Homilía del 17° domingo ordinario en la parroquia San Jerónimo de Goascorán

Homilía del 17° domingo ordinario en la parroquia San Jerónimo de Goascorán (30 de julio de 2017)

 

 Realmente las parábolas que nos cuenta Jesús hoy están llenas de una gran sabiduría y nos llevan a lo esencial en nuestra vida. ¿Qué es lo esencial? ¿Las riquezas? Hunden a más de uno. ¿El poder? Muchas veces corrompe. ¿La fama? Podemos perderla en un momento de debilidad. ¿Nuestra propia persona? Es limitada. Lo esencial es Dios y nuestra relación de amor con Él.

"El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo". Lo mismo pasa con la perla preciosa que encuentra un comerciante en perlas finas. ¿Qué es ese tesoro para nosotros? Es el Reino de Dios proclamado por Jesús. Hay que pagar un precio alto para adquirirlo. Es necesario despojarnos de todo e ir a vender todo lo que tenemos para entrar en él. Jesús pidió al joven rico: "Anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme" (Mt 19,21). A sus discípulos Jesús les dice: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga" (Mt 16,24). Hay que perder la vida a causa de Jesús para ganarla. Hay que beber el cáliz que Jesús tuvo que beber. Hay que hacerse servidor de todos, a ejemplo de Jesús, que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos.

Ese despojo de todo se hace con alegría, porque uno no encuentra un vacío, sino el único tesoro que valga la pena. Ese tesoro es Dios mismo, que es nuestra plenitud. Mi Dios y mi todo, como decía un santo. Vale pena buscar ese tesoro, dejarlo todo para adquirirlo y vivir en plenitud con Él. Hemos de llegar a ser sus verdaderos discípulos. Eso nos hace libres como hijos de Dios para ser felices con Dios, nuestro tesoro. Podemos orar así: "Señor Jesús, nada de lo que tenemos puede compararse al Reino de los cielos. Ayúdanos a confiar en ti para que podamos encontrar ese tesoro de tanto valor".

La tercera parábola que nos cuenta Jesús nos dice que el Reino de Dios es como una red, que está abierta a todos, recoge toda clase de peces. Los pescadores recogen la red sólo cuando está llena. Dios da la oportunidad a todos los seres humanos para que entren en la red. El Reino de Dios está abierto a todos. Sólo al final de los tiempos se hará la selección: los ángeles separarán a los malos de los justos. Y cada uno recibirá el pago que merece.
Esto implica para nosotros estar abiertos a toda clase de personas y de situaciones, sin discriminar, sin juzgar, con la actitud de acoger para ayudar, ir a evangelizar a las periferias.

 Finalmente, Jesús describe la actitud del que se ha convertido en “verdadero discípulo”: es como el dueño de casa, que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo. Valora lo que ha recibido de sus antepasados y se abre a la novedad del Evangelio.

 La primera lectura, el Salmo y la segunda lectura van en la misma línea que el Evangelio. Dios da a Salomón un corazón sabio para que pueda mantenerse fiel al Señor y gobernar bien a su pueblo. También con san Pablo, "sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio". Amar a Dios es el camino para que las alegrías y las pruebas sirvan para nuestro bien.

Podemos aplicar hoy estas parábolas del Evangelio a la familia, porque hoy es la inauguración del mes del matrimonio y la familia. La familia es también un tesoro, que no siempre sabemos apreciar a su justo valor. Es cierto que no hay familias perfectas, es seguro que las familias enfrentan muchos problemas. Pero el Papa nos dice en la Encíclica "La alegría del amor":  "El anuncio cristiano relativo a la familia es verdaderamente una buena noticia... Las familias no son un problema, son principalmente una oportunidad" (AL 1 y 7). La Conferencia Episcopal ha escogido como lema para este año "La familia, casa y escuela del amor". En la revista de este mes de agosto, Uds. encontrarán muchas catequesis, celebraciones de la Palabra, una Hora Santa, una lectura orante de la Biblia, una reflexión teológica, etc. Les invito a aprovechar ese material para el crecimiento de su familia y de todas las familias. Les pregunto a ustedes: ¿consideran a su familia como un tesoro? ¿saben apreciar ese tesoro y agradecérselo de vez en cuando?

