Homilía del 18° domingo del tiempo ordinario (31 de julio de 2016)

            Mañana empezaremos el mes del matrimonio y la familia. En el marco del Año Santo de la Misericordia, la Comisión Nacional de Pastoral Familiar de Honduras ha escogido como lema para este mes: EL AMOR Y LA MISERICORDIA, MISIÓN DE LA FAMILIA.

            Yo quisiera recalcar en esta homilía la importancia que la familia reviste para nosotros, los cristianos, y qué es lo que sostiene la familia.

            Los textos de la liturgia de hoy nos invitan a  preguntarnos qué es lo más importante en la familia: ganar dinero? divertirse? estudiar? comer? vestirse con ropa de moda? viajar al extranjero? Todo esto puede ser interesante, pero no es lo esencial. Si nuestra familia no tiene objetivo, si no tiene proyecto común, anda a la deriva, tratando de satisfacer las necesidades del momento. ¿De qué sirven a la familia los bienes materiales, el éxito laboral, la belleza, la buena fama, si no se centra en Dios?

            Anoche en Tablones Abajo estuve en una vigilia de oración con más o menos 1000 jóvenes de toda la parroquia El Corpus. Ellos participaron en la Eucaristía y en la Hora Santa y en las presentaciones artísticas de los distintos sectores de la parroquia. Ese acontecimiento había sido planificado desde varios meses. Pero en Yusguare, al mismo tiempo, tuvo lugar la coronación de la nueva reina de la feria de Santa Ana. Esa fecha ha sido puesta hace poco. Pues había allí cantidad de gente, joven y menos joven, que prefirió asistir a un evento mundano en vez de celebrar su fe.

            Hoy estamos en una encrucijada. Tenemos que tomar opciones, como personas y como familias. Un mundo sin Dios es absurdo, el trabajo no tiene sentido como dice el libro del Eclesiastés. Un mundo sin Dios pone su confianza en el dinero, pero nadie lleva ese dinero a la tumba, como dice Jesús en el Evangelio. El que amasa riquezas para sí y no sabe compartir sus bienes, sus dones, su persona, con los demás, no es rico ante Dios. No puede hallar la felicidad. El que está encerrado en una torre de marfil y no se abre a los demás no puede ser feliz. En cambio, como dice san Pablo en la segunda lectura, el que ha resucitado con Cristo por el bautismo busca los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Se sirve de los bienes de la tierra como un medio útil o necesario, pero no como el fin último de su vida. El que ha resucitado con Cristo da muerte a todo lo terreno, todo lo que le impide amar a Dios y amar al prójimo. Somos imagen de Dios. "Sean misericordiosos como el Padre", nos exhorta Jesús en el Evangelio. Cuando somos misericordiosos, nos parecemos a Dios. La misericordia no es mera palabra. Es acción, es obra.

            ¿Cómo vivir la misericordia dentro del matrimonio y de la familia? Cuando se habla de misericordia en la Biblia, siempre se habla de amor. El amor es lo contrario del egoísmo. El amor es lo contrario de querer siempre tener la razón. El amor nos impulsa a sacrificarnos por nuestros seres queridos. El hogar cristiano tiene que ser una escuela de amor y misericordia. La primera manifestación de la misericordia de Dios Padre se lleva a cabo en el derrame del Espíritu Santo en los padres de familia, para que con sabiduría, trasladen esa misma misericordia con gozo a sus hijos, nietos y demás miembros de la familia. Entre las obras de misericordia espirituales, hay muchas que tienen que ver con la familia: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, y muchas veces la primera persona que tenemos que soportar somos nosotros mismos, con nuestro carácter...

            En la familia, como escuela de misericordia, aprendemos que cuando usamos para el mal todo lo bueno que Dios nos ha regalado, cuando olvidamos a Dios, cuando vivimos solamente buscando el tener, el éxito, el ser importante, el placer, la comodidad, el darse gusto a uno antes que a los otros, el hacer lo que le da la gana, vamos a un abismo, donde cada uno se siente vacío, solo, triste, abandonado, decepcionado. En la vida egoísta y de pecado, no hay verdadera felicidad.

            Ayer, el lema de la Vigilia de Oración en Tablones Abajo era "Soy joven y practico la compasión de Dios". Durante este mes del matrimonio y de la familia, hagamos todo lo que está a nuestro alcance para vivir la misericordia de Dios en nuestra familia y en nuestro ambiente.

            Termino con la oración del Papa Francisco, al final de su Exhortación Apostólica "La alegría del amor":

Jesús, María y José

en ustedes contemplamos

el esplendor del verdadero amor,

a ustedes, confiados, nos dirigimos.

 

Sagrada Familia de Nazaret,

haz también de nuestras familias

 lugar de comunión y cenáculo de oración,

auténticas escuelas del Evangelio

y pequeñas iglesias domésticas.

 

Sagrada Familia de Nazaret,

que nunca más haya en las familias episodios

de violencia, de cerrazón y división;

que quien haya sido herido o escandalizado

sea pronto consolado y curado.

 

Sagrada Familia de Nazaret,

haz tomar conciencia a todos

del carácter sagrado e inviolable de la familia,

de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,

escuchen y acojan nuestra súplica.

Amén.

 

Como dijo el Papa Francisco en estos días, en este mes del matrimonio y la familia, no edifiquemos muros, más bien construyamos puentes.

Seminario Menor Pablo VI