Homilía del 29° domingo del tiempo ordinario (19 de octubre de 2014)

            "Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios." Aparentemente este evangelio no tiene nada que ver con la fiesta del DOMUND, ya que es tomado de la liturgia del domingo del tiempo ordinario. Pero si vamos en profundidad, descubriremos que dar a Dios lo que es de Dios se abre a muchas actividades, desde la oración hasta el compromiso en nombre de Cristo para transformar nuestra sociedad, desde nuestros sufrimientos aceptados con amor hasta la entrega total de nuestra vida en la hora de nuestra muerte. En realidad, cuando damos a Dios lo que es de Dios, nos encontramos realizados como personas, como imagen de Dios, y nuestra vida se llena de alegría. 

            Es que el Evangelio produce alegría, en los que lo reciben y en los que lo comunican. En los que lo reciben, como la joven Iglesia de Tesalónica, evangelizada por san Pablo. Al recibir el Evangelio, ellos recibieron también las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor. Pablo les recuerda "la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y el aguante de su esperanza en Jesucristo nuestro Señor". Me imagino que ustedes recuerdan cuando hicieron alguna experiencia de Cristo vivo. Yo recuerdo a un sacerdote que me daba clases de religión cuando era adolescente; con la ayuda del Nuevo Testamento y de una revista nos presentaba a Jesús, sus parábolas, sus milagros, sus actitudes de bondad y misericordia para los pobres, los enfermos y los pecadores. Yo quedé fascinado, marcado para toda la vida.

            También el Evangelio produce alegría en los que lo proclaman. San Pablo dice: "Cuando se proclamó el Evangelio entre ustedes no hubo sólo palabras, sino, además, fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda, como muy bien saben." El Evangelio que Pablo les predicó no fue simple palabra humana, sino que iba cargado con la energía y eficacia del Espíritu Santo, y por tanto, fue fecundo y produjo fruto. Es que el que proclama el Evangelio no debe confiar primero en sus talentos humanos, sino en la fuerza del Espíritu Santo. Por eso tiene que orar mucho, prepararse debidamente y actuar confiado en el Espíritu Santo. Recuerdo la alegría de los jóvenes de Tegucigalpa que yo enviaba a realizar experiencias misioneras en los pueblos y aldeas del mundo rural. Habían tenido la oportunidad de presentar el Evangelio a los niños, a los jóvenes y a los adultos. Yo los sentía felices, transformados por esa experiencia; además, la gente los recibía con mucho amor en sus casas. 

            El Papa Francisco nos habla de esta alegría del Evangelio en su mensaje con ocasión del DOMUND. Él recuerda a los setenta discípulos, enviados de dos en dos, a las ciudades y pueblos, a proclamar que el Reino de Dios había llegado, y a preparar a los hombres al encuentro con Jesús. Después de cumplir con esta misión de anuncio, los discípulos volvieron llenos de alegría (Lc 10, 17-20): la alegría es un tema dominante de esta primera e inolvidable experiencia misionera. El Maestro divino les dijo: "No estén alegres porque se les someten los espíritus; estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo. En aquella hora, Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo"... Los discípulos estaban llenos de alegría, entusiasmados con el poder de liberar a las personas de los demonios. Sin embargo, Jesús les advierte que no se alegren tanto por el poder que han recibido, cuanto por el amor recibido: "porque sus nombres están escritos en el cielo" (Lc 10,20). A ellos se les ha concedido la experiencia del amor de Dios, e incluso la posibilidad de compartirlo. Y esta experiencia de los discípulos es motivo de gozosa gratitud del corazón de Jesús. 

            En vivo contraste, el Papa hace referencia a la tristeza que existe en el mundo actual. "El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada" (Evangelii Gaudium, 2). Por lo tanto, la humanidad tiene una gran necesidad de alcanzar la salvación que nos ha traído Cristo. Los discípulos son aquellos que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización... La alegría de comunicar a Jesucristo se expresa tanto en la preocupación de anunciarlo en los lugares más distantes, como en una salida constante hacia las periferias del propio territorio, donde hay más personas pobres en espera. 

            Los lugares más distantes pueden ser otros países donde trabajan misioneros hondureños, por ej. el Padre Teodoro Baquedano, misionero javeriano, de la parroquia de Pespire, que trabaja en una área misionera en Manaús, Brasil; también Lilian Azucena Sánchez, misionera laica de la parroquia San José Obrero, que trabaja como misionera en Santiago de Chile. Las periferias del propio territorio son los lugares y los ambientes que no han sido penetrados todavía por el Evangelio o lo han sido muy poco, por ej. nuestras ciudades y centros urbanos, donde abundan otras ofertas, de parte de otras denominaciones cristianas o de parte de la sociedad de consumo. Son también los lugares más afectados por la pobreza, como por ej. las comunidades de la Costa de Amates inundadas esta semana, o por los conflictos sociales, como por ej. las comunidades afectadas por la minería. 

            "La alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres", nos dice el Santo Padre. 

            En esta gran fiesta misionera, ¿cómo podemos sentirnos implicados como discípulos misioneros de Jesucristo? Primero lo seremos como santa Teresita del Niño Jesús, a través de la oración y de nuestros sacrificios por todos los misioneros y misioneras del mundo; segundo, tiene que crecer en nosotros la conciencia de nuestra vocación misionera como bautizados: tenemos la responsabilidad de anunciar el Evangelio al mundo entero, comenzando con nuestro ambiente familiar, escolar o laboral; tercero, pondremos nuestra contribución económica personal en el sobre del DOMUND, como el signo de una oblación de nosotros mismos al Señor y a los hermanos, "para que la propia ofrenda material se convierta en un instrumento de evangelización de una humanidad que se construye sobre el amor." Cada Iglesia local, por ej. nuestra Iglesia de Choluteca, pone a disposición de la Iglesia universal la ofrenda recogida en el DOMUND. Luego, en la Asamblea anual de las Obras Misionales Pontificias que tiene lugar en Roma en mayo de cada año, nuestra ofrenda como Iglesia se destina a los proyectos misioneros presentados a la Asamblea y aprobados por ella.                                                                                                                                  

            La Iglesia particular de Choluteca es una Iglesia privilegiada, porque ha recibido un número elevado de misioneros y misioneras desde 1955. Es ahora una Iglesia en estado de misión, como nos dicen nuestros obispos en Aparecida; una Iglesia en salida, como nos dice el Papa Francisco; una Iglesia que quiere asumir el reto de la misión en todas partes, en particular en los centros urbanos, según la Asamblea diocesana de pastoral que tuvo lugar esta semana en La Colmena. Es una Iglesia que empieza a enviar misioneros fuera del país. Pasa a ser una Iglesia evangelizadora. Por eso damos gracias a Dios. 

            En este día, confiamos nuestra oración "a María Santísima, modelo de evangelización humilde y alegre, para que la Iglesia, casa de puertas abiertas, se convierta en un hogar para muchos, una madre para todos los pueblos y haga posible el nacimiento de un nuevo mundo." También confiamos la misión universal de la Iglesia a la intercesión del nuevo Beato de la Iglesia, el Papa Pablo VI, que terminó el Concilio Vaticano II, lo aplicó y fue un gran Papa misionero.

Seminario Menor Pablo VI