comprometámonos a vivir cada día nuestra vocación misionera de bautizados.

Seminario Menor Pablo VI