Homilía de Navidad (misa del día) 25 de diciembre de 2015

Desde anoche estamos celebrando el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Hemos sido conmovidos por el nacimiento de un niño en la pobreza, teniendo como cuna un pesebre de animales, porque no había sitio en la posada.

Hoy dos textos del Nuevo Testamento, tomados del evangelio de San Juan y de la carta a los Hebreos, nos ayudan a profundizar el misterio de Dios que se hizo hombre por nosotros, y las consecuencias de este hecho para nosotros.

El autor de la carta a los Hebreos nos hace ver la originalidad de la Revelación de nuestro Dios. Nuestra fe no viene de una búsqueda de Dios de parte de nosotros. Más bien es Dios que ha buscado al hombre. Como dice el título de una edición del Nuevo Testamento, Dios llega al hombre. Dios ha hablado de muchas maneras a nuestros padres que practicaban la religión judía en el Antiguo Testamento. Por los profetas Dios ha ido renovando su alianza con el pueblo judío. Pero, en esta etapa final, en la Nueva Alianza, Dios nos ha hablado por su propio Hijo, al que ha nombrado heredero de todo. Como escribió San Juan de la Cruz, "(Dios) en darnos a su Hijo, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar". Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nos ha revelado el misterio de Dios Padre, y la misericordia infinita de Dios. No tenemos que buscar fuera de la Iglesia católica la respuesta a nuestra búsqueda de Dios. Jesús es el tesoro de la Iglesia: lo tenemos que compartir con las personas que no tienen fe todavía.

Jesús no sólo ha nacido entre nosotros, sino que también realizó la purificación de los pecados por su muerte en la cruz y está sentado a la derecha del Padre, intercediendo por nosotros. ¡Qué hermosura, qué dicha para nosotros!

El evangelio que hemos leído es el prólogo del evangelio de San Juan. Tiene una profundidad teológica increíble. Nos hace ver que la Palabra de Dios estaba con Dios desde siempre. Luego por medio de la Palabra se hizo todo, toda la creación. En seguida la Palabra de Dios acompañó al pueblo judío durante dos mil años, y sin embargo "los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre". Este es otro tesoro que nos revela Jesús: somos hijos de Dios en Él, que es el Hijo único de Dios. Por la fe y el bautismo somos hijos adoptivos de Dios. San Agustín lo expresa de esta manera: "¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios". Y ¿cómo llegamos a ser hijos de Dios? Eso se hizo posible cuando la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros. Fue cuando Jesucristo, el Mesías, nació en Belén de Judá, y después nos reveló el misterio de Dios: "El Hijo Único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer".

¿Qué consecuencias para nuestra vida podemos sacar de esta Palabra de Dios que hemos escuchado hoy?

Primero, debemos agradecer a Dios por habernos dado a su propio Hijo. Nuestra vida tiene que ser una acción de gracias a Dios Padre. También debemos vivir a la altura de nuestra vocación de hijos de Dios. Sería una contradicción decir que somos cristianos y adoptar una conducta anticristiana. Como nos decía ayer la carta de san Pablo a Tito, la gracia de Dios nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa. En términos de hoy eso quiere decir que debemos ser coherentes con nuestra fe. En nuestras responsabilidades familiares, sociales y políticas, tenemos que vivir nuestra fe. ¡Cuánto se necesitan cristianos que sean sal de la tierra, luz del mundo, levadura en la masa, que impregnen este mundo del amor y de la misericordia de Dios!

También es nuestra tarea dar a conocer nuestra vocación de cristianos. Muchos hombres y mujeres no la conocen, por tanto no la pueden vivir. Por este medio, invito a todos los que quieren conocer más a Dios a que se acerquen a su parroquia, para recibir una sólida formación cristiana mediante una catequesis adecuada, para participar en la acción pastoral de la parroquia en algún campo de pastoral o para formar parte de algún movimiento apostólico. Seamos cristianos adultos en la fe. Asumamos todos el reto de ser una Iglesia madura y comprometida con el mundo, a la manera de Jesucristo nuestro Salvador.

En esta Eucaristía, vamos a ofrecer al Señor todos los buenos deseos que tenemos: por ejemplo de mejorar nuestro carácter, mejorar nuestras relaciones con nuestros familiares y con los demás. Dejémonos transformar por el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, que nace cada día en nuestros corazones. ¡Feliz Navidad a todos ustedes!

Seminario Menor Pablo VI