Homilía del 28° domingo del tiempo ordinario (12 de octubre de 2014)

            Si Ud. o yo invitamos a alguien a una fiesta, tiene que haber comida necesariamente. A los que les gusta comer bastante o comer bien, les va a agradar la Palabra de Dios que hemos escuchado. La primera lectura nos habla de la afluencia de los pueblos a Jerusalén para disfrutar de un banquete sabrosísimo. No sólo se tratará de comer, sino que Dios aniquilará la muerte para siempre, borrará el luto, alejará el oprobio de su pueblo. El proyecto de Dios es vencer el mal bajo todas sus formas. En este banquete estarán presentes todos los pueblos: será un banquete universal.

            A partir de este texto, la idea de la venida del Mesías para ofrecernos un banquete se hizo corriente en el Judaísmo y vuelve a encontrarse en el Nuevo Testamento, por ejemplo en el evangelio de hoy. La parábola del banquete de bodas que hemos escuchado es la respuesta de Jesús a la pregunta: ¿qué es el reino de Dios? La parábola tiene dos partes: los invitados al banquete y el comensal sin traje apropiado.

            Primero, la parábola expresa la relación entre el Señor y sus invitados. Hay dos categorías de invitados: la primera son los invitados que se excluyen a sí mismos del banquete por intereses personales de poder: "uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios." Otros asesinaron a los criados. No son dignos de entrar en el reino porque han rechazado la propuesta de Dios. La segunda categoría, malos y buenos, están en los cruces de los caminos. La sala que se había preparado se llena de estos nuevos comensales, que inicialmente estaban excluidos, porque ellos aceptan y acogen con gozo la invitación al banquete del reino.

            Podemos aplicar esta parábola a nuestra vida. ¿Cuántas veces ponemos muchas ocupaciones que tenemos, el trabajo, el estudio, el deporte, etc., como pretexto para no comprometernos en la Iglesia? En cambio, Dios llama a todos a su banquete. Quiere que todos se salven. Hacen falta misioneros y misioneras que proclamen la Palabra de Dios por el mundo entero e inviten a todos a participar de su Reino. Hay lugar para todos en la sala del banquete. Lo dijo Jesús también en el evangelio de san Juan: "En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones" (Juan 14,2). Lo dice también el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica "Evangelii Gaudium": "Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino" (EG # 114).

            La segunda parte de la parábola nos habla del invitado que no traía traje de fiesta. Para entrar en el reino es necesario un estilo de vida que ponga en práctica las enseñanzas de Jesús. No todos los invitados al banquete (los llamados) se encontrarán al fin con los elegidos. Lo que convierte a los invitados en elegidos es el amor que demuestran en las circunstancias concretas de la vida. "Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era emigrante y me recibieron, estaba desnudo y me vistieron, estaba enfermo y me visitaron, estaba encarcelado y me vinieron a ver" (Mt 25, 35-36). Éste es el vestido de fiesta que el Señor espera de nosotros: una vida de amor para con nuestro prójimo, empezando con nuestra propia familia. Las obras de justicia deben acompañar a la fe. Hacer la voluntad del Padre en todo momento debe ser la meta de todo cristiano.

            San Pablo nos narra su propia experiencia de un hombre que se ha esforzado por hacer la voluntad de Dios. Agradece la ayuda económica de los filipenses, pero al mismo tiempo aprovecha la ocasión para darles su testimonio de desprendimiento y libertad frente a los bienes materiales: "Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta". Pablo, el gran misionero, ha entregado su vida a Cristo. Por eso está dispuesto a vivir cualquier situación. Eso me hace pensar en unos agentes de pastoral que, frente a la sequía de este año, no renegaron de Dios, sino que pusieron su confianza en Él. "Todo lo puedo en Aquel que me conforta". Creo que esas palabras se pueden aplicar a cualquier situación que vivimos: la salud y la enfermedad, lo próspero y lo adverso, la paz y el conflicto. Todo lo podemos en Aquel que nos conforta. La respuesta de Dios es ésta: "Mi Dios proveerá a vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús." Si nos esforzamos por ser trabajadores honrados, justos y solidarios, no nos faltará lo necesario. Tendremos la satisfacción de haber ganado nuestro sustento con el sudor de nuestra frente, y de no haber adquirido nuestros bienes con dinero mal habido, a través de la corrupción, del robo o de la droga.

            En esta Eucaristía, démosle gracias al Señor por habernos llamado a participar en el banquete de su Reino. En este mes misionero, ofrezcámosle nuestra disponibilidad para invitar a otras personas a este banquete. Digámosle que todo lo podemos en Él que nos conforta.

Seminario Menor Pablo VI