Homilía del 25° domingo del tiempo ordinario (20 de septiembre de 2015)

            La historia de la humanidad está llena de gente que ha ambicionado el poder: políticos, militares, civiles y aún eclesiásticos. Es una verdadera pasión, como nos dice hoy el apóstol Santiago: "¿De dónde salen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es acaso de los deseos de placer que combaten en su cuerpo? (o: ¿no es de sus pasiones, que luchan en sus miembros?) Codician lo que no pueden tener; y acaban asesinando. Ambicionan algo y no pueden alcanzarlo; así que luchan y pelean". Trágica realidad, vivida una vez más esta semana en un crimen al parecer ideológico, pero horrible.

            ¿Qué nos dice Jesús sobre esto? Dejémonos instruir por él, como lo hizo para sus discípulos. Primero Jesús hace el segundo anuncio de su pasión, muerte y resurrección. Ellos no entienden absolutamente nada de esto; esta vez no lo contradicen como Pedro en el texto de la semana pasada, se quedan callados, les da miedo preguntarle. Su silencio muestra que no están de acuerdo con la perspectiva de la pasión de Jesús y tienen miedo a su reacción. El texto subraya que "por el camino habían discutido". No habían hablado o dialogado sino discutido. La discusión implica acaloramiento y también rivalidad entre ellos. ¿Sobre qué discutimos nosotros? ¿Sobre qué discuten los esposos, los padres y los hijos? Los discípulos "habían discutido quién era el más importante." Ellos querían ser los primeros, cada uno quería ser superior a los demás. Tenían sed de poder.

            Jesús rompe su silencio, ese silencio que encierra al ser humano en su propia ambición. Y les dice de manera tajante: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". Jesús enseña la lección de la humildad y del servicio. Afirma que el puesto de "primero" en la comunidad no está reservado a un individuo a un grupo selecto, sino que lo ocupa aquel que se haga el último y el servidor de todos. El Papa Francisco dijo de manera semejante al principio de su pontificado: "El verdadero poder es el servicio". Jesús ataca de raíz el afán de orgullo y poder, invirtiendo el orden de valores que tantas veces se impone entre nosotros los hombres: en vez de querer ser el primero, hay que ser el último de todos; en vez de servirse de los demás, hay que servir a los demás.

            Es difícil vivir el voluntariado en una sociedad donde todo se mide en términos de dinero y de eficiencia. Pero la vida auténtica es una vida de sencillez, de solidaridad y de servicio. Lo escribe el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Si: "En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente... en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres" (No 158).

            ¿Qué quiere decir ser el último de todos y el servidor de todos? Es ser hombres y mujeres que no pierden ni una oportunidad para servir a los demás. Es ofrecer sus servicios a la familia o a la comunidad, según sus dones y sus posibilidades. Es actuar sin buscar recompensa, sabiendo que sirviendo, uno hace la voluntad del Padre. Es comprometerse en un servicio pastoral específico dentro de la parroquia y actuar no para que la gente lo vea, sino para participar en la misión de la Iglesia. Quien se hace último y servidor de todos se parece a Jesús y le sigue más de cerca.

            Después de pronunciar esta palabra, Jesús hace un gesto significativo, como lo hacían los antiguos profetas. "Acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: --- El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado". Uds. me han contado que en el pasado, un niño no podía tomar la palabra en medio de una conversación entre adultos, tenía que callarse.

            Jesús aquí coloca en medio a un niño y lo abraza: es un gesto de cariño y Jesús se identifica con él. Acoger a un niño, o a una persona con capacidades especiales, o a un pobre, es acoger a Jesús y a Dios Padre. El día del niño es una oportunidad para manifestar a nuestros niños cuán importantes son para nosotros. Pero no se debe limitar a un día, debería ser una actitud permanente a lo largo del año. Nuestra identidad de discípulos misioneros tiene que manifestarse en nuestra acogida y en nuestro servicio a los demás. En su homilía hoy en la Plaza de la Revolución en La Habana, el Papa nos invitaba a cuidar la fragilidad, a cuidar a los frágiles. Hay tanta gente frágil que necesita nuestro cuidado, nuestra escucha, nuestra ayuda efectiva.

            Necesitamos hoy con urgencia convertirnos al Señor y volver al Evangelio. Se habla a menudo de los "servidores públicos". Para que esta palabra no quede vacía, los empleados públicos tienen que transparentar esa actitud de servicio en la atención a los clientes. Aquí quiero dar como ejemplo positivo a los empleados de la Teletón: están realmente al servicio de los pacientes que se presentan allí. ¡Muchas gracias a ustedes, que ejercen su servicio con responsabilidad y alegría. Dijo Jesús: "Hay más felicidad en dar que en recibir" (Hechos 20,35).

            En este mes de la Biblia, dejémonos instruir por la Palabra de Dios. Ella nos indica las actitudes de todo discípulo misionero, en particular la humildad y el servicio. Jesús vivió al máximo esas actitudes. Acerquémonos a la Eucaristía, para que la fuerza del Señor se realice en nuestra debilidad y nos ayude a poder amar y servir a la manera de él.

Seminario Menor Pablo VI