Homilía del 21° domingo del tiempo ordinario (21 de agosto de 2016)

            La Palabra de Dios hoy nos ilumina sobre lo que es más importante en nuestra vida: nuestra salvación. Un día alguien le preguntó a Jesús: "Señor, ¿serán pocos los que se salven?" Como se ve, la pregunta trata sobre el número, sobre cuántos se salvan: ¿serán muchos o pocos? En la historia han habido dos excesos: unos dicen que todos se salvan, poco importa el mal que han hecho, porque Dios es infinitamente misericordioso y termina perdonando a todos; otros dicen que sólo ciento cuarenta mil personas se salvarán. Toman al pie de la letra el texto del Apocalipsis 7,4. Pero este número tiene un valor puramente simbólico: 144,000 es el resultado de la multiplicación de las doce tribus de Israel por doce (los doce apóstoles del Cordero: 21,14), luego por mil, que es la cifra de la historia de la salvación. Es el número de los elegidos del nuevo Israel, mucho más numeroso que el Israel antiguo de las doce tribus. Dios abarca en su misericordia a todos los pueblos, razas y lenguas. El autor del Apocalipsis explica que se trata de "una muchedumbre inmensa que nadie podría contar" (Ap 7,9).

            En su respuesta, Jesús traslada el centro de atención de cuántos se salvan a cómo salvarse. "Esfuércense en entrar por la puerta estrecha". Jesús nos dice dos cosas sobre el modo de salvarnos: una negativa, otra positiva. Primero, lo negativo. No es necesario, o en cualquier caso no basta, el hecho de pertenecer a un determinado pueblo, a una determinada raza, tradición o institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador. Para nosotros católicos, no basta ir a misa cada domingo, si al mismo tiempo no somos justos con nuestros dependientes, si no amamos a nuestros hijos. Lo que nos sitúa en el camino de la salvación no es un título de propiedad, como tenían los judíos del tiempo de Jesús: "Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas". Lo que sí es necesario para salvarse es una decisión personal seguida de una conducta coherente de vida: "Esfuércense en entrar por la puerta estrecha". Tenemos que corresponder al amor infinito de Dios con nuestro amor humano, por cierto limitado, pero imagen del amor de Dios. Hemos recibido de Dios muchas capacidades y posibilidades, muchos dones para dar una respuesta positiva a la voluntad de Dios de salvarnos. La vida eterna, la comenzamos a construir aquí abajo, en la tierra, con nuestro esfuerzo.

            En este esfuerzo al cual nos invita Jesús, los padres de familia tienen la misión irremplazable de educar a sus hijos, de darles el buen ejemplo y de mostrarles el único camino de realización personal, que es el camino del amor. Creo que los hijos tienen que aprender mucho de sus padres. El ejemplo de nuestros padres, sus consejos y sus reproches, nos marcan para siempre. Me llama la atención la suma de trabajo y de sacrificio que hacen los padres para con sus hijos. No calculan las horas, no guardan casi nada para sí, dan lo mejor de sí mismos para sus hijos. Si una madre va a una fiesta y le regalan un pedazo de queque, ella no se lo come, sino que lo lleva a su casa para que sus hijos, "eternos hambrientos", se lo coman. Debemos ser agradecidos con nuestros padres por todo lo que han hecho y siguen haciendo por nosotros.

            En la segunda lectura, el autor nos exhorta a aceptar la corrección que nos viene de Dios. "Ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero, después de pasar por él, nos da como fruto una vida honrada y en paz". Somos rebeldes ante Dios cuando nos sucede una desgracia. Nos cuesta aceptar la voluntad de Dios. De la misma manera, nos cuesta aceptar los reproches de nuestros padres, pero cuando reflexionamos, eso que nos han dicho y que no nos gustaba fue lo que forjó nuestra personalidad, fue lo que hizo de nosotros unos hombres y mujeres responsables, honrados y entregados a nuestra familia y a nuestro prójimo.

            La segunda lectura termina con estas palabras: "Fortalezcan las manos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes y caminen por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará". Este el papel de los padres en la educación de los hijos. El Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica postsinodal "La alegría del amor", nos habla del papel complementario del padre y de la madre en la vida de sus hijos. Cito algunas líneas de la misma: "Todo niño tiene derecho a recibir el amor de una madre y de un padre, ambos necesarios para su maduración íntegra y armoniosa... No se trata sólo del amor del padre y de la madre por separado, sino también del amor entre ellos, percibido como fuente de la propia existencia, como nido que acoge y como fundamento de la familia. De otro modo, el hijo parece reducirse a una posesión caprichosa. Ambos, varón y mujer, padre y madre, son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes. Muestran a sus hijos el rostro materno y paterno del Señor. Además, ellos juntos enseñan el valor de la reciprocidad, del encuentro entre diferentes, donde cada uno aporta su propia identidad y sabe también recibir del otro" (AL 172). Ahí lo tenemos todo. El laxismo de los padres hacia los hijos, el dejarlos hacer lo que quieren, no construye nada positivo. No basta engendrar hijos. Hay que educarlos para que lleguen a ser maduros humanamente y cristianamente. La educación de los hijos es un arte que requiere mucho esfuerzo, mucha paciencia. Pero Dios los recompensará y sus hijos se lo agradecerán.

            En esta Eucaristía, pidámosle al Señor que ayude a los padres y madres de familia a ser verdaderos educadores de sus hijos. Así serán muy buenos colaboradores con Dios en su obra de creación y redención.

Seminario Menor Pablo VI