Otro tesoro que tenemos es la presencia de las Hermanas del Santo Rosario, que hoy celebran 50 años de presencia y acción misionera en la parroquia San Jerónimo de Goascorán. ¡Cuánto trabajo apostólico han realizado ellas de manera desprendida durante estos 50 años! Sufrieron el conflicto bélico de1969. Recuerdo que en 1982, fui a reemplazar al Padre Juan Luis Nadeau, que era párroco de Goascorán y que tuvo que ir a celebrar la Navidad en el Patuca. Estuve en Goascorán 15 días. Las Hermanas me tenían trabajando a tiempo completo, porque habían preparado muy bien a los niños y jóvenes a la primera comunión. Pero algo más: ¡qué calidad de amor y ternura han derramado las Hermanas para la gente que sufre, la gente pobre, las mujeres abandonadas! ¡Cómo, fieles a su carisma, se han dedicado a la educación cristiana de los niños y de los jóvenes! Muchas gracias, Hermanas, Uds. son un tesoro precioso para esta parroquia de San Jerónimo y para la zona sur.

En esta Eucaristía comulguemos con el tesoro que hemos recibido, Jesús. Cada día dediquemos momentos intensos a la oración. Amemos a nuestro prójimo no sólo con palabras, sino con obras y de verdad (1 Jn 3,18). Comprometámonos con nuestra parroquia en alguno de los servicios que nos piden los sacerdotes o las hermanas. Jesús no nos defraudará; nos guiará hacia el Padre y encontraremos nuestra felicidad en Él, porque hay más felicidad en dar que en recibir.

Homilía del 15° domingo del tiempo ordinario

Homilía del 15° domingo del tiempo ordinario (16 de julio de 2017)

Podríamos decir que este domingo es el domingo de la Palabra de Dios. En la primera lectura, el profeta Isaías compara la Palabra de Dios a la lluvia, que fecunda la tierra y le hace producir fruto. Nos asegura que la Palabra de Dios es siempre eficaz y fecunda. "Así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión". Nuestras palabras humanas muchas veces son estériles y vacías. Pero la Palabra de Dios siempre es viva, capaz de generar vida. ¿Qué nos dice este texto a nosotros cristianos? Tenemos que acoger la Palabra de Dios y ser sus servidores incansables.

Jesús era un gran pedagogo: le gustaba enseñar en parábolas, que son historias o comparaciones tomadas de la vida real, para que la gente sacara de ellas lecciones de vida.

 San Mateo ha agrupado en el capítulo 13 de su evangelio siete parábolas, que ilustran cómo es el Reino de Dios y qué se necesita para pertenecer a él. Hoy tenemos la primera de esas siete parábolas: es la más famosa, la parábola del sembrador. Esa parábola tiene mucho sentido para los campesinos, que sacan de la tierra el sustento para su familia. Tiene mucho significado también para los habitantes de la ciudad, porque nuestra comida diaria depende de si ha habido una buena o mala cosecha.

Parece que la costumbre de los campesinos en Palestina era tirar la semilla por todas partes. Por eso caía en diversos terrenos: al borde del camino, en terreno pedregoso, entre las espinas y en tierra buena.

Pero. ¿por qué Jesús hablaba en parábolas? La respuesta de Jesús es sorprendente. Mateo presenta aquí su propia experiencia y la de su comunidad, unos 40 años después de la muerte del Señor. Ve que hay un contraste entre la recepción de la enseñanza por parte de los discípulos y la obstinación voluntaria y culpable de los dirigentes de Israel y de los fariseos, que se oponían al proyecto salvador de Dios por el Mesías. Jesús muestra que se cumple la palabra del profeta Isaías que dice: "Porque no quieren convertirse ni que yo los salve". Cuando alguien endurece su corazón, nadie le puede entrar, y Dios no le quiere entrar a la fuerza.

En cambio la dicha de los apóstoles es poder ver y oír a Jesús. "Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen". Y ellos nos transmitieron lo que vieron en Jesús y oyeron de él.

