Homilía de Navidad (Noche Buena) (24 de diciembre de 2015)

"Un niño nos ha nacido... Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres... No teman, les traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido el Salvador: el Mesías, el Señor".

Hoy, todos los textos de la Palabra de Dios enfocan el nacimiento de Jesús, el Mesías, que trae la salvación a todos los hombres y mujeres del mundo.

"Un niño nos ha nacido". Cuando el pueblo de Dios estaba seriamente amenazado por el imperio de Asiria, el profeta Isaías anunció que Dios quebrantaría la vara del opresor, el yugo de su carga, por el nacimiento de un niño, el hijo del rey de Judá, que traería una paz sin límites a su pueblo.

Hoy, frente a todos los poderes del mal - Isis en el Medio Oriente, el crimen organizado, el narcotráfico y la violencia en los países de Centro América, la sociedad de consumo que nos incita a consumir más y más productos, sacrificando a la persona en el altar del dinero - un niño sencillo, pobre, indefenso, nos ha nacido. Está en los brazos de María, su Madre, que "sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura", como escribió el Papa Francisco en Evangelii Gaudium # 286. El nombre de este niño es Jesús, que significa "El Señor salva", porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1, 21).

"Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres", como escribió el apóstol san Pablo a Tito (2,11).  De aquí en adelante me voy a inspirar del mensaje y felicitación navideña que los obispos de la Conferencia Episcopal de Honduras hemos dirigido el 17 de diciembre a todos los hondureños. San Pablo nos invita a acoger la bondad, la gracia, la misericordia del Padre que nos entrega al Salvador y nos renueva con su Espíritu. Esta Buena Noticia es el fundamento de la alegría, la paz, la bondad que cada año nos deseamos y experimentamos y que resuena de un modo especial en este momento en el que el Papa Francisco nos ha convocado al Jubileo de la Misericordia.

En este Año Santo de la Misericordia, cada uno de nosotros está invitado a abrir su corazón a Dios, al asombro de sabernos amados incondicionalmente, perdonados y reconciliados; a la admiración de reconocer que Dios mismo nace de una mujer; a la alegría de ver cómo Dios desea nuestro bien y quiere vernos felices y serenos.

Aquí, en esta Honduras nuestra, en este año tan lleno de corrupción y escándalos, Dios no se avergüenza de llamarse hermano nuestro, haciéndose carne de nuestra carne.

El Niño Dios nos tiende sus brazos abiertos y nos invita a abrir nuestro corazón, para dejarnos querer y para aprender a querer, a reconciliar, a perdonar y a restituir lo defraudado y a compensar el daño causado.

Cada uno de nosotros está invitado a ser bondadoso y a mirar atentamente a tantos y tantos "rostros sufrientes" de hondureños, hermanas y hermanos nuestros, con sus heridas. Cada uno de nosotros está invitado a reconocer sinceramente la injusticia y el pecado que generan estas heridas y las mantienen abiertas. Cada uno de nosotros estamos urgidos a abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias experiencias existenciales. Cada uno de nosotros hemos de encontrar la alegría del Dios que sale de sí mismo y se acerca a nosotros.

Salgamos más en esta Navidad. Miremos, aunque nos duela, hasta que nos duela, hasta que nos veamos urgidos a reconocer que "la carne se cura con la carne. Y Dios se ha hecho carne para curarnos. Por tanto, también nosotros debemos hacer lo mismo con los demás" (Papa Francisco a los jóvenes en Kenia).

Salgamos, "Venzamos la indiferencia y conquistemos la paz", como nos invitará el Papa el día 1° de enero de 2016. Venzamos la indiferencia ante la pobreza y la desintegración familiar. Comprometámonos a ser constructores de paz en cada familia, en cada colonia, en cada aldea, en cada ciudad, en toda Honduras.

Sí, ha aparecido la gracia de Dios, "enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo" (Tito 2, 13-14).

¿Qué pasaría si, este 24 de diciembre de 2015, cada persona se pusiera a creer que Dios puede renovarla por Su amor? ¿Qué pasaría si cada persona decidiera colaborar con Él para que el amor sea más fuerte que la división y la violencia? ¿Qué pasaría si, este 24 de diciembre, cada uno y cada una de nosotros se levantara para caminar hacia una persona a quien ignora porque le ha reprochado algo, o para caminar hacia una persona que no se siente capaz de acoger porque le fastidia?

"Hoy, en la ciudad de David, nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tienen la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Dios se ha hecho tan pequeño que lo podemos abrazar en nuestros brazos: ésta es la humildad de Dios. Pero este Niño nos está dando un regalo, como todo niño recién nacido: nos da el poder de darnos, de entregarnos, de olvidarnos a nosotros mismos para darle cariño, atención, cuidado, para que crezca "en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2,52). Este Niño ha puesto su piecito en la puerta de nuestra vida, para que no volvamos a cerrarla. Este Niño da un sentido a nuestras lágrimas y a nuestras alegrías, a nuestras noches y a nuestros días, a nuestras dificultades y a nuestros éxitos, a nuestras enfermedades y a la recuperación de nuestra salud.

A causa de este Niño, hoy podemos cantar con el ejército celestial: "Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama".

Un día como hoy, hace 54 años, nuestro querido Monseñor Guido Plante (QDDG), ha sido ordenado sacerdote. Y yo estuve presente en su primera misa el 25 de diciembre de 1961. Lo vamos a tener muy presente en nuestras oraciones.

Seminario Menor Pablo VI