Homilía de la Navidad (Noche Buena) 2014

          

  Esta mañana fui a celebrar misa con Mons. Guido Plante, nuestro querido obispo emérito, que celebraba 53 años de vida sacerdotal. En su cuarto en la parroquia San Pablo, sólo estábamos el diácono Luis Ríos, el enfermero Juan Rivera y nosotros los dos Guidos. En el momento de la homilía, él se refirió a este querido pueblo sureño, pueblo sufrido pero lleno de fe. Y nos dijo: "Yo decidí quedarme en Honduras, con este pueblo."

            Es que Mons. Guido es un seguidor fiel de Jesús, que se ha hecho uno de nosotros. "No teman, decían los ángeles, les traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor." No estamos acostumbrados a escuchar buenas noticias. Lo que sobran son las malas noticias. Pero esta noche, nuestros corazones se vuelven tiernos, nuestros intereses personales ceden el puesto a un niño recién nacido. Es Navidad, es Dios que llega al hombre.

            Esta es la verdadera Navidad: la fiesta de la pobreza de Dios que se despoja de sí mismo tomando la condición de esclavo (cfr. Fil 2,6); de Dios que se pone a servir a la mesa (cfr. Mt 22,27); de Dios que se esconde a los inteligentes y los sabios y que se revela a los pequeños, a los sencillos y a los pobres (cfr. Mt 11,25); del «Hijo del hombre que no ha venido para ser servido, sino para servir, y para dar su vida como precio de rescate por muchos» (Mc 10,45). Es la buena noticia, que hace que nosotros los cristianos no podemos vivir en la tristeza y la amargura. Es la buena noticia de un Dios que se ha abierto camino entre nosotros, que se ha hecho hermano nuestro por amor.

            Vale la pena que acudamos al pesebre, como lo hicieron los pastores. Ellos dejaron el campo donde pastoreaban sus rebaños y encontraron un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Como ellos, vale la pena callar, mirar y adorar a este niño, que es el Salvador, el Mesías, el Señor. Él no viene a resolver nuestros problemas desde fuera con un toque mágico, sino que viene a compartir nuestras preocupaciones y ayudarnos a resolverlas. Esta es la fuente de nuestra alegría: no estamos solos, él nos acompaña en todas las situaciones de nuestra vida, él nos indica un camino de esperanza en todo lo que vivimos.

            Les invito a vivir una Navidad cristiana, libre de toda mundanidad. San Pablo en la segunda lectura habla en ese sentido: "Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo." Probablemente en su casa habrán regalos, ricos nacatamales, torrejas, música, alegría. Y esto está bueno. Les invito a cuidar que esta Navidad no sea una fiesta de puro consumismo comercial, de apariencia o de regalos inútiles, o de gastos superfluos, sino que sea la fiesta de la alegría de recibir al Señor en el pesebre y en el corazón. Nos encomendamos a la intercesión de nuestra Madre y de San José, para vivir una Navidad verdaderamente cristiana, libres de toda mundanidad, dispuestos a acoger al Salvador, el Dios-con-nosotros.

            Les invito también a vivir la paz en esta Navidad. El Niño Dios viene a traer al mundo el don de la paz. Los ángeles cantaban: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2, 14). El don precioso de la Navidad es la paz, y Cristo es nuestra paz verdadera. Cristo llama a nuestros corazones para darnos la paz, la paz del alma. Abramos las puertas a Cristo, nuestro Redentor.

            Navidad es la fiesta de la Paz traída a la tierra por el Niño Jesús: «Paz entre el cielo y la tierra, paz entre todos los pueblos, paz en nuestros corazones» (Himno litúrgico). La paz necesita nuestro entusiasmo, nuestro cuidado, para calentar los corazones congelados, para alentar las almas desconsoladas y para iluminar los ojos apagados con la luz del rostro de Jesús. 

            El ejemplo de María y de José es para todos nosotros una invitación a recibir y acoger, con total apertura del alma, a Jesús, que por amor se ha hecho nuestro hermano.

            Por esto, con ocasión de esta Navidad, los exhorto a cuidar su vida espiritual, su relación con Dios, porque esta es la columna vertebral de todo lo que hacemos y de todo lo que somos. Un cristiano que no se nutre con la oración, los sacramentos y la Palabra de Dios, inevitablemente se marchita y se seca.