La explicación de la parábola del sembrador por Jesús es una interpretación alegórica, pues intenta dar un significado a cada detalle de la parábola.

 

El sembrador es Jesús, que predicaba la Palabra acerca del Reino de Dios.

La semilla es buena. Es la Palabra de Dios, que tiene capacidad para crecer y dar un fruto abundante. La Palabra de Dios tiene fuerza en sí misma, pero necesita de la colaboración del terreno para poder germinar y dar fruto. Los frutos dependen, en gran parte, de la apertura y colaboración del hombre a la Palabra.

 El terreno son las personas en las que la semilla es sembrada. Se diferencian por el tipo de acogida a la semilla, por el aporte que le hagan y por el fruto que den. Así se distinguen cuatro tipos de terrenos:

1) El camino deja que caiga la semilla, pero no la deja penetrar en la tierra y la deja expuesta a otros que la pisoteen o se la quieran llevar. Jesús saca el significado: "A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón". El camino es la tierra endurecida: son las almas disipadas, vacías, abiertas por completo a lo externo, incapaces de recoger sus pensamientos y guardar los sentidos, sin orden en sus afectos, poco vigilantes en los sentimientos, con la imaginación puesta con frecuencia en pensamientos inútiles, distraídas, que piensan en otra cosa cuando se leen las lecturas de la misa. Necesitamos pedir al Señor fortaleza para no ser negligentes, tibios y desdeñosos. La primera vez que el Sembrador arrojó su semilla en la tierra de nuestra alma fue en el Bautismo. ¡Cuántas veces desde entonces nos ha dado su gracia abundante! ¡Cuántas veces pasó cerca de nuestra vida, ayudando, alentando, perdonando! No podemos tener corazones duros, como esos viejos caminos continuamente transitados.

2) El terreno lleno de piedras, que deja caer en él la semilla, la acoge con la poca tierra que tiene, pero no le proporciona las condiciones para echar raíces. Por ello, la semilla queda sin germinar y expuesta a morir ante el calor del sol y las inclemencias del tiempo. Ese terreno pedregoso representa a las personas superficiales, con poca profundidad interior, inconstantes e incapaces de perseverar. Tienen buenas disposiciones, incluso reciben la gracia con alegría, pero llegado el momento de hacer frente a las dificultades, retroceden; no son capaces de sacrificarse por llevar a cabo los propósitos que un día hicieron, y mueren sin dar fruto. Hemos de pedir al Señor constancia en los propósitos, espíritu de sacrificio para no detenernos ante las dificultades, que necesariamente vamos a encontrar. Comenzar y recomenzar una y otra vez, empeñándonos en llegar a la santidad a la que Jesús nos llama, y para la que nos da las gracias necesarias. Él nos va a ayudar a lograrlo, porque nos ha prometido que "El que persevere hasta el fin se salvará" (Mt 10,22).

 

3) La tierra llena de espinos. Leemos: "cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantas". "Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la Palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto". El amor a las riquezas, la ambición desordenada de influencia o de poder, una excesiva preocupación por el bienestar y el confort, y la vida cómoda son duros espinos que impiden la unión con Dios. Son personas volcadas en lo material, envueltas en "una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar" (J. Escrivá de Balaguer). Dejar que el corazón se aficione al dinero, a las influencias, al aplauso, a la última moda, a los caprichos, a la abundancia de cosas innecesarias, a la esclavitud a las redes sociales, es un grave obstáculo para que el amor de Dios arraigue en el corazón. Es difícil que quien está poseído por la afición a tener más, a buscar siempre lo más cómodo, no caiga en otros pecados. Enseña san Pablo que quien pone su corazón en los bienes terrenos como si fueran bienes absolutos comete una especie de idolatría (Col 3, 5). Este desorden del alma lleva con frecuencia a la falta de mortificación, a la sensualidad, a apartar la mirada de los bienes sobrenaturales, pues se cumplen siempre aquellas palabras del Señor: "allí donde está tu tesoro, estará también tu corazón" (Mt 6,34).

