Homilía de la Dedicación de la Basílica de Letrán (2014)

            Hoy celebramos la fiesta de la dedicación de la Basílica de Letrán. Es una de las cuatro basílicas mayores de Roma. Ha sido edificada por el emperador Constantino y es la catedral del obispo de Roma, el Papa. La Iglesia de Roma es la que "preside en la caridad" a todas las demás Iglesias, según decía un Padre de la Iglesia, san Ignacio de Antioquía. Por eso, esta fiesta quiere ayudarnos a tomar conciencia que estamos en comunión con la Iglesia de Roma, con el Papa y, por ende, con la Iglesia universal.

            Los textos que hemos leído nos hablan del templo. En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos dice que del lado oriental del templo de Jerusalén saldrá un manantial que dará vida a toda el territorio de Israel: a la vera del río crecerá toda clase de árboles frutales, con hojas medicinales. Incluso el Mar Muerto rebosará de peces. Esta es la imagen de la gracia de Dios, que da vida donde hay muerte, que sana el pecado en sus raíces y devuelve la dignidad de hijos de Dios a los que la habían perdido.

            En el evangelio según san Juan, Jesús sube a Jerusalén. Encuentra allí el templo lleno de "vendedores y cambistas", hombres que no buscan a Dios, sino que se afanan por sus propios intereses económicos. La liturgia del templo, en vez de favorecer un encuentro sincero con Dios, se volvió un culto hipócrita, que encubría injusticias, opresiones, intereses y explotaciones mezquinas a los peregrinos. "Haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: "Quiten esto de aquí: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre." Jesús está lleno del santo temor de Dios, según la frase del salmo 69: "El celo de tu casa me devora." Jesús desenmascara un culto falso. Para Jesús, el templo de Jerusalén no cumplía ya su misión de ser signo de la presencia salvadora de Dios en medio de su pueblo. No era ya el lugar donde todos debían sentirse acogidos y en donde todos podían vivir la experiencia del amor y la fraternidad. Hoy también el templo deja de ser el lugar de encuentro con Dios Padre cuando nuestra vida es un mercado donde sólo se rinde culto al dinero. Y no puede haber una relación de hijos con Dios Padre cuando nuestras relaciones con los demás obedecen solamente a intereses de dinero.

            El gesto profético de Jesús, echando con un azote a los vendedores del templo, fue un gesto provocador. Desbarataba todo el montaje religioso de su tiempo y toda la manipulación de Dios que se hacía. Fue un gesto liberador. Jesús no toleraba que se profanara el templo, ni que se manipulara a Dios.

            La reacción de las autoridades del templo es pedirle cuentas a Jesús: "Qué signos nos muestras para obrar así?" Jesús les contestó: "Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré... El hablaba del templo de su cuerpo." Jesús es el verdadero templo de Dios, que ha sido crucificado por amor a nosotros, pecadores, y que ha sido resucitado por Dios Padre tres días después, el domingo de Pascua.

            Nosotros, seguidores de Cristo, somos también el templo de Dios porque participamos de la filiación de Jesucristo. Somos hijos adoptivos de Dios en Jesucristo, su Hijo único. En la 2a. lectura, san Pablo nos dice que somos el edificio de Dios y que Jesucristo es el cimiento. Añade: "Ustedes son templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en ustedes." Somos templo de Dios desde el bautismo y la confirmación. Nuestra persona, cuerpo y alma, es templo de Dios. Hoy confirmé a 120 jóvenes en San Lorenzo; ayer confirmé a 138 jóvenes en Pavana. Es bello ver a todos estos jóvenes que se comprometen a ser discípulos misioneros de Jesucristo, soldados de él. No sabemos cómo les irá en el futuro, pero con la preparación que han tenido y la fuerza del Espíritu Santo que han recibido en la confirmación, están equipados para enfrentar toda clase de dificultades en la vida.

            ¿Qué consecuencias podemos sacar de estos textos? La primera es que debemos respetar nuestro propio cuerpo y el cuerpo de los demás, porque somos imagen de Dios. La segunda es que debemos evitar todo lo que mancha el templo de Dios que somos nosotros, el pecado en todas sus formas, pensamiento, palabra, obra y omisión. La tercera es que debemos embellecer este templo de Dios que es la creación: nunca destruirla, sino hacerla producir muchos frutos, tener lista la basura cuando pasa el tren de aseo, reciclar los objetos reciclables, por ej. los objetos de plástico. Finalmente debemos darle gracias al Señor por la creación, por la Iglesia, por la familia, que es la Iglesia doméstica, el templo de Dios en casa, donde papá, mamá e hijos aprenden a amarse. Debemos amar nuestra propia persona, que es creación de Dios y templo de Dios. Esto nos llevará a un mayor compromiso para hacer un mundo mejor.

Seminario Menor Pablo VI