Homilías Monseñor Guy Charbonneau

La fiesta de la Epifanía se sitúa al final del tiempo litúrgico de Navidad. El mero 24, en la misa del gallo, hemos contemplado cómo Jesús se ha revelado a los pastores judíos. En esta fiesta de hoy, Jesús se manifiesta a los magos de Oriente, que representan a todas las naciones. San Mateo nos quiere decir que la salvación no es propiedad exclusiva de un pueblo, sino que se ofrece a todos los pueblos, a todos los seres humanos que se abren a la buena noticia de la salvación. El pueblo hondureño ha conocido al Señor después de 1500 años de cristianismo. Podemos darle gracias al Señor por el don de la Revelación, que nos ha venido a través de los misioneros españoles.

Y ¿cómo se revela Jesús a las naciones? Veamos los textos de este día. En la primera lectura, el profeta Isaías profetiza que Dios ha elegido a la maltrecha ciudad de Jerusalén para poner allí su morada y decir qué quiere: que todos los pueblos, todas las religiones, todas las culturas vuelvan su mirada, acudan a ella trayendo sus dones, busquen a Dios, vean su luz y alcancen la salvación. Isaías exalta la grandeza de Jerusalén porque se convertirá en luz para todos los pueblos. "Sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora". Jerusalén era considerada como la luz para toda la humanidad, la esperanza para los pobres. Asimismo, como cristianos esperamos que la injusticia y la violencia, la opresión y la marginación, serán vencidas definitivamente por la presencia luminosa de Dios manifestada en el niño de Belén.

El salmo 71 también canta las maravillas que hace Dios en medio de su pueblo. Manifiesta la esperanza que el rey saldrá en defensa de los pobres y establecerá la justicia y la paz en el país. "Florecerá en sus días la justicia y reinará la paz, era tras era". Para eso, hace falta que las autoridades se postren ante el niño Dios, que depongan su orgullo y se pongan verdaderamente al servicio de los pequeños y de los pobres. El salmo habla del rey, que "se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida del desdichado". ¿Por qué el rey tiene que ser un humilde servidor de su pueblo? Porque Dios ha dejado el ejemplo de ello: Dios tiene un amor preferencial por los empobrecidos y excluidos de todos los tiempos. Dice el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: "De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad" (EG 186).

En el evangelio de hoy, encontramos dos actitudes opuestas. Por un lado el corazón del rey Herodes se cierra ante el hecho del nacimiento de un niño indefenso, que podría llegar un día a arrebatarle el trono. Por eso prefiere eliminarlo antes de que llegue a ser adulto, y manda a matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores. En cambio, los paganos eran hombres de reflexión: con su sabiduría y su  humildad llegaron a reconocer en la pobreza, la humildad y la pequeñez de aquel niño la revelación de la propuesta de salvación de Dios ofrecida a toda la humanidad que le busca con sincero corazón.

Los magos son sabios que representan el dinamismo que hay dentro de las religiones de ir más allá de sí mismas; un dinamismo que es búsqueda de la verdad, la búsqueda del verdadero Dios (Benedicto XVI). Los magos son para nosotros un modelo de perseverancia en la búsqueda de Dios. No se desanimaron ante la frialdad de Herodes, se pusieron en camino, y la estrella volvió a aparecer y los guió hasta el pesebre de Belén. "Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de una inmensa alegría." Sus gestos en Belén están llenos de significación. "Entran en la casa", una casa  pobre seguramente, "ven al niño con su madre María" y, sin mediar palabras, "se postran y adoran al niño", en un gesto de profundo respeto y amor. Es el mismo gesto que hacemos y que debemos hacer ante el Santísimo cuando llegamos a la iglesia: lo primero adorar a Dios hecho hombre y presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Luego ellos le dan sus regalos: oro, incienso y mirra. Los Padres de la Iglesia explicaron así estos regalos: le ofrecieron oro porque es un rey, incienso porque es un Dios y mirra, que es una planta aromática, en previsión de su Pasión. Este es el origen de los regalos que intercambiamos en el tiempo de Navidad. Jesús es el regalo por excelencia de Dios, nosotros manifestamos nuestro amor a los demás ofreciéndoles unos regalos. ¿Qué estoy dispuesto a ofrecer como regalo a Jesús: mi tiempo? mis facultades y talentos? mi vida? O ¿me reservo lo más valioso sólo para mí?

Los que, dejándolo todo, se lanzan decididamente en la búsqueda del Señor, lo encontrarán y se llenarán de la inmensa alegría de los que han entrado como los magos en el misterio de la presencia amorosa de Dios.

En esta Eucaristía, traigamos al Señor todo lo que somos y lo que tenemos, como regalo para Él, para que Él nos lo devuelva purificado, santificado y multiplicado con su Cuerpo y su Sangre.