Homilía del 33° domingo del tiempo ordinario (16.11.14)

            Parece que estos textos han sido escogidos a propósito para esta celebración, en la cual un centenar de jóvenes de la catedral van a recibir el sacramento de la confirmación.

            La primera lectura que hemos escuchado es un poema que canta la alabanza de la mujer ideal según los criterios de la sociedad de Israel hace más de 2000 años. Nos habla de una mujer hacendosa, que realiza muy bien su oficios domésticos. Su marido se fía de ella. Su casa sale ganando con su diligencia y con la destreza de sus manos. Pero a la vez esa mujer es generosa: "abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre." La entrega de la mujer a su familia vale más que la hermosura, que es fugaz. La verdadera belleza está dentro de la persona. Una mujer así "vale mucho más que las perlas." Ella merece que todos alaben sus obras y su fe: "la que teme al Señor merece alabanza." El temor de Dios es uno de los siete dones del Espíritu Santo. No se trata de tenerle miedo a Dios, sino de respetarle, amarle, tenerle en cuenta en nuestra vida, servirle y seguir sus caminos.

            Podemos aplicar este ejemplo de la Biblia a la mujer y al hombre de hoy. ¿Qué es lo más importante? ¿Tener muchas riquezas? ¿Ser un campeón deportivo o una estrella de cine? La Palabra de Dios nos dice que lo más importante es poner sus dones al servicio de los demás, no guardarlos para sí mismo; ser una persona preocupada por su familia y también por los pobres. Eso vale para ustedes, queridos jóvenes que van a ser confirmados. Ustedes aprecian mucho el valor de la libertad. Pero no tienen que olvidar que no hay libertad sin responsabilidad. Ser responsable de sí mismo y de los demás es una característica del adulto: ustedes están en camino hacia la meta de ser adultos responsables. Asuman poco a poco unas responsabilidades en su familia, colaboren con sus padres, sean positivos y activos en su casa, pónganse las pilas para estudiar y adquirir un título profesional o técnico. Háganlo todo con amor: el Espíritu Santo, que van a recibir en plenitud en el sacramento de la confirmación, les va a ayudar a ser jóvenes felices, activos, libres y responsables, que ponen amor en cada cosa que hagan.

            En la segunda lectura, san Pablo nos invita a ser luz en este mundo. Todos somos hijos de la luz e hijos del día; no lo somos de la noche ni de las tinieblas. Lo importante es vivir como hijos e hijas de la luz, no de la noche y de las tinieblas. La noche es para dormir y descansar. El apóstol Pablo nos dice: "No durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente." Ustedes, como cristianos que confirman hoy su fe, no pueden atrofiarla ni paralizarla. Tienen que ser vigilantes y activos en su fe, dispuestos a profundizarla, defenderla y anunciarla. Al recibir el Espíritu Santo, ustedes van a ser adultos en la fe. Sigan creciendo en la fe: lean la Palabra de Dios en su casa, escúchenla en la Eucaristía o en la Celebración de la Palabra de Dios, pónganla en práctica en su vida. ¡Que nunca haya un divorcio entre su fe y su vida!

            Muchas veces hemos escuchado la parábola de los talentos que nos narra Jesús hoy. Usualmente se entiende la palabra talento como una aptitud para realizar una cosa. Por ejemplo, se dice que Fulano tiene talento para tocar la guitarra, que Sutana tiene talento para cocinar. Pero originalmente la palabra talento se refería a una unidad monetaria. Era algo de mucho valor. En Babilonia un talento equivalía casi a 49 kilos, en otras partes a 60 kilos de plata. Se puede comprender la importancia del encargo confiado por el señor de la parábola a sus empleados. Jesús nos invita a no encerrarnos, a no refugiarnos en una fe estática, sino a trabajar por el Reino de Dios. El Reino de Dios es una iniciativa de Dios, pero también es el fruto de nuestra colaboración. Es una invitación a producir frutos con nuestra fe. Precisamente hoy, por este sacramento de la confirmación, van a recibir ustedes el don del Espíritu Santo, y ustedes estarán plenamente capacitados para actuar como Dios quiere. Produzcan frutos, como el empleado que recibió cinco o dos talentos. El Señor les dirá: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." A todos nosotros el Señor nos pedirá cuentas de cómo hemos administrado los dones que nos ha regalado. Todos deberemos presentarnos ante él, no con las manos vacías, sino con las manos llenas de las obras que produzca nuestra fe.

            Por favor, queridos jóvenes, no vayan a desperdiciar ese regalo que ustedes reciben hoy. Asuman un compromiso concreto. En su familia y en la sociedad sean jóvenes constructores de paz. Como el Papa Francisco instó el año pasado a los jóvenes en Río de Janeiro, "sean callejeros de la fe." Den testimonio de su fe en la familia, en el trabajo, en el colegio y en la universidad. No tengan miedo de afirmar su fe cristiana católica. No escondan su talento bajo tierra. En la Iglesia, busquen cómo pueden servir mejor a Dios y a los demás. Les sugiero aquí algunas modalidades que puede tomar ese compromiso: formen parte de un grupo o de una comunidad juvenil, para seguir creciendo en la fe y ayudar a otros jóvenes a encontrarse con el Señor; o bien sean catequistas o animadores de la Infancia Misionera; o bien formen parte de un coro de la parroquia o de su comunidad; o bien presten un servicio como Delegado o Delegada de la Palabra, o en el comité de liturgia de su parroquia. Pónganse también a buscar su vocación, o sea en qué estado de vida el Señor los llama: la mayoría de ustedes van a formar un día una familia; ojalá sea con la bendición del sacramento del matrimonio, no solamente con el matrimonio civil o en la unión libre. Algunos de ustedes pueden ser llamados a una vida de total entrega al Señor, en la vida religiosa o en el ministerio sacerdotal o en la vida misionera. Como la Virgen María, todos ustedes díganle sí al Señor todos los días, para seguir edificando el Pueblo de Dios y construyendo el Reino de Dios.

           Ustedes fueron bautizados un día, cuando eran niños y no tenían el uso de la razón. Entonces sus padres y padrinos tomaron el compromiso de la fe en nombre de ustedes. Ahora, con toda la preparación que han tenido este año, ustedes están conscientes de este sacramento que van a recibir, tienen que estar dispuestos a asumir personalmente el compromiso de la fe como discípulos misioneros de Jesús. Pónganse de pie para renovar sus promesas bautismales con una respuesta personal a las preguntas que les voy a hacer. Contesten primero: "Sí, renuncio," y luego "Sí, creo."

Seminario Menor Pablo VI