Homilía del 28° domingo del tiempo ordinario (11 de octubre de 2015)

            Vivimos en un mundo sacudido por tragedias: asesinatos, accidentes, sequías, hambre, corrupción, impunidad, guerras. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Cuál es el sentido de nuestra vida? ¿Qué es lo más importante: ser o tener? ¿Qué es lo que nos hace verdaderamente felices?

            La respuesta de la Palabra de Dios hoy nos viene primero del libro de la Sabiduría, que nos habla del rey Salomón como el sabio por excelencia. Él no recibió la sabiduría por nacimiento. Por eso la solicitó en su oración. Prefirió la sabiduría a todos los bienes, cetros y tronos, piedras preciosas, oro y plata, salud y belleza, hasta la luz del sol. Porque pidió la sabiduría y no otras cosas, Dios le concedió junto con ella todos los bienes que no había pedido. Salomón fue colmado por Dios porque, como dijo Jesús más tarde, buscó ante todo el reino de Dios y su justicia y el resto le vino por añadidura.

El Evangelio de hoy nos ayuda a profundizar la sabiduría cristiana. Se articula en tres escenas, marcadas por tres miradas de Jesús: la llamada frustrada a un hombre, que prefirió las riquezas al seguimiento de Jesús (vv. 17-22), la enseñanza del Señor sobre las riquezas y el Reino (vv. 23-27), y la recompensa prometida a los que siguen a Jesús dejándolo todo (vv. 28-30).

La primera escena presenta el encuentro entre el Maestro y un hombre que, según el pasaje paralelo de Mateo, es identificado como joven. Él corre hacia Jesús, se arrodilla y lo llama "Maestro bueno". Luego le pregunta: "¿Qué debo hacer para heredar la Vida eterna?" La vida eterna no es solamente la vida del más allá, sino que es la vida plena, cumplida, feliz, sin límites, que comienza aquí abajo y se realiza plenamente en el más allá. ¿Qué debemos hacer para alcanzar la vida eterna? La respuesta de Jesús resume los mandamientos que se refieren al amor al prójimo. En este contexto, ese joven es ejemplar, no tiene nada que reprocharse; pero la observancia de los preceptos no le basta, no satisface su sed de felicidad. Jesús intuye este deseo que el joven lleva en su corazón; por eso su respuesta se traduce en una mirada intensa, llena de ternura y de cariño: "se le quedó mirando con cariño". Jesús se da cuenta que es un buen joven, como muchos jóvenes de hoy. Pero Jesús comprende también cuál es el punto débil de ese joven y le hace una propuesta concreta: dar todos sus bienes a los pobres y seguirlo. Lastimosamente ese joven tiene el corazón dividido entre dos patrones: Dios y el dinero, y "se marchó pesaroso, porque tenía muchos bienes." Rechazar la voz de Dios es condenarse a la tristeza. El joven se retiró entristecido, perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios. Esto demuestra que no pueden convivir la fe y el apego a las riquezas.

Con razón santa Teresa recurría a este episodio para indicar el camino hacia la intimidad con Dios: «Si le volvemos las espaldas y nos vamos tristes, como el joven del Evangelio, cuando nos dice lo que hemos de hacer para ser perfectos, ¿qué quieren que haga el Señor, que ha de dar el premio conforme al amor que le tenemos? Y este amor no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras; y no piensen que necesita nuestras obras, sino la determinación de nuestra voluntad» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 3,1,7).

En la segunda escena, Marcos habla de una mirada pensativa de Jesús, una mirada de advertencia. "Mirando alrededor, dijo a sus discípulos: - ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!" Dice a sus discípulos que el apego a las riquezas puede convertirse en una verdadera idolatría, que impide el acceso al Reino de Dios. El Señor utiliza aquí una imagen, que sin duda debió de suscitar la sonrisa de sus oyentes: las tribulaciones de un camello intentando pasar por un lugar que le queda demasiado estrecho. En contraste, la pobreza voluntaria es un bien tan alto que llevaba a San Francisco de Asís a considerarla como la «dama de su corazón»: «Ésta es aquella virtud que hace que el alma, viviendo en la tierra, converse en el cielo con los ángeles; ella acompañó a Cristo en la cruz, con Cristo fue sepultada, con Cristo resucitó, con Cristo subió al cielo; las almas que se enamoran de ella reciben, aún en esta vida, ligereza para volar al cielo, porque ella templa las armas de la amistad, de la humildad y de la caridad» (San Francisco de Asís, Florecillas 13).

Luego Jesús responde a la pregunta de Pedro: "Entonces, ¿quién puede salvarse?" La tercera mirada de Jesús es sobre sus discípulos. Jesús responde: "Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo." Esta frase fue pronunciada por primera vez cuando la anciana Sara, la esposa de Abrahán, se rió porque el Señor le dijo a Abrahán que dentro de un año Sara iba a tener un hijo. El Señor dijo a Abrahán: "¿Por qué se ha reído Sara diciendo: ¿Cómo que voy a tener un hijo, a mis años? ¿Hay algo difícil para Dios?" (Gen 18,14). Luego en la Anunciación, el ángel Gabriel le dijo a la Virgen María: "También tu pariente Isabel ha concebido en su vejez, y la que se consideraba estéril está ya de seis meses. Pues nada es imposible para Dios." (Lc 1, 36.37). También en nuestra vida nada es imposible para Dios. Dios siempre nos ofrece su perdón, aunque seamos los más grandes pecadores del mundo. Dios siempre ofrece a los ricos la posibilidad de salvarse, si aprenden a compartir sus riquezas con los pobres, y no se dedican a acumular riquezas sólo para sí. En otras palabras, la salvación es un don de Dios, pero tenemos que corresponderle.

Luego Jesús hace una solemne declaración: "Les aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más - casas, y hermanos y hermanas, y madres e hijos, y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura vida eterna".

            En el programa Frente a Frente de este viernes, cuando el Lic. Renato Álvarez les preguntó a los tres jóvenes de la Renovación Carismática Juvenil que andaban conmigo si les hacían falta los ídolos del poder, del placer y del tener, ellos respondieron inmediatamente que no. Yo sentí que es cierta la palabra de Jesús que nos asegura que el que deja todo para seguirlo tendrá la vida eterna en el futuro y el ciento por uno ya en el presente. Lo decía Jesús: "Hay más alegría en dar que en recibir". Esas palabras son verdaderas para mis compañeros misioneros que han dado su vida por Cristo y por el pueblo hondureño. Son verdaderas para los sacerdotes y las religiosas hondureñas que se han consagrado totalmente a Cristo. Son verdaderas para los jóvenes misioneros laicos hondureños que han dejado su tierra y su familia para ser misioneros "ad gentes". Son verdaderas para las familias cristianas que dan mucho de su tiempo para servir a la Iglesia y a los pobres.

            El joven no se ha dejado conquistar por la mirada de Jesús y así no ha podido cambiar. Sólo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica, luminosa.

            Que esta Eucaristía nos ayude a responder sí al Señor con mucha generosidad en todas las circunstancias de nuestra vida!

Seminario Menor Pablo VI