Homilía del 32° domingo del tiempo ordinario (10.11.13)

                     

  Durante este Año de la Fe, hemos aprendido mejor el contenido de nuestra fe. En el Credo proclamamos que creemos en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro. Eso, que va a ocurrir al final de la historia, da sentido a nuestra vida sobre la tierra. Las lecturas de hoy nos hablan precisamente de la resurrección.

            En el tiempo de Jesús había muchas corrientes religiosas. Conocemos más a los fariseos, que añadían a la ley de Moisés un montón de tradiciones que esclavizaban al pueblo. Otra corriente eran los saduceos. Los saduceos recibían posiblemente su nombre de Sadoc, el sacerdote del templo de Salomón, cuyos descendientes se impusieron como sacerdotes en el templo de Jerusalén a partir del destierro. De hecho, los saduceos se reclutaban sobre todo entre las familias sacerdotales ricas y entre los aristócratas laicos. Los saduceos aceptaban solamente los primeros cinco libros de la Sagrada Escritura, que son el Génesis, el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio. No aceptaban los libros de los Profetas ni los libros de la Sabiduría. Se mostraban enemigos de toda innovación. Negaban la resurrección de los muertos y la existencia de los ángeles. Tampoco creían en la acción de la Providencia de Dios. Políticamente hablando, colaboraron con los griegos primero y luego con los romanos. Ocupaban la mayoría de los puestos del sanedrín, el consejo supremo de los judíos. Desde el sanedrín y desde su posición privilegiada en el templo y en la economía, ejercían el control sobre la vida social, política y económica del país. Jesús, que se atrevió a denunciar los desórdenes y la degradación del templo y de sus responsables, los sacerdotes, pagó caro esa libertad de espíritu que finalmente le ocasionó la muerte violenta en la cruz.

            En el texto del evangelio de hoy, unos saduceos tienden una trampa a Jesús. Le presentan el caso de un hombre casado que murió sin haber tenido hijo. La ley del levirato, - la palabra latina "levir" quiere decir "cuñado" -, ordenaba que el hermano del marido fallecido se casara con la viuda, para dar descendencia a su hermano y no dividir la herencia familiar. Ahora bien, en el caso que los saduceos le presentaron a Jesús, siete hermanos del difunto se casaron sucesivamente con la misma viuda a medida que iba muriendo el marido anterior, y todos murieron sin dejar hijos. Entonces los saduceos le preguntaron a Jesús: "Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?"

            Jesús no cae en la trampa. Reafirma ante todo la fe en la resurrección de los muertos. La visión de Jesús se sitúa en la misma línea de la de los siete hermanos mártires de la primera lectura de hoy. Jesús además les da a los saduceos un argumento que toma del libro del Éxodo: "Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob." Aunque Abrahán, Isaac y Jacob habían muerto, el Señor se presentó a Moisés como el Dios de ellos. Jesús concluye: "No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos." Para Dios, todos estamos vivos.

            La resurrección de los muertos es un artículo fundamental de nuestra fe. Jesús afirma que nuestro destino es la vida y la comunión plena con Dios, que la muerte no es el final de todo. Jesús dice que la vida futura será diferente de la vida actual: en ella no habrá bodas, allí la humanidad no necesitará renovarse, porque todo será vida. "Ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección." No sabemos cómo será concretamente la vida de resucitados. Pero sí sabemos que no será una simple continuación de la vida terrena, sino una vida nueva y distinta, una vida de plenitud que difícilmente podemos comprender desde nuestras realidades cotidianas.

            Aquí quiero sacar algunas consecuencias de nuestra fe en la resurrección.

            Si creemos en la resurrección, debemos promover la vida humana en todas sus formas, desde su concepción hasta la muerte natural. Por eso, la Iglesia está en contra del aborto y de la eutanasia. Cada uno de nosotros debemos proteger la vida del niño todavía no nacido y ayudar al anciano y al moribundo a morir bien, a la hora que Dios quiera.

            Si creemos en la resurrección, debemos también defender la vida cuando está amenazada. Nadie puede quitar la vida de otro. Ayer estuve en Orocuina, caminando con mil feligreses de los cinco municipios de la parroquia, para pedir a Dios que cese la violencia en nuestro país. Fue la "Marcha por la vida", que concluyó con la Santa Eucaristía. Bendije también a un joven que había sido secuestrado y que, gracias a la oración ante el Santísimo de toda la parroquia, ha salido ileso de esa desgracia.

            Si creemos en la resurrección, debemos también respetar la naturaleza, proteger nuestro medio ambiente, en particular las fuentes de agua y los bosques. Por eso debemos en estar en contra de la destrucción de la naturaleza, tanto la quema de los bosques como la explotación de las minas a cielo abierto, que contamina las fuentes de agua y enferma a la población.

            Si creemos en la resurrección, iremos a votar en las próximas elecciones. La Conferencia Episcopal de Honduras les escribimos en este sentido un mensaje el 9 de octubre pasado. Dijimos: "Al votar adquirimos la fuerza moral de reclamar a las autoridades elegidas el cumplimiento de sus obligaciones, que son mucho más importantes que sus promesas." Nosotros pedimos a la gente que vote conscientemente, libremente, que sean vigilantes y que las comunidades cristianas den allí un testimonio de fe. Y desarrollamos así estas cuatro características de nuestro voto.

            Voto consciente: "Pedimos a todas las personas con derecho a ejercer el sufragio, que lo hagan conscientemente, es decir, con conocimiento de la realidad, habiéndose informado sobre las candidaturas y después de haber reflexionado y orado sobre lo que más le conviene a Honduras. Confiamos en que el pueblo sabrá escoger a sus representantes entre los candidatos y candidatas de probada integridad, que viven y defienden los principios democráticos, los valores éticos de sinceridad, laboriosidad, honradez, transparencia, respeto de las opiniones ajenas y claro compromiso por el bien común, especialmente de la población empobrecida y marginada. Candidatas y candidatos que vivan más preocupados por el futuro de las próximas generaciones que por el resultado de las próximas elecciones."

            Voto libre: "Les pedimos también, por el bien de Honduras, que voten libremente, es decir, sin condicionar ni malversar su voto ni por sobornos, ni por presiones o amenazas, ni por simple costumbre. Que voten por quienes muestren un mejor conocimiento y cercanía a la realidad, por quienes dediquen más tiempo y energía a explicar sus propuestas, habiendo dado pruebas de su honestidad y compromiso con la justicia, así como de respeto al sistema democrático."

            Vigilancia: "Exhortamos al electorado a que esté vigilante y dispuesto a detectar y denunciar cualquier fraude o práctica ilegal que pueda alterar la transparencia y el resultado de los comicios."

            Testimonio de las comunidades cristianas: "Exhortamos a las comunidades cristianas a que aprovechen esta oportunidad que nos ofrecen las elecciones para dar un verdadero testimonio de participación, de conciliación, de unidad y de respeto, por encima de los colores políticos."

Así es hermanos: les invito a votar masivamente en las próximas elecciones.

            Cuando Jesús anunció la Eucaristía, nos dijo que este sacramento iba a ser una garantía y un anticipo de la vida definitiva: "Si uno come de este pan, vivirá para siempre, yo le resucitaré el último día... el que me come, vivirá para siempre, como yo vivo por el Padre." Sigamos entonces la celebración de la Eucaristía, que es la celebración del triunfo de la vida sobre la muerte, en Cristo resucitado, fuente de vida eterna. Amén.

Seminario Menor Pablo VI