Homilías Monseñor Guy Charbonneau

            Después de escuchar estas lecturas, uno no puede dejar de sentirse emocionado por lo que le pasó a Jesús en su pasión y en su muerte.  Hagamos un breve resumen de lo que hemos escuchado.

            En la primera lectura, vemos que el Siervo del Señor, que anticipa a Jesús, sufre con fidelidad en favor de su pueblo. Ante los insultos, no reacciona con violencia. ¿Por qué? Porque confía en el Señor, que le ayuda.

            En el salmo 22, hemos repetido: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Todo buen judío rezaba ese salmo, donde el inocente es condenado a muerte injustamente. Fueron las últimas palabras de Jesús en la cruz según el evangelio según san Marcos. Jesús fue abandonado por todos sus discípulos, y podríamos decir que la soledad que vivió en la cruz fue más terrible que todos los insultos que recibió. Pero el salmo termina con una nota de esperanza: "Tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme".         

            El himno de san Pablo a los Filipenses nos hace entrar a la vez en la humildad que Jesús vivió y en la humillación que sufrió: él se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Él dio su vida por nosotros. Por eso Dios nos lo dio como Señor, nuestro Señor, vivo y resucitado.

            Todo el Evangelio de San Marcos está marcado por una pregunta: ¿quién es éste, que hace milagros, que enseña con autoridad, que se enfrenta con las autoridades religiosas de su pueblo? La respuesta vendrá no de un judío, sino de un pagano: "El centurión, o sea el jefe una tropa de cien soldados, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: ´Realmente este hombre era Hijo de Dios". Sí, Jesús, que ha sido traicionado, negado, abandonado, arrestado, juzgado, escupido, abofeteado, condenado en lugar de un revoltoso, azotado, coronado de espinas, golpeado en la cabeza, injuriado, burlado y crucificado, es el Mesías, el Hijo de Dios, que nos salvó en la cruz.

En este momento de dura prueba, Jesús confió totalmente en el Padre. Y luego vino su último grito: "Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró". Él lo dio todo, no quedó nada para él. Por eso es el Mesías, el Hijo de Dios.

            En este relato de la Pasión, hay gestos llenos de esperanza. El gesto profético y lleno de amor de una mujer que unge a Jesús con perfume como anticipación de su sepultura. El gesto de la institución de la Eucaristía por Jesús como anticipación de su muerte y para darnos a comer su Cuerpo y beber su Sangre. Las mujeres que son un modelo de seguimiento, desde Galilea, para atender a Jesús; ellas fueron también los primeros testigos de su Resurrección; su fidelidad es el modelo que los discípulos estamos llamados a imitar.

            Queridos hermanos y hermanas, no hay Semana Santa sin Cristo, no hay Cristo sin Cruz, no hay perdón de los pecados si uno no se reconoce pecador, no hay Resurrección sin muerte. Por eso, el rebajar esta Semana Santa, muestra infinita de amor de nuestro Salvador, que entregó su vida por nosotros, a sólo descansar, a sólo compartir con la familia o a sólo ir a la playa o al río, es una ingratitud de nuestra parte hacia nuestro Salvador. Si somos cristianos, sigamos a Cristo en el camino a la cruz, meditemos sobre los acontecimientos de su Pasión, Muerte y Resurrección, reflexionemos sobre nuestra vida para ajustarla a las exigencias de Dios y participemos en las celebraciones de la Semana Santa en nuestra parroquia respectiva, no sólo hasta el Santo Entierro, sino hasta el domingo de Resurrección. De esta manera, le agradeceremos al Señor por haber dado su vida por nosotros, le reconoceremos como nuestro Rey y nuestro Señor y nos comprometeremos a servirlo como sus discípulos misioneros, dando la vida con El y como El.