Homilías Monseñor Guy Charbonneau

            Estamos a una semana de la Semana Santa. En los textos que hemos escuchado se perfila el fin trágico de Nuestro Señor. Estamos invitados ya a entrar en el misterio de la Pasión y muerte de Jesús, en la cual se realizará la nueva Alianza entre Dios y la humanidad.

            Después de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, unos griegos lo quieren ver, lo quieren conocer. ¡Qué bella solicitud hacen al apóstol Felipe: "Señor, quisiéramos ver a Jesús"! ¡Cuántos cristianos tienen ese sentimiento: nos hubiera gustado vivir en el tiempo de Jesús y conocerlo personalmente, tomarnos una foto con él, comer con él. La respuesta de Dios es en la vida espiritual: estamos llamados a hacer una experiencia personal de Jesús, aunque no lo podemos conocer físicamente.

            Pues esos hombres no-judíos, paganos, pero simpatizantes de la religión judía, representan la primicia de la humanidad que viene a Jesús. Su venida plena a la fe se realizará después de Pentecostés. Ellos son de los que creen sin haber visto (Jn 20,29).

            Jesús responde a Andrés y Felipe que ha llegado su hora. En Caná de Galilea, Jesús contestó a su madre que aún no había llegado su hora. Sin embargo había cambiado el agua en vino como signo de la nueva Alianza que iba a establecer. Ahora de manera abierta, Jesús proclama que ha llegado su hora, en que será glorificado por el Padre. En San Juan, la Pasión de Jesús es su glorificación por el Padre.

            A pesar de esa visión llena de esperanza, la hora de Jesús no ha sido nada fácil. Jesús declaró con un lenguaje cargado de emoción el significado de su muerte. Otros evangelios hablaron de la "necesidad" de la muerte de Jesús. Por ejemplo en San Marcos 8,31, Jesús empezó a explicar a sus discípulos que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado  por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y después de tres días resucitar. En san Juan, Jesús cuenta una parábola: "Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto". Esto es evidente: la semilla muere si es sembrada en tierra, pero después de sembrada se convierte en una plantita nueva. Jesús saca luego la lección de esa parábola. "El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna". En otras palabras, el que se cree el centro del mundo, el que actúa de manera egoísta, el que busca solamente satisfacer sus necesidades sin que le importen los demás se pierde. En cambio, el que está dispuesto a renunciar a sí mismo, a tomar su cruz cada día y a seguir a Jesús recibirá la vida eterna.

            De esa lección Jesús saca una consecuencia para todo cristiano que quiere ser discípulo misionero: "El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará". Donde estuvo Jesús, en la cruz, allí también estará su servidor. La cruz es parte fundamental de la vida cristiana. Cuando Santa Teresita del Niño Jesús le hablaba a Jesús de sus sufrimientos, Jesús le contestó: "Yo no te prometí un jardín de rosas". Ella asumió su enfermedad y su muerte como un abandonarse en las manos de Dios Padre. Hay diferentes clases de cruces: unas que escogemos, por ej. el privarse de algo voluntariamente durante la Cuaresma. Pero hay otras cruces que no escogemos, las que nos vienen de la vida cotidiana: son las más difíciles de llevar. Pero si las llevamos con el Espíritu de Jesús, si miramos a Jesús que sufrió en la cruz, Jesús mismo, el que ha resucitado de entre los muertos, nos ayudará a llevar nuestra cruz. Una frase siempre me ha impresionado en la carta a los Hebreos que hemos escuchado: "El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer". No es fácil obedecer a Dios cuando no nos parece. Es menos fácil todavía obedecer a otro ser humano que presta el servicio de la autoridad. En nuestros sufrimientos miremos a Jesús, el Maestro, el Buen Pastor, que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (cf. Mt 20,28).

            La hora de Jesús empezó con su agonía en Getsemaní. San Juan y el autor de la carta a los Hebreos afirman con palabras distintas lo que los Evangelios Sinópticos dicen de la agonía de Jesús.

            En san Juan, Jesús dice que su alma está agitada. Se le presenta una tentación: pedirle al Padre que lo libre de esta hora. Pero Jesús vence la tentación volviendo al proyecto de Dios: "Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre". Jesús acepta cumplir su misión hasta el final y se abraza a la voluntad del Padre. "Padre, da gloria a tu nombre". Esta invocación corresponde a la petición del Padre nuestro: "Santificado sea tu nombre" (Mt 6,9). No es que la humanidad haga santo a Dios, sino que la humanidad queda santificada cuando reconoce a Dios como Padre. Una voz del cielo, la voz del Padre, confirma y sella la decisión de Jesús: "Lo he glorificado (en el ministerio de Jesús) y volveré a glorificarlo (en su muerte y resurrección).

            Jesús termina dando el sentido de su muerte: "Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". La muerte de Jesús traspasado por la lanza del soldado fue el cumplimiento de la palabra del profeta Zacarías 12,10: "Mirarán al que ellos mismos atravesaron" (Jn 19,37). Jesús nos ha salvado por su muerte redentora en la cruz. Durante esta semana y la Semana Santa, tomemos unos momentos de meditación ante Jesús crucificado. Nos sentiremos atraídos por el amor infinito del Justo que murió por nosotros pecadores. Y nos sentiremos impulsados a dejarnos reconciliar con Dios, en una vida conforme a lo que Dios espera de nosotros.

  

SALUDO

Que la gracia y la paz de Dios Padre y de Jesucristo, que nos amó y nos purificó con su sangre, estén con todos ustedes.

 

ACTO PENITENCIAL

Tú que has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz: Señor, ten piedad.

Tú que padeciste por nosotros para que sigamos tus huellas: Cristo, ten piedad.

Tú que, cargado con nuestros pecados, subiste al leño para que nosotros, muertos al pecado, vivamos en la justicia: Señor, ten piedad.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

 

Introducción:

Hermanos, con mucha fe y confianza elevemos nuestras súplicas a Dios nuestro Padre, para que nos dé mucho valor para anunciar el mundo nuevo y denunciar lo que va contra el plan de Dios.

 

Conclusión:

Padre, Tú que prometiste a tu Hijo la gloria por obediencia a tu voluntad y su entrega amorosa a tu plan de salvación para nosotros, acoge las súplicas que en nombre de tu pueblo te hemos dirigido, y haz que nos decidamos a obedecer tus mandatos y a ser constructores de un mundo nuevo.