San Marcos nos habla de tres mujeres admirables que no pueden olvidar a Jesús: María de Magdala, María la de Santiago y Salomé. En su corazón se ha despertado un proyecto que sólo puede nacer de su amor apasionado: quieren comprar aromas para ir al sepulcro a embalsamar el cuerpo de Jesús. Tuvieron una primera sorpresa: la piedra que cerraba el sepulcro había sido retirada. Segunda sorpresa: cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven, sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Tercera sorpresa: el joven les hace un anuncio que jamás hubieran sospechado: "No se asusten. Buscan a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Miren el lugar donde lo pusieron". El orden de la frase es importante. El joven afirma la resurrección antes de señalar la ausencia del cadáver. La fe en la resurrección no nace del sepulcro vacío, sino de una revelación de Dios. La tumba vacía no es la explicación de la resurrección, sino que es la resurrección que explica el por qué de la tumba vacía. La tumba está vacía porque Jesús ha resucitado. Cristo resucitado está vivo para siempre. Nunca podrá ser encontrado en el mundo de los muertos o ser relegado al pasado.

                          Luego el joven les da a las mujeres una misión: "Vayan, pues, a decir a sus discípulos y a Pedro: El va por delante de ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo". Para "ver" al Resucitado hay que volver a Galilea. Galilea ha sido el escenario principal de la actuación de Jesús. Allí sus discípulos le han visto curar a los enfermos, perdonar a los pecadores, acoger a los niños, expulsar los demonios, hablar en parábolas a la muchedumbre. Hay que volver al punto de partida y hacer de nuevo la experiencia de esa vida que ha llevado a Jesús a la crucifixión y a la resurrección.

                          Momentáneamente las mujeres están llenas de temor y asombro, y no pueden decir nada a nadie por el miedo que tienen. Ese miedo que tienen viene de que no pueden comprender el mensaje de la resurrección, que supera su entendimiento. Ese miedo se transformará pronto en alegría para ellas y para los discípulos a medida que el Espíritu Santo les ayudará a creer en el Resucitado.

                          Nosotros esta noche estamos viviendo de nuevo el caminar de fe de los primeros discípulos. Hicimos el memorial de las maravillas de Dios en la creación, en la historia de la salvación y en nuestra vida. Dios el primero ha confiado en nosotros al crearnos a su imagen. Ha enviado a su propio Hijo para salvarnos. Esta noche podemos proclamar a viva voz como los primeros cristianos: Cristo está vivo, porque ha resucitado.

                          La victoria de Cristo sobre la muerte es también nuestra, desde que hemos decidido unir nuestra vida a Él. La vida del Resucitado es la que tiene que animar todos los momentos de nuestra vida. Dejemos sepultados nuestros miedos y nuestras tristezas. Revistámonos de Cristo. Dejémonos sorprender por el Resucitado. Dejemos que nos renueve completamente. No estamos solos. Él va  por delante de nosotros. Por eso vayamos a encontrarle en Galilea, en nuestra Galilea, en nuestra vida cotidiana, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro colegio o universidad. Lo iremos viendo si caminamos tras sus pasos. Sigámosle fielmente.

                          También pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a ver los signos de resurrección en Honduras. Les enumero algunos que me parecen importantes: la lucha contra la corrupción que ha empezado a ser eficaz en varios casos; el crecimiento en el amor de muchos matrimonios y familias; los esfuerzos que se están haciendo para cuidar el medio ambiente; la lucha de las autoridades de Educación para que los niños y los jóvenes aprendan realmente y que su aprendizaje les sirva para la vida; el deseo de orar y de conocer mejor la Palabra de Dios; el aumento de vocaciones sacerdotales; el gozo de los jóvenes al recibir los signos de la Jornada Mundial de la Juventud.

                          Que la alegría luminosa de esta noche recorra esta tierra donde vivimos y que ha sido creada por Dios. Que esta alegría recorra también todos los ambientes, a través de nuestro testimonio de resucitados. Que al recibir la comunión esta noche nuestro corazón se llene de alegría, y que nada ni nadie nos quite esa alegría del Resucitado.