 

4) La tierra buena es la que recibe bien la semilla, la ayuda a germinar, le aporta todo para ayudarla a crecer y a dar fruto abundante. Los verdaderos discípulos son como la tierra buena: oyen la Palabra, la entienden y dan fruto. Dios espera de nosotros que seamos una buena tierra que acoja la Palabra de Dios y dé frutos; más y mejores frutos produciremos cuanto mayor sea nuestra generosidad con Dios. Todos los hombres pueden convertirse en terreno preparado para recibir la gracia, cualquiera que haya sido su vida pasada: el Señor se vuelca en el alma en la medida en que encuentra acogida. Cualquier persona se puede convertir en un vergel, aunque antes haya sido un desierto, porque la gracia de Dios no falta y sus cuidados son mayores que los del más experto labrador. Supuesta la gracia, el fruto sólo depende del hombre, que es libre de corresponder o no.

 

Examinemos en la oración si estamos correspondiendo a las gracias que el Señor nos está dando, si nuestro corazón tiene piedras, si limpiamos las malas hierbas mediante el sacramento de la reconciliación, si hacemos la lectura orante de la Palabra, la lectio divina.

 

En esta Eucaristía, demos gracias a Jesús por todo lo que ha sembrado en nosotros y lo que seguirá ayudándonos para ser tierra buena. Comprometámonos a ser tierra buena que produzca buenos frutos. Decidámonos a ir con Jesús a sembrar su Palabra en otros hermanos alejados que la están necesitando mucho.

Homilia del 14° domingo del tiempo ordinario

Homilía del 14° domingo del tiempo ordinario (09 de julio de 2017)

 

En el evangelio que acabamos de escuchar, Jesús hace una oración profunda y alaba a su Padre por haberse manifestado, a través de él, a quienes menos se pensaba, a los pobres de la tierra, que no tenían posibilidad de frecuentar escuelas de sabios y letrados. De este modo, Jesús revela las preferencias de su Padre: los pobres y sencillos, aptos para recibir el don divino de la fe. Los llama los "pequeños". Los pequeños son los que con sencillez de corazón abren de par en par las puertas de su corazón para recibir la revelación de Jesús y le acogen efectivamente.

 

En contraste, el Padre no ha revelado los misterios de su Reino a los sabios y entendidos. Los “sabios y entendidos” son, en el contexto de este evangelio, los maestros de la ley y los fariseos, que conocen la Ley de Moisés, pero rechazan a Jesús porque les parece insignificante. Lo rechazan, no porque no comprendan sus palabras a nivel intelectual, sino precisamente porque captando bien lo que ha enseñado se niegan rotundamente a aceptarlo. Ellos no están abiertos a la nueva propuesta de salvación y vida que proviene del Reino, cuya irrupción definitiva anuncia Jesús.

Jesús nos llama a hacernos discípulos suyos, para conocer al Padre, para recibir alivio, consuelo y reposo, llevando con Él el yugo suave de su amor.

Jesús nos dice: “Vengan a mi… ”. En estas palabras, Jesús nos hace una invitación directa para que nos hagamos sus discípulos.

Jesús invita a todos los abatidos, a las personas agobiadas por los mecanismos de exclusión social y religiosa, y les propone llevar otro yugo, otra carga: el yugo de la libertad, que exige al mismo tiempo humildad y mansedumbre.

“Tomen mi yugo sobre ustedes” (11,29a). La imagen del yugo hace referencia a la Ley judía. Pero Jesús trae una nueva ley: es el Evangelio revelado a los pequeños, es el nuevo “yugo” que no oprime sino que libera. El evangelio está hecho no para aplastar sino para levantar.

Una vez más Jesús nos invita a acogerlo con sencillez, esta vez con una novedad: Él nos acoge primero con todo lo que tenemos y nos sumerge en la dulzura de su corazón. Es así como viviremos siempre unidos a Él, teniéndolo como apoyo que da “reposo” a nuestro corazón inquieto y como modelo que inspira nuestra vida. Su yugo es suave y su carga ligera.

Jesús es nuestro modelo de santidad: "Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón." ¿Qué quieren decir estas expresiones?

