Todo bautizado es misionero de Cristo

Con mucha alegría y fervor se inició el mes de las misiones en la Diócesis de Choluteca; cada primer domingo de octubre se celebra la Jornada Nacional de la Infancia y Adolescencia Misionera y así se pudo observar  en cada Parroquia, donde los  niños y niñas muy de mañana participaron de numerosas caminatas, dando el ejemplo de que no existe edad para ser misioneros de Cristo.   

Recordando el mensaje del Papa Benedicto XVI, el 08 de julio del 2007, al presidir al mediodía la oración del Ángelus desde el Palacio Apostólico en el Vaticano, nos decía: “Todos los bautizados son misioneros de Cristo llamados a preparar el camino con las palabras y con el testimonio de la vida. También reflexionó sobre el pasaje de San Lucas que presenta a Jesús enviando a 72 discípulos a las ciudades a las que Jesucristo había de ir, para que prepararan el ambiente, el Pontífice señaló que este evangelista resalta que “la misión no está reservada a los doce Apóstoles, sino extendida también a los demás discípulos”. “Pero Cristo –prosiguió el Papa– no se limita a enviar: Él también da a los misioneros reglas de comportamiento claras y precisas. Ante todo los envía ‘de dos en dos’, para que se ayuden mutuamente y testimonien el amor fraternal. Les advierte de que serán ‘como ovejas en medio de lobos’: de esta manera tendrán que ser pacíficos, pese a todo, y llevar a cada situación un mensaje de paz”.

Finalmente, Benedicto XVI señaló que “San Lucas resalta el entusiasmo de los discípulos por los buenos frutos de la misión, y registra esta bella expresión de Jesús: ‘No os alegréis de que los demonios se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos’”.

EVANGELII GAUDIUM

En el capítulo primero de la EXHORTACIÓN APOSTÓLICA EVANGELII GAUDIUM del Papa francisco nos habla sobre la  Transformación misionera de la Iglesia.

La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús: «Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20). En estos versículos se presenta el momento en el cual el Resucitado envía a los suyos a predicar el Evangelio en todo tiempo y por todas partes, de manera que la fe en Él se difunda en cada rincón de la tierra.

Una Iglesia en salida (N°-19)

En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de «salida» que Dios quiere provocar en los creyentes. Abraham aceptó el llamado a salir hacia una tierra nueva (cf. Gn 12,1-3). Moisés escuchó el llamado de Dios: «Ve, yo te envío» (Ex 3,10), e hizo salir al pueblo hacia la tierra de la promesa (cf. Ex 3,17). A Jeremías le dijo: «Adondequiera que yo te envíe irás» (Jr 1,7). Hoy, en este «id» de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva «salida» misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio.

Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar (N°-24)

La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. Por último, la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.

Seminario Menor Pablo VI