Homilía del 27° domingo del tiempo ordinario (2 de octubre de 2016)

            Esta mañana tuvo lugar en la catedral la Jornada de la Infancia Misionera. Muchos niños caminaron rezando el rosario y entonando cantos misioneros. Hemos empezado el mes de octubre misionero; su tema es: "Jesús nos invita a ser misioneros de la misericordia". Es un tema que encaja con el lema del Año de la misericordia: "Misericordiosos como el Padre".

            ¿Cuál es el fundamento de nuestro ser y quehacer como misioneros? Las lecturas de hoy nos dicen que es la fe, la fe que hemos recibido en el bautismo y que está llamada a crecer cada día hasta el final de nuestra vida.

            La fe no es primero un conjunto de doctrinas. Es ante todo un encuentro personal con Cristo Resucitado. Cuando Él toca nuestra vida, quedamos tatuados por Él. Nos volvemos discípulos de Él y testigos audaces de su Resurrección.

            El evangelio de hoy nos da una enseñanza sobre la fe. A medida que Jesús les descubre a los discípulos el proyecto de Dios y la tarea que les quiere encomendar, ellos sienten que no les basta la fe que tuvieron cuando él los llamó a seguirle. Necesitan una fe más robusta y vigorosa. Por eso le piden a Jesús: "Auméntanos la fe". Ellos no eran grandes teólogos, ni habían estudiado en escuelas rabínicas, eran en su mayoría pescadores.

            Como a nosotros, a ellos les costaba tener fe. Cuando una tempestad amenazó con hundir en el lago la barca donde estaban, pensaron que iban a morir ahogados y no confiaron en el poder de Jesús. Entonces Jesús les reprochó: "¿Dónde está la fe de ustedes?" (Lc 8,25). La petición del evangelio de hoy, "auméntanos la fe", empalmaría muy bien con ese episodio de la tempestad calmada: "tenemos poca fe, haz que creamos más en ti". Pero Jesús, como en otras ocasiones, les responde de forma desconcertante: "Si tuvieran fe como un granito de mostaza, dirían a esa morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y les obedecería".

            Hermanas y hermanos, es bueno que hagamos una relectura de nuestra vida cristiana, de nuestro ser y quehacer de discípulos misioneros. ¿Creemos verdaderamente en Cristo Jesús, dejamos que él penetre hasta los rincones más escondidos de nuestra vida? ¿Creemos que Él está presente cuando tenemos dificultades y pruebas? ¿Nuestra fe se traduce en anuncio gozoso de Jesucristo? o ¿nos da miedo dar testimonio a otros de nuestra fe?

            En este sentido, san Pablo en la segunda lectura exhorta a Timoteo: "Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero".

            ¡Nada de tener miedo! Me llama la atención el testimonio de fe de muchísimas personas que dan la cara por Cristo y por la Iglesia. Los Delegados de la Palabra y las catequistas no tienen miedo de apostar por la Palabra de Dios, que transforma las personas y las comunidades. Los miembros de movimientos apostólicos caminan en la fe, y esto los lleva a luchar para conservarla fe, defenderla y anunciarla. Nuestras religiosas dan un testimonio radical de fe y de entrega total al Señor y al Pueblo de Dios. Nuestros sacerdotes se gastan y se desgastan sin cesar por el Evangelio. Tenemos que "ver" todo este trabajo de evangelización que se está realizando en la Iglesia y darle gracias al Señor por ello. Hoy les doy gracias a todos los que trabajan en la mies del Señor en nuestra diócesis.

            También el Señor nos invita a traducir nuestra fe en acciones concretas. "Toma parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios te dé", dice san Pablo a Timoteo. La evangelización es un duro trabajo: encuentra muchos obstáculos. Hay comunidades frías; hay gente con prejuicios; hay personas indiferentes; hay personas cerradas al mensaje de solidaridad del Evangelio y no quieren compartir sus bienes con los necesitados; hay personas que tienen heridas que no han sido sanadas; hay personas inconstantes en la fe, que se tambalean ante los atractivos del mundo actual. Ante todo esto, como cristianos no tenemos que desanimarnos. No lo hacemos todo. El Espíritu Santo es el protagonista de la misión. Nosotros somos sus colaboradores. Y lo hacemos según las fuerzas que Dios nos da. Un niño que sigue la catequesis o pertenece a la Infancia Misionera puede dar testimonio de su fe con una sencillez y una audacia que desarma a los adultos. Un joven que es miembro de un grupo juvenil tiene un dinamismo que lo lleva a hacer experiencias misioneras que tienen impacto sobre la comunidad. Una pareja que vive en profundidad su matrimonio puede tener influencia sobre otras parejas que están luchando para salvar su matrimonio. Una persona anciana o enferma, aún en cama, puede orar e irradiar su fe con las personas que la visitan. Un trabajador puede realizar su trabajo diario con dignidad y responsabilidad. Un empresario cristiano puede desarrollar su empresa no sólo con criterios técnicos sino también con una visión evangélica, de manera que sus empleados se sientan respetados en sus derechos y partícipes del crecimiento de la empresa. Todos nosotros podemos ser participantes activos en esta gran historia de salvación, en la que el Señor cuenta con nuestra colaboración.

            ¿Con qué actitud debemos vivir nuestra fe? Los que tenemos una responsabilidad en la Iglesia o en la sociedad, podemos sentirnos tentados de pensar que hacemos algo grande, algo excepcional. Jesús nos echa un jarro de agua fría contándonos la parábola del criado. Un criado tiene que estar dispuesto a servir en todo a su patrón; sólo cuando éste haya terminado de comer, podrá comer el empleado. Y Jesús saca de ello una lección de humildad para todos nosotros. "Cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer".  Jesús nos exhorta a echar para abajo la presunción, a no buscar el interés, la fama o el reconocimiento. Todos somos unos pobres servidores de Cristo, quien nos invita a cumplir nuestras responsabilidades como cristianos.

            Finalmente me llama la atención la última frase de la lectura del profeta Habacuc: "El injusto tiene el alma hinchada, llena de sí mismo, pero el justo, el que confía en la acción salvadora del Señor, vivirá por su fe".

            En esta Eucaristía pidámosle al Señor que aumente nuestra fe y que nos ayude a transmitirla, porque según San Juan Pablo II, "la fe se fortalece dándola" (Redemptoris Missio).

Seminario Menor Pablo VI