Manso, según el diccionario, quiere decir benigno y suave. En sentido figurado, significa apacible, sosegado. Espontáneamente pensamos en una bestia que es mansita, buena para llevar al padrecito; o pensamos en una persona que está llena de dulzura. Jesús es la revelación suprema de la mansedumbre de Dios. Pero ¿qué imagen nos hacemos de Jesús? ¿Será un maestro bonachón, que nunca reprende a sus alumnos? Jesús ha educado a sus discípulos, los ha reprendido muchas veces porque estaban obcecados, cerrados, con intereses egoístas, con afán de prestigio y dominio. Jesús ha sacado con energía a los vendedores del templo. Ha denunciado con valentía los pensamientos oscuros de los fariseos y de los sacerdotes. Era muy fuerte cuando la situación lo ameritaba. Pero también era un hombre manso, que no quebrantaba la caña cascada, que acogía a los niños, que  perdonaba a los pecadores, que curaba a los enfermos, que lloraba ante los que perdían un ser querido. Por eso todos acudían a Él y eran conquistados por su amor.

      Jesús es la fuente de nuestra mansedumbre, cuando proclama: "Dichosos los mansos, porque heredarán la tierra" (Mt 5,4). El que es dócil a Dios es manso hacia su prójimo, especialmente hacia los pobres (Si 4,8). La mansedumbre es el fruto del Espíritu (Ga 5,23) y el signo de la presencia de la sabiduría de lo alto (St 3,13.17). La mansedumbre es una característica de Cristo, de sus discípulos y de sus pastores. Es el adorno de la mujer cristiana (1 Pe 3,4) y hace feliz su hogar (Si 36,23). El verdadero cristiano, aún en la persecución (1 Pe 3,16), muestra a todos una mansedumbre serena (Tito 3,2; Flp 4,5); da testimonio de que el yugo del Señor es suave (Mt 11,30), porque es el yugo del amor.

Por otro lado la humildad de Cristo era una humildad de corazón. Él venía de una familia pobre. Entró en Jerusalén "montado en un asno" (Za 9,9): no conquistó a la hija de Sión por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (Catecismo 559).

¿Qué nos enseña este texto del Evangelio en la práctica? El orgullo engendra muchas veces la envidia. Lo sabemos por experiencia: hay mucha envidia en la sociedad, también en nuestra vida. Como bautizados, hemos de esforzarnos por vivir en la humildad (cf. Catecismo 2540).

También nuestra oración debe estar llena de humildad. Hay que orar desde "lo más profundo" (Sal 130,14) de un corazón humilde y contrito. La humildad es la base de la oración. "Nosotros no sabemos pedir como conviene," decía San Pablo en Rm 8,26. La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios, decía San Agustín (Catecismo 2559). Eso se ve particularmente en la adoración: la adoración de Dios tres veces santo nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas (Catecismo 2628).

En nuestra vida familiar, debemos educar a nuestros hijos en la mansedumbre y en la humildad. Mansedumbre implica aprender a no sulfurarnos de primas a primeras, aprender a controlarnos y a respetarnos mutuamente. La humildad nos lleva a aceptarnos tales como somos, con nuestras fuerzas y nuestras debilidades; a no actuar para ser vistos, o por la apariencia, sino en la verdad. La mansedumbre y la humildad son necesarias para acoger a los que están cansados y agobiados.

      Hablamos mucho de familia, y está muy bien. Pero no tenemos que olvidar a las personas que permanecen solteras a causa de las condiciones concretas en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas, por ej. la hija mayor de la familia que ayuda a su madre a criar a los pequeños y que luego cuida a sus padres. El Catecismo Católico nos dice: "Estas personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, "iglesias domésticas" y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. "Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están ´fatigados y agobiados´ (Familiares Consortio 85) (Catecismo Católico 1658).

En esta Eucaristía es Jesús mismo quien nos acoge como pequeños, nos da consuelo y alivio y nos llama a todos a seguirlo cumpliendo el mandamiento suave del amor, especialmente siendo mansos y humildes de corazón.

 

homilia del 13 domingo ordinario 2017

Homilía del 13° domingo del tiempo ordinario (02 de julio de 2017)

Cuando una familia sale de su comodidad y ofrece la hospitalidad a una persona, se realiza el evangelio que acabamos de escuchar. 