            Les invito también a cuidar su vida familiar, dando a los hijos y a sus familiares no sólo cosas materiales, sino sobre todo tiempo, atención y amor. La familia sigue siendo el lugar insustituible, no sólo para la educación de los hijos, sino también donde cada uno es querido, es reconocido y es valorado en sí mismo, independientemente de sus capacidades y habilidades. Donde acaba la familia, empieza fácilmente la intemperie, la marginación y el dolor más sensible. No es exageración llamar a la familia "corazón" y "célula" de la sociedad y de la Iglesia. La familia es fundamento insustituible para la persona como ciudadano y como cristiano. Así que hoy, pasemos un tiempo en familia, disfrutemos los momentos donde compartiremos en familia, pongamos como prioridad nuestra familia, y si queda tiempo, podremos salir con los amigos para divertirnos sanamente. ¡Que en las fiestas de Navidad aprendamos a estimar la familia como merece! ¡Que la contemplación del misterio de Belén, guardado por María en su corazón, nos enseñe a custodiar la familia como un tesoro! La familia es un tesoro, los hijos son un tesoro. El Papa decía en un tweet la semana pasada: "¡Qué importante es aprender a escuchar! El diálogo entre esposos es esencial para que una familia viva en paz." Los padres jóvenes pueden también hacerse una pregunta: “¿Yo tengo tiempo para jugar con mis hijos, o estoy siempre ocupado, y no tengo tiempo para mis hijos?”. Jugar con los hijos: es tan hermoso. Y esto siembra futuro.

            Cuidemos nuestras relaciones con los demás, transformando la fe en vida y las palabras en obras buenas, especialmente hacia los más necesitados. Sanemos las heridas del corazón con el aceite del perdón, perdonando a las personas que nos han herido y sanando las heridas que hemos hecho a los otros.

            Cuidemos nuestro trabajo, cumpliéndolo con entusiasmo, con humildad, con eficacia, con pasión, con ánimo que sabe agradecer al Señor.

            Cuidémonos de la envidia, de la concupiscencia, del odio y de los sentimientos negativos que devoran nuestra paz interior y nos transforman en personas destruidas y destructivas.

            Cuidémonos del rencor que nos lleva a la venganza, y de la pereza que nos lleva a la eutanasia existencial, del apuntar el dedo que nos lleva a la soberbia, y de lamentarnos continuamente que nos lleva a la desesperación. Más bien, pidamos al Señor la sabiduría de saber moderar la lengua a tiempo, para no decir palabras injuriosas, que después nos dejan la boca amarga. Cuidemos nuestro hablar, purificando la lengua de las palabras ofensivas o vulgares, eliminando también toda clase de chismes.

            Cuidemos a los hermanos débiles, a los ancianos, los enfermos, los hambrientos, a los sin techo, los privados de libertad y los extranjeros, porque sobre esto seremos juzgados. 

            Cada uno de nosotros puede pensar: “¿Cuál es la cosa que yo debo cuidar más?”. Imaginémonos cómo cambiaria nuestro mundo si cada uno de nosotros iniciara enseguida, y aquí, a cuidar seriamente y a sanar generosamente su propia relación con Dios y con el prójimo; si pusiéramos en práctica la regla de oro del Evangelio, propuesta por Jesús en el Sermón de la montaña: «Todo cuanto quieran que los hombres hagan con ustedes, también ustedes háganlo a ellos: esto de hecho es la ley y los Profetas» (Mt 7,12); si miráramos al otro, especialmente al más necesitado, con los ojos de la bondad y de la ternura, como Dios nos mira, nos espera y nos perdona; si encontráramos en la humildad nuestra fuerza y nuestro tesoro!

            Hoy oremos también por los cristianos del Medio Oriente, que son una minoría perseguida. Pensemos en los cristianos de Siria, de Irak, de Tierra Santa. Son los testigos de nuestra fe en Oriente Medio. Merecen toda nuestra admiración, respeto y oración. Sigamos orando por la paz allá.

¡Feliz Navidad a ustedes y a su querida familia!

Seminario Menor Pablo VI