Homilía del 34° domingo del tiempo ordinario (22 de noviembre de 2015)

Fiesta de Cristo Rey, Día de los Delegados de la Palabra

En la primera lectura, tomada del libro del Daniel, se nos habla de un Hijo de hombre. Esta expresión tiene un sentido personal: se trata de un hombre que supera misteriosamente la condición humana y que recibe de Dios poder, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirven. Pero también tiene un sentido colectivo: el pueblo de los santos, los discípulos misioneros de Jesús, en particular hoy los Delegados de la Palabra de Dios.

Somos seguidores de un rey vencedor del mal. Las apariencias engañan: parece triunfar el mal, pero el pueblo de los santos vence el mal con su jefe, Cristo resucitado.

¿Qué clase de rey es Cristo? El Apocalipsis, el libro de la Revelación, nos describe los principales rasgos de Jesucristo, el Rey de reyes y el Señor de los señores. Antes que todo es el Testigo fiel, en su persona y en su obra, de la promesa hecha en otro tiempo a David y que se realizó en él. David quería construir una casa, o sea un templo, al Señor. Pero fue el Señor quien levantó una casa, o sea una dinastía, a David. Cristo es el Mesías, el descendiente de David, que reinará para siempre. Cristo es también el Primogénito de entre los muertos, porque ha vencido la muerte por su resurrección: todos resucitaremos con Él al día final. Cristo es además el Príncipe de los reyes de la tierra: después de destruir a sus enemigos recibirá el dominio sobre todo el universo.

Ese rey está muy vinculado a nosotros: no está en un trono lejos de nosotros. Él nos ama. La prueba de esto es que nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados. No vino para servirse de nosotros, sino para servirnos. Cuando contemplamos a Cristo en la cruz, no podemos ser indiferentes a lo que él hizo por nosotros, sufriendo físicamente y moralmente por amor, para darnos su vida, la vida en abundancia. Además él ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre. Por nuestro bautismo, todos somos sacerdotes; todos, unidos en Cristo Sacerdote, ofrecemos a Dios el universo entero en sacrificio de alabanza.

Estamos invitados hoy a mirar a Cristo, un Rey vencedor del pecado y de la muerte. Hasta los que lo mataron lo reconocerán como Señor de señores, nos dice el Apocalipsis. Él tiene la primera y la última palabra. Él es Dios, el que es, que era y que va a venir, el Todopoderoso.

En el evangelio de San Juan que acabamos de proclamar, ante Pilato el gobernador romano Jesús dice que su Reino no es de este mundo. Él no se identifica con ninguna de las corrientes políticas de su tiempo, ni con los sacerdotes que eran colaboradores de

los romanos, ni con los fariseos que esclavizaban al pueblo con su legalismo, ni con los partidarios de Herodes, ni con los Esenios que habían huido al desierto para practicar la Ley, ni con los zelotes que querían tomar las armas para expulsar a los romanos de su territorio.

"Mi reino no es de este mundo". Es una tentación fácil confundir algún movimiento político con el reino de Dios. Acordémonos que toda institución humana es frágil y tiene limitaciones. Pero el Reino de Cristo no pertenece a este mundo. Sin embargo Cristo nos invita a construir aquí abajo los valores de su Reino. Cada vez que un Delegado de la Palabra celebra la Palabra y anima a su comunidad, hace presente el Reino de Dios. Cada vez que un padre y una madre de familia le enseñan a su hijo a decir de corazón "gracias", "por favor", "disculpe", están educando una persona que va a seguir creciendo en el amor y se va a identificar con Cristo y con el prójimo.

¿Qué clase de rey es Cristo? Lo dice a Pilato: "Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad". La verdad hoy es pisoteada por el mundo: hay tanta corrupción, tanta mentira, tanta hipocresía. Jesús es el testigo de la verdad: en Él no hay SÍ y NO. Sólo es el SÍ de Dios. Él nos invita a seguirlo a Él y a imitarlo: "Todo el que es de la verdad escucha mi voz". Sí Señor, queremos seguirte sin condiciones, porque tú eres el camino, la verdad y la vida. Antes que nosotros hay muchos cristianos que han sido asesinados por ser fieles a la verdad: los primeros cristianos que fueron devorados por los leones en el Coliseo de Roma; muchos Delegados de la Palabra, que fueron asesinados por predicar íntegramente la Palabra de Dios en situaciones de conflicto; hoy muchos cristianos en el Medio Oriente, que son víctimas de una barbarie inhumana.

Hoy les invito a todos ustedes a ser testigos de la verdad de Cristo, y de la verdad que es Cristo. No vendan su dignidad de humanos y cristianos por unos cuantos lempiras. Sigan luchando para ser honestos en su trabajo, para sembrar amor en su familia, para reflejar el amor y la paz alrededor de ustedes.

Este año es el Año Jubilar de la Celebración de la Palabra: empezó el 21 de marzo de este año, en la Plaza de la Solidaridad de Choluteca, y culminará en el estadio de San Pedro Sula el 12 de marzo del año entrante. Es una ocasión para dar gracias al Señor por todo lo que Él ha realizado a través del ministerio de los Delegados y Delegadas de la Palabra. Es una ocasión también para ir para adelante, buscando estar en las primeras trincheras de la misión de la Iglesia. La Iglesia es una Iglesia "en salida", una Iglesia misionera. El Delegado no se puede quedar atrás. Todos tenemos que sacudir nuestra pereza y nuestra comodidad para ir al encuentro del hombre y de la mujer de hoy, que viven muchas veces en otra onda: algunos buscan un sentido a su vida, otros no. "Pero

¡ay de mí si no evangelizo", decía san Pablo. Se necesitan jóvenes y adultos, hombres y mujeres, que se comprometan como misioneros en su comunidad y más allá de su comunidad, como Delegados, catequistas, miembros activos de la pastoral, religiosas, sacerdotes, etc. para edificar este Reino de Cristo y oponerse con valor a todo lo que destruye este Reino: Reino de paz y justicia, Reino de vida y verdad.

Tiene mucho sentido para los Delegados lo que nos dice el Documento de Aparecida: "Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado" (DA 18).

Hoy comulgaremos al cuerpo de Cristo, nuestro Rey. ¡Que esta comunión haga de nosotros otros Cristos, unos Cristos vivos, alegres, misericordiosos, para el mundo en que Él nos espera!

Seminario Menor Pablo VI