 Este evangelio es un incentivo para nosotros. En ocasiones pareciera que nuestra pasión por Cristo se enfría y que nuestro seguimiento de Cristo está dormido. Creemos que lo hemos hecho todo, que ya basta, que no hace falta más. Nos conformamos con lo logrado y encontramos buenos argumentos para nuestro modo de vivir. En una palabra, nos acomodamos.

Pero al escuchar lo que hoy nos dice Jesús, caemos en la cuenta que nos equivocamos: las palabras de Jesús provienen de un amor auténtico que es también exigente. Podemos dividir el texto en dos partes: en la primera parte, Jesús pone condiciones a sus seguidores. En la segunda parte, Él promete una recompensa al que ofrece la hospitalidad a uno de sus discípulos.

 La primera parte del texto habla de la acogida fundamental y definitiva en la que cada persona pone en juego su existencia y su destino: acoger a Jesús para seguirlo. Seguir a Jesús es una opción personal que nos compromete totalmente y que puede, en algunos casos, entrar en conflicto incluso con los lazos familiares. Por encima de cualquier otra "acogida" está la decisión por Jesús y por su Reino. Jesús nos propone "soltar", "asumir" y "entregar". "Soltar" lo que nos impide ser libres, en particular el pecado. "Asumir" las consecuencias de nuestra libertad: morir al pecado y vivir para Dios en Cristo Jesús. "Entregar" al Señor lo mejor de nosotros mismos, nuestra propia vida, porque Él nos dice: "el que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará." Sólo quien "pierde" todo por acoger y seguir a Jesús, "encuentra" la vida verdadera y la alegría plena.

  La segunda parte del Evangelio nos habla de la recompensa para los que reciben a los discípulos de Jesús. Él dice una palabra de aliento para los mensajeros del evangelio. "Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado". Cuando un hogar recibe a un sacerdote o a un Delegado de la Palabra, lo hace porque él es portador de Jesús. La gente sabe reconocer en el sacerdote al hombre de Dios, que se dedica por completo a la obra de Dios. Uds. nos dicen: "Es un honor, Padre, recibirlo en nuestra casa. Ud. nos trae la bendición de Dios. Denos su bendición". Con muchas atenciones nos reciben Uds. en su casa. ¡Muchas gracias! Jesús fue acogido muchas veces en Betania por Marta, María y Lázaro, pero no se aprovechó de esa situación. Igual, el discípulo de Jesús no tiene que aprovecharse de la gente.

 La primera lectura es una ilustración de la actitud de acogida que debe caracterizar a todo cristiano. Se nos habla de una mujer distinguida del pueblo judío, una mujer profundamente religiosa que sabía reconocer los signos de la presencia de Dios. Ella abrió las puertas de su casa a Eliseo, un profeta en constante movimiento. Supo ver en él un hombre de Dios.

 Por su parte Eliseo no era un aprovechador: se preguntaba qué podía hacer por esa mujer. Su criado le dijo que ella no tenía hijos. En lo más profundo de su ser, esa mujer quería ser madre. Eliseo, inspirado por el Espíritu Santo, le anunció que el año siguiente, tendría un hijo en sus brazos. El anuncio del nacimiento de un hijo para esa mujer fue la recompensa de la hospitalidad que ella y su marido le habían dado al hombre de Dios. Pues para el que ama a Dios, nada le falta. Sólo quien acoge a otra persona con generosidad experimenta el poder del amor que transforma la propia esterilidad en vida fecunda, que cambia el egoísmo en solidaridad. Lo dice Jesús en otras palabras en el Evangelio: "El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa". Esa recompensa es la vida eterna, prometida a quien acoge y se solidariza con los enviados y mensajeros de la Palabra de Dios

 En esta Eucaristía, démosle gracias al Señor por todos los gestos de generosidad y acogida que Él inspira, no solamente con los sacerdotes y las religiosas, sino también con los pobres que Él pone en nuestro camino. Y pidámosle la gracia de ser una familia acogedora, hospitalaria, con un corazón sin puertas.

Seminario Menor Pablo VI