Homilía del 34° domingo del tiempo ordinario (23 de noviembre de 2014)

Queridos Delegados y Delegadas de la Palabra:

            Estoy muy contento porque muchos de ustedes están ustedes aquí en la catedral de Choluteca; muchos más no pudieron hacerse presentes, pero nos están viendo por el TVs Canal 42 de Televisión o escuchando por Radio Paz. ¡Muchas gracias por su generosidad, su testimonio vivo de Cristo Resucitado y su perseverancia! La fiesta de Cristo Rey ha sido escogida por la Conferencia Episcopal de Honduras para que sea el día de ustedes. Como obispo, pastor y padre de ustedes, los felicito de todo corazón y los animo a ser fieles al Señor y a su pueblo.

            ¿Cuál es el mensaje que el Señor nos dirige hoy? Lo resumo en tres palabras, tomadas de las lecturas de hoy: pastorear, esperar y amar.

            La primera lectura nos indica cómo Dios nos pastorea y cómo nosotros debemos pastorear a los demás. El Señor es el Buen pastor, que busca a sus ovejas, hace volver a las descarriadas y apacienta a las gordas. "Buscaré las ovejas perdidas, haré volver las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente." Si Dios nos mandó a su propio Hijo desde el cielo para buscar la oveja perdida, nosotros no podemos dormir tranquilos mientras sabemos que un hijo o una hija de Dios se está perdiendo en el alcohol, en las drogas, en la infidelidad o en la indiferencia. Tenemos que hacer como Dios, desplazarnos de nuestra casa de oración, salir de nuestra casa, abandonar la comodidad para buscar las noventa y nueve ovejas perdidas. Hay gente que deja la Iglesia católica por falta de atención pastoral, de escucha, de cercanía, de cuidado. El profeta Ezequiel reprochaba a las autoridades de su tiempo de apacentarse a sí mismos, abandonando a sus ovejas. El Papa Francisco llama eso la mundanidad espiritual. La mundanidad espiritual consiste en "buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor reprochaba a los fariseos: ´¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos de otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?´ (Jn 5,44). Es un modo sutil de buscar ´sus propios intereses y no los de Cristo Jesús´ (Flp 2,21)" (Evangelii Gaudium 93). Por eso dice el profeta Ezequiel que el Señor mismo tendrá que ponerse al frente de su rebaño, cuidando de que las ovejas descarriadas regresen al rebaño. Él pondrá una atención especial a las más flacas y débiles. Y nos invita a preocuparnos de nuestro prójimo.

            Así también ustedes, Delegados de la Palabra, les invito a visitar a las personas y los hogares que están alejados de la Celebración de la Palabra. Tengan mucho celo apostólico. Visiten también las comunidades que no tienen todavía la Celebración de la Palabra, a partir del tiempo de Adviento y a lo largo del año jubilar de la Celebración que va a empezar el 21 de marzo del año entrante.

            La segunda palabra es esperar: tenemos que poner nuestra esperanza en Cristo resucitado, primicia de los que han muerto. Vivimos en un mundo donde coexisten el pecado y la gracia, la muerte y la vida. San Pablo va a la raíz de esta realidad que constatamos cada día. Nos dice: "Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida." El pecado, la muerte y el diablo no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Cristo, que fue el primero en resucitar de entre los muertos. Después, cuando él vuelva al final de los tiempos, todos los cristianos volverán a la vida. El dolor y la muerte se oponen al plan de Dios; Cristo restableció el plan de Dios, que es plan de vida. Tenemos que ser hombres y mujeres de esperanza, porque no nos espera un vacío después de la muerte, sino una vida transformada y una resurrección al final de los tiempos. Dios aniquilará incluso la muerte. El Hijo se someterá a Dios, y así Dios reinará sobre todos y sobre todo.

            Con esta esperanza, hacemos memoria de nuestros hermanos y hermanas Delegados que han salido hacia la casa del Padre, así como a Monseñor Marcelo, el fundador e inspirador de la Celebración de la Palabra.

            La tercera palabra es amor. En la parábola del juicio final, Jesús nos dice que seremos juzgados sobre el amor que hayamos tenido. El criterio fundamental es el amor, y está formulado en la frase: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicieron."

En la parábola aparecen tres puntos fuertes:

1- El amor se mide por el "hacer", no por los sentimientos que declaramos ni simplemente por la intención. El amor se expresa en obras, nos dice san Juan.

2- El amor tiene un distintivo: se ejerce "a los humildes." En san Mateo el pequeño es el que es frágil físicamente, emocionalmente y espiritualmente: el que necesita todo tipo de apoyo. También en la sociedad no se le ve, es invisible.

3- Jesús se identifica con los pequeños, a quienes llama "mis humildes hermanos". Hay una presencia sacramental de Jesús en los más pobres y humildes, porque comparten sus sufrimientos, su Pasión.

            En Evangelii Gaudium, el Papa Francisco nos dice: "El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo ´se hizo pobre´ (2 Co 8,9)... Dios les otorga ´su primera misericordia´... Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres." (# 197-198). En los pobres Jesús pide ser buscado, amado y servido. Él indica seis situaciones de precariedad donde la ayuda no puede esperar: el hambre, la sed, la necesidad de techo, la desnudez, la enfermedad y la pérdida de la libertad en una cárcel. Todas esas situaciones piden una gran apertura de corazón para buscar a alguien que las padece. Jesús pide que nosotros, Delegados de la Palabra, padres de familia, religiosas, sacerdotes, obispos, nos preocupemos con amor de los más débiles. Tenemos que dilatar los espacios de la caridad, como rezaba el lema de Mons. Marcelo, hasta que nuestro corazón sea tan grande, tan descentrado de sí mismo como el corazón de Jesús crucificado. En el juicio final, no seremos juzgados sobre nuestros títulos: "soy obispo, soy sacerdote, soy Delegado de la Palabra, soy licenciado, soy contador público". "Al atardecer de la vida seremos juzgados sobre el amor", nos dijo san Juan de la Cruz, reafirmando lo que Jesús nos dijo.

            Queridos Delegados y Delegadas de la Palabra, les agradezco porque ustedes están cerca de los más humildes y pobres de su comunidad; les agradezco también a los que se implican no sólo en la Celebración de la Palabra, sino también en la pastoral social de su comunidad, para que sea una comunidad que desarrolle todas sus dimensiones: físicas, económicas, sociales, culturales y espirituales. Les pido que por su testimonio y su palabra, sigan suscitando vocaciones a la vida conyugal, a la vida sacerdotal, a la vida religiosa y a la vida misionera. Les deseo que sigan siendo testigos vivos de Jesús humilde y pobre, viendo a Jesús en los más pequeños y sirviéndoles a la manera de Jesús. Unámonos con estas intenciones en esta Eucaristía.

Seminario Menor Pablo VI