Homilía del cuarto domingo de Adviento (21 de diciembre de 2014)

            En este cuarto domingo de Adviento, la liturgia nos presenta dos figuras importantes: la de David y la de María Santísima. Ellos con sus actitudes nos preparan a la Navidad.

            David tenía un corazón muy noble. No se sentía bien por el hecho de vivir en un palacio hecho de madera de cedro, mientras el arca de la Alianza, signo de la presencia del Señor en medio de su pueblo, estaba instalada en una tienda. Por eso David quería construirle un templo digno al Señor. Sin embargo, Dios no estaba de acuerdo con esta noble intención de David. Dios le dijo al profeta Natán que no era David que iba a edificarle una casa a Dios, sino que era Dios quien iba a edificarle una casa a David, o sea una dinastía perpetua. Le hizo unas promesas: "Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre." Así Dios cambió el plan de David, pero para algo mucho mejor.

            Algo parecido sucede en el relato de la Anunciación del Señor. María era una joven humilde de Nazaret, un pueblo perdido de Israel. Ella estaba desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David. En Israel el matrimonio tenía dos etapas: una primera llamada desposorios, donde las dos personas estaban ya comprometidas mediante un contrato de matrimonio, pero no vivían juntas todavía. María y José estaban en esa etapa de los desposorios. Hacía falta una razón muy seria para romper los desposorios, por ejemplo la infidelidad conyugal. La segunda etapa era cuando el esposo se llevaba a su casa a su esposa y se consumía el matrimonio. María amaba muchísimo a José, igual José a María. Habían preparado muy bien su matrimonio. El anuncio del Ángel a María cambió totalmente su proyecto de amor, lo elevó a unas dimensiones infinitas.

            El ángel entró a su presencia y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo." La palabra "gracia" en la Biblia tiene dos significados: la belleza y el favor de Dios. María es la obra maestra del Dios creador; su belleza es una belleza interior, humana y espiritual. Esto quiere decir que todos sus sentimientos, sus pensamientos, sus relaciones son bellas. Ella es la Inmaculada Concepción, ha sido protegida inmune del pecado original. Su personalidad presenta una gran armonía, una perfecta sintonía entre lo interior y lo exterior. Y esta obra de Dios realizada en María es la que Dios quiere realizar por medio de su Hijo Jesús, el Salvador, en cada persona sin excepción. "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios." O sea que ha hallado el favor de Dios. Y le dice entonces de manera explícita en qué consiste la consideración que Dios ha tenido con ella: "Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo." Le dice a María que va a ser la madre del Mesías.

            María le replica al ángel que es virgen. El ángel le revela entonces el misterio de la concepción virginal: "El Espíritu vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios". Esta vez el ángel le revela a María que va a ser la madre del Hijo de Dios. A María se le concedió la gracia de una maternidad única e irrepetible, la cual se realizó por la acción del Espíritu Santo que "descendió" sobre ella. O sea que la misión de María como madre iba a superar con creces los planes de matrimonio y de familia que ella tenía con José.

            María era una persona libre. Dios no quiere obligar a nadie. Pero el mundo entero esperaba la respuesta de María. San Bernardo tiene una reflexión muy profunda en ese sentido. Dice lo siguiente: "Virgen, en tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Todos fuimos creados por la Palabra eterna de Dios, pero ahora nos vemos condenados a muerte; si tú das una breve respuesta, seremos renovados y llamados nuevamente a la vida... Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Di una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia tu palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere una palabra transitoria y recibe en tu seno al que es la Palabra eterna. ¿Por qué tardas? ¿Por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza..."

            Cuando María pronuncia su "sí" gozoso de amor, dice: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Pone toda su vida al servicio del Señor. Nos da ejemplo de una docilidad plena a la Palabra del Señor. Está dispuesta a hacer, no lo que ella quiere, sino lo que Dios quiere. Sabe eso es lo mejor para ella y para la humanidad. Por eso, es no solamente la Madre de Dios, sino también nuestra Madre, siempre dispuesta a ayudarnos y sostenernos en nuestro camino de gracia y de fe.

            Ahora es a nosotros, a los cristianos del siglo XXI, a quienes el ángel Gabriel nos anuncia lo que hace 2000 años anunció a María: que Dios quiere venir, que quiere nacer en nosotros, para bien de nuestro mundo de hoy.

            Por eso, hay que hacer silencio unos días antes de la Navidad. Estamos rodeados de bulla. Se nos impone una navidad con bulla, con discomóvil, con música mundana, con gritos, que nos impide descansar y reflexionar. ¡Ojalá podamos encontrar el recogimiento necesario para vivir una Navidad como cristianos, con paz, sin violencia, con la admiración del que encuentra en Cristo el tesoro más grande de su vida.

Seminario Menor Pablo VI