Homilía del 26° domingo del tiempo ordinario (28.09.14)

"La palabra del Señor permanece para siempre. Y esa palabra es el Evangelio que os anunciamos» (1 P 1,25: cf. Is 40,8). Esta frase de la Primera carta de san Pedro, que retoma las palabras del profeta Isaías, nos pone frente al misterio de Dios que se comunica a sí mismo mediante el don de su palabra. Esta palabra, que permanece para siempre, ha entrado en el tiempo. Dios ha pronunciado su palabra eterna de un modo humano; su Verbo «se hizo carne» (Jn1,14). Ésta es la buena noticia. Éste es el anuncio que, a través de los siglos, llega hasta nosotros." Así empieza la Exhortación Apostólica Postsinodal "Verbum Domini" del Papa Benedicto XVI sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Estamos finalizando el mes de la Biblia y para nosotros, católicos, la Palabra de Dios ocupa un lugar muy importante en nuestra fe y en nuestra vida.

            Es que Dios se ha revelado a nosotros en la historia de Israel, en la vida de Jesús y en la Iglesia primitiva. Esta revelación de Dios se transmitió a nosotros en dos modos distintos: la Sagrada Escritura, que es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo; también la Tradición de la Iglesia: "La Iglesia, con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (DV 8). Como ejemplos de la Tradición viva de la Iglesia, están la enseñanza de los Padres de la Iglesia y de los Papas, los Concilios Ecuménicos, la liturgia, la vida de los santos.

            La Tradición y la Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la iglesia (DV 10), en el cual, como en un espejo, la Iglesia que peregrina contempla a Dios, fuente de todas sus riquezas (Catecismo de la Iglesia católica, 97).

            El depósito de la fe ha sido confiado a toda la Iglesia. Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (DV 10), es decir a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma, el Papa. El Papa y los Obispos no están por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, enseñando solamente lo que les ha sido confiado, por mandato de Dios y con la asistencia del Espíritu Santo (DV 10).

            Por esta larga explicación les quise hacer ver la riqueza de la enseñanza de la Iglesia. La Biblia puede darnos sabiduría para salvarnos por la fe en Cristo Jesús, como dice san Pablo (2 Tm 3,15). Además como católicos tenemos también la Tradición de la Iglesia que recibe la palabra de Dios y la transmite íntegra a los sucesores de los apóstoles. ¿Cómo leer entonces la Biblia? Dentro de la Tradición de la Iglesia. La Biblia es dada a la Iglesia. La debemos leer individualmente como alimento para nuestra vida. Pero la debemos escuchar también dentro de la comunidad, por ej. en la Celebración de la Palabra de Dios presidida por los Delegados, o en la Eucaristía presidida por un sacerdote. Por tanto, hemos de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial.

            Como católicos, ¿cuál es el acontecimiento más importante que nos narra la Biblia? Es la vida de Jesús, principalmente su muerte y su resurrección. Él vivió treinta años como carpintero, tres años como predicador y su muerte y su resurrección duraron sólo tres días. Es lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura, tomada de la carta a los Filipenses. Cristo Jesús no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, la condición humana. Y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz, la muerte más ignominiosa que existía en aquel tiempo. Pero Dios Padre no permitió que su cuerpo conociera la corrupción. Lo levantó sobre todo, lo resucitó y le dio el nombre sobre todo nombre, para que toda criatura lo adore y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor. para gloria de Dios Padre. Ese es el Cristo que se identificó con nosotros, que tomó sobre sí el pecado del mundo para obtenernos el perdón de Dios.

            ¿Cuáles son las consecuencias de nuestra fe en Cristo? San Pablo nos lo indica hoy: tenemos que tener entre nosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. ¿Cuáles son esos sentimientos? La unanimidad y la concordia entre nosotros con un mismo amor y un mismo sentir, o sea la comunión entre nosotros; luego la humildad, que es lo contrario de la envidia y de la ostentación; en fin la búsqueda del interés de los demás, en vez de encerrarnos en nuestros propios intereses. La lectura y la meditación de la palabra de Dios nos ayudan a crecer en los sentimientos de Cristo Jesús.

            En el evangelio de hoy Jesús nos cuenta la parábola de los dos hijos: uno dijo a su padre que no iba a trabajar en la viña, pero después se arrepintió y se fue a trabajar ahí. El otro dijo que sí a su padre, pero no fue. El primero hizo la voluntad de su padre. Las relaciones auténticas con Dios se establecen sobre la base de un compromiso personal con Él. Las apariencias de obediencia (sólo palabras) no construyen una verdadera relación con Dios.

            El Papa Francisco nos invita a andar siempre con el libro de los Evangelios en nuestra cartera o nuestro maletín, de manera que podamos leer un pasaje del Evangelio cada día y nutrirnos con él. Como dice el libro de los Proverbios: "La ansiedad en el corazón del hombre lo deprime, más la buena palabra lo alegra" (Prov. 12,25). ¡Que cada día descubramos y vivamos mejor la alegría del Evangelio!

            Otra forma de profundizar la palabra de Dios es la "lectio divina", o sea la lectura orante de la Biblia. Consiste en leer un pasaje de la Biblia, luego preguntarnos qué dice en sí el texto (Lectio), luego qué me dice el texto (Meditación), luego qué digo al Señor como respuesta a su palabra (Oración), en fin qué conversión del espíritu, del corazón y de la vida me pide el Señor (Contemplación). Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad.

            Encontramos sintetizadas y resumidas estas fases de manera sublime en la figura de la Madre de Dios. Modelo para todos los fieles de acogida dócil de la divina Palabra, Ella «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Sabía encontrar el lazo profundo que une en el gran proyecto de Dios acontecimientos, acciones y detalles aparentemente desunidos.

            Termino diciendo que leer, meditar y celebrar la Palabra de Dios nos debe conducir a la Eucaristía, que es el memorial de la muerte salvadora del Señor. La mesa de la Palabra nos conduce a la mesa de la Eucaristía. Es lo que vamos a hacer ahora, deseosos que la Eucaristía construya la Iglesia.

Seminario Menor Pablo VI