Homilía de la Navidad

           

Hermanas y hermanos, les deseo feliz Navidad. Anoche, en la misa del gallo, hemos meditado sobre el nacimiento de nuestro Salvador. Hemos subrayado que la Navidad tiene que ser la fiesta del amor y la fiesta de la familia, sin olvidar a los pobres que nos rodean. Espero que no están demasiado desvelados. Hoy la liturgia nos pide dar un paso más, apoyados en la Palabra de Dios que hemos escuchado. De manera distinta pero complementaria, el profeta Isaías, el autor de la carta a los Hebreos y el evangelista san Juan destacan el carácter único de nuestra fe cristiana. Creemos que el Hijo único de Dios se ha hecho carne: es entonces nuestro hermano mayor y nuestro Salvador.   Con el profeta Isaías, que fue exiliado con su pueblo a Babilonia, decimos: "Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén". Sabemos cuánto nuestro pueblo necesita el consuelo del Señor. Pues, con el nacimiento de nuestro Salvador, tenemos muchos motivos de esperanza. No estamos solos en nuestras luchas para vivir mejor. El Emmanuel, Dios-con-nosotros, está con nosotros.

            El autor de la carta a los Hebreos nos dice que nuestro Dios no es un Dios lejano, disfrutando de la felicidad del cielo sin interesarse por la suerte de los hombres. Dios ha franqueado la distancia entre él y los hombres al enviarnos a su Hijo. "En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo." Su Hijo nos ha hablado a través de su predicación, por cierto, pero también a través de sus obras y de su vida. Como cristianos, seguidores de Cristo, no tenemos que buscar fuera de él las respuestas a las preguntas que nos hacemos sobre el sentido de la vida.

            El doctor de la Iglesia san Juan de la Cruz ha sacado la consecuencia de esa afirmación de la carta a los Hebreos. Escribió: "Dios nos ha hablado en él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo." O sea que no tenemos que buscar otra novedad fuera de Cristo. En Cristo está la novedad de nuestra fe. Con Cristo Dios nos ha dado su revelación definitiva. Nos toca a nosotros sacar las consecuencias de esta única Revelación de Dios, con la teología, con la espiritualidad cristiana y con nuestra vida.

            En el prólogo del evangelio de san Juan, tenemos una reflexión teológica sobre la Encarnación del Hijo de Dios. Yo quisiera destacar tres aspectos de este texto muy denso.

            Primero, Dios fue el que tomó la iniciativa de revelarse a nosotros. Dios nos hizo un regalo, el mejor de los regalos, al enviarnos a su propio Hijo. Lo dice el texto: "La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros...A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer."

            Segundo, Dios es como un mendicante, porque solicita nuestra adhesión libre a esta revelación. No nos impone nada. En esto consiste todo el drama de nuestra libertad humana: podemos aceptar a Dios o rechazarlo. Desgraciadamente, muchas veces se le rechaza. El texto lo dice: "Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella (la Palabra), y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron." Este texto es muy actual. Las dos terceras partes de la humanidad no conocen a Jesús. Y entre los que son cristianos, muchos rechazan de hecho a Cristo. Por eso se necesitan misioneros y se necesita una nueva evangelización de parte de nuestra Iglesia, para que cambien las mentalidades opuestas al Evangelio, y que se manifiestan en la corrupción, la violencia contra las mujeres, los secuestros de las personas, las extorsiones y la falta de respeto a la vida que se manifiesta en demasiados asesinatos en nuestro país.

            Tercero, el texto de san Juan destaca los inmensos beneficios que nos procura la fe. "A cuantos recibieron la Palabra, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre... Pues de su plenitud todos hemos recibido gracias tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo." Podemos darle gracias a Dios por haber recibido el don de la fe. Y tenemos que activar esta fe, para que sea fermento de cambio en nosotros mismos y en la sociedad.

            Yo pienso que lo tenemos todo para hacer de nuestra Honduras una nación feliz, próspera, donde no haya miseria y donde disminuya la pobreza. Tenemos un país bellísimo, un pueblo noble y leal, una nación marcada por el cristianismo, una Iglesia donde hay muchos cristianos conscientes y comprometidos. Nos hace falta unirnos para enfrentar juntos los inmensos desafíos que se nos presentan. Y nuestra fe cristiana, nuestra fe en el Hijo de Dios hecho carne en medio de nosotros, es un poderoso estímulo para caminar en las sendas del desarrollo personal, comunitario y nacional.

            Termino transmitiéndoles el saludo navideño del Papa Francisco, que él dirigió a la ciudad de Roma y a la humanidad entera el día de hoy. "A todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, venidos de todas partes del mundo a esta Plaza, y a cuantos desde distintos países se unen a nosotros a través de los medios de comunicación social, les deseo Feliz Navidad. En este día, iluminado por la esperanza evangélica que proviene de la humilde gruta de Belén, pido para todos ustedes el don navideño de la alegría y de la paz: para los niños y los ancianos, para los jóvenes y las familias, para los pobres y marginados. Que Jesús, que vino a este mundo por nosotros, consuele a los que pasan por la prueba de la enfermedad y el sufrimiento y sostenga a los que se dedican al servicio de los hermanos más necesitados.

¡Feliz Navidad!"

Seminario Menor Pablo VI