Homilía del 24° domingo del tiempo ordinario (13 de septiembre de 2015)

            Para estas fiestas patrias, Jesús nos regala un evangelio claro, que nos revela lo esencial de la persona de Jesús y del discípulo de Jesús.

            Jesús está caminando hacia las aldeas de Cesarea de Filipo. Es un momento clave de su ministerio. La gente tiene un montón de opiniones sobre la identidad de Jesús. Jesús les pregunta a sus discípulos: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" En nombre de los discípulos, Pedro proclama abiertamente la identidad de Jesús: "Tú eres el Mesías". ¿Cómo es que Pedro llegó a afirmar esto? Sabemos que hacía dos o tres años que Pedro conocía y seguía a Jesús. En el primer llamado que recibió de Jesús, Pedro ha quedado fascinado por él. Jesús les dijo a Pedro y a su hermano Andrés: "Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres... Inmediatamente, dejando las redes, le siguieron" (Mc 1, 17-18). ¿Quién de ustedes dejaría su trabajo remunerado, aunque sea con menos del sueldo mínimo, para seguir a Jesús y trabajar ad honorem? Simón Pedro y Andrés lo hicieron, porque habían sido seducidos por Jesús, por su palabra y por sus acciones.

            Recuerden la reacción de Pedro cuando muchos de los discípulos de Jesús lo abandonaron después del discurso sobre el pan de vida. "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6,68-69). Pedro y sus compañeros fueron impactados por las acciones de Jesús. Por ejemplo, después de que Jesús calmó una tempestad, ellos se decían unos a otros: "¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?" (Mc 4,41). Además Jesús compartió su misión con ellos. Leemos en san Marcos: "Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos" (Mc 6,7). Vieron también las curaciones que hacía Jesús y creyeron en él. Realmente ellos hicieron una profunda experiencia personal de Jesús: con él su vida cambió. Al ver los signos que hacía y al escuchar su palabra, Pedro llegó a la conclusión que Jesús es el Mesías. En Pedro se cumplen las palabras del Papa emérito Benedicto XVI: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y con ello una orientación decisiva". Nosotros también somos invitados por Jesús a tener un encuentro personal con Jesús, y a renovar ese encuentro constantemente. Él es nuestro Mesías, nuestro Salvador, nuestro Señor.

            Los discípulos, como la gente de su tiempo, esperaban un Mesías triunfalista, poderoso, que iba a librar al pueblo del imperio romano. Por eso, Jesús les prohibió divulgar que era el Mesías. Y empezó a instruirlos sobre qué tipo de Mesías iba a ser. Para eso empleó un título menos ambiguo que el de Mesías, el título de "hijo del hombre". Ese título está tomado del libro de Daniel, que dice que el hijo de hombre va a recibir de Dios el poder sobre reinos y naciones, y que su reino no tendrá fin (Dn 7,13-14). "El Hijo del hombre, dice Jesús, tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días". Jesús les advierte que su camino será un camino doloroso. Él, el defensor de la vida, será condenado a muerte. Él, que pasaba su vida haciendo el bien, será momentáneamente vencido por las fuerzas del mal. Pero resucitará a los tres días. Este primer anuncio de la Pasión y de la muerte de Jesús tuvo un fuerte impacto sobre los discípulos. Era todo lo contrario de lo que esperaban de él.

            Pedro reaccionó y no tomó en cuenta para nada el anuncio de la resurrección. Con su concepción propia que excluía un Mesías sufriente, trató de obstaculizar el camino de Jesús. "Se lo llevó aparte y se puso a increparlo", o sea a reprenderlo. Pero Jesús no quería que ese diferendo se resolviera en privado. "Se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro: -- Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios". Satanás es el que pone obstáculo a nuestro camino detrás de Jesús. Por eso Pedro recibe de Jesús el sobrenombre de Satanás, porque actúa igual que el Tentador. Muchas veces nosotros también tenemos criterios de pensamiento puramente humanos: juzgamos, nos enojamos o buscamos nuestro propio provecho.

            Luego Jesús revela a sus discípulos cuáles son las exigencias que implica el seguimiento de él. "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga." ¿No es nada bonito, verdad? Pero es posible cuando uno ha sido alcanzado por Jesús, como san Pablo en el camino de Damasco. "Negarse a sí mismo" no quiere decir aniquilar su propia personalidad; quiere decir negarse a ser egoísta, renunciar al orgullo y a la prepotencia. "Cargar con su cruz" significa aceptar las contrariedades de cada día, por ejemplo la enfermedad, el propio carácter que nos da guerra, los familiares que nos hacen la vida imposible. "Y seguirlo": seguir a Jesús en nuestra propia vocación. Como casados, santificarse a través del diálogo con la esposa o el esposo. Como jóvenes, vivir plenamente feliz cumpliendo el deber de cada día en el estudio, el trabajo, y teniendo amigos y amigas sanos. Como religiosas, vivir con ganas los votos de pobreza, castidad y obediencia a la manera de Jesús. Como sacerdotes, actuar como pastores con olor a oveja, a la manera de Jesús. Como cristianos, levantarnos cada día pidiendo a Cristo que actuemos en el día como él.

            Esto es posible si aceptamos la lógica del Evangelio: quien pierde gana, y quien gana pierde: todo lo contrario de las competencias deportivas. "El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio la salvará". Cuando la gente del mundo se burla de ustedes porque vienen a misa o a la celebración de la Palabra el domingo o porque asisten a un retiro espiritual, dicen que ustedes no aprovechan la vida como la entienden ellos. Pero "perder" su vida por Cristo es lo más hermoso. Tenemos ejemplo de eso en la vida de tantos santos y santas de la historia de la Iglesia. La primera de las santas, la Virgen María, fue una fiel discípula de su Hijo Jesús. Sólo una vida de servicio, una vida de entrega y solidaridad, nos hará felices. Porque en nuestras raíces más profundas hemos sido amados por Dios y somos hechos para amar.

            Que la Eucaristía de hoy nos ayude a tomar la decisión de seguir a Cristo hasta la cruz! Él nos colmará de sus bendiciones.

Seminario Menor Pablo VI