Homilías Monseñor Guy Charbonneau

"A los suyos Jesús los amó hasta el extremo". Esta frase del evangelio de San Juan es el hilo conductor de nuestra reflexión hoy.

Jesús celebró su última cena con sus discípulos como un último acto de entrega hacia ellos. La celebró en el contexto de la Cena pascual judía. En la primera lectura, hemos escuchado que Dios liberó a su pueblo de la esclavitud con ocasión de la décima plaga enviada a los egipcios, donde éstos lloraron la muerte de sus primogénitos. Los hebreos celebraron la Pascua en familia, comiendo el cordero con panes sin fermentar y verduras amargas. Rociaron las dos jambas y el dintel de su casa con la sangre del cordero. El Señor pasó - esto es el significado de la Pascua: es el paso del Señor. El Señor pasó de largo cuando vio la sangre rociada en la puerta de las casas de los hebreos, y ellos no sufrieron la última plaga, sino que fueron rescatados con vida, por puro amor de Dios.

El profeta Jeremías había profetizado una nueva Alianza. Esa nueva Alianza fue sellada con la sangre del nuevo Cordero, inmolado por nosotros. El Jueves Santo, Jesús anticipó su muerte en la cruz dando a sus discípulos, y en consecuencia a todos nosotros, su Cuerpo y su Sangre, su Cuerpo entregado por nosotros y su Sangre derramada por nosotros. Al darnos su Cuerpo, es toda su persona que nos dio. Al darnos su Sangre, es su vida entera que nos da a beber. Él se dio a sí mismo por nosotros, hasta la última gota de su preciosa Sangre. "Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno, y ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo, un pueblo elegido, eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación" (Melitón de Sardes). Nosotros tenemos la dicha de que, en cada Eucaristía, recibimos el alimento de su Cuerpo y de su Sangre, y con ello la fuerza y el poder de Dios para ser testigos de Cristo en medio de este mundo. Él nos amó hasta el extremo, luego lo explicó en el discurso después de la Cena, para que nos amemos unos a otros como Él nos amó.

Nosotros, Pueblo de Dios y sacerdotes guías de este Pueblo, vivimos de este misterio de amor. En la Eucaristía nos encontramos todos, hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, gente de distinta afiliación política y de diversa sensibilidad social, para celebrar el misterio de nuestra fe, la garantía de nuestra esperanza y la entrega de amor de nuestro Señor Jesucristo.

Luego Jesús dejó entrever la consecuencia de su entrega mediante el gesto simbólico del lavatorio de los pies. Jesús amó a los suyos yendo a contracorriente de las costumbres de su tiempo. Entonces el esclavo tenía que obedecer todas las órdenes de su señor, el maestro o rabino era servido por sus discípulos, el padre de familia era obedecido por sus hijos, el huésped era recibido por el anfitrión con el gesto del lavatorio de los pies. Pues Jesús, en vez de dejarse lavar los pies por sus discípulos, se puso él mismo a lavarles los pies, como gesto de amor hasta el extremo, como gesto de humilde servicio. Pedro no comprendió ese gesto y no quería que Jesús le lavara los pies. Jesús le contestó: "Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo". Tenemos que dejarnos lavar los pies por el prójimo. A menudo las personas muy serviciales no aceptan que alguien les sirva, que alguien les haga un favor. Un obispo amigo, al recibir mucho cariño de parte de sus feligreses, hizo esta confesión: "Aprendí a dejarme amar por la gente". A la vez, el cariño que recibimos de la gente nos ayuda a nosotros, sacerdotes, a entregarnos con más amor al pueblo que nos ha sido confiado. Entonces las palabras del Señor son una llamada y una exhortación para todos nosotros: "Si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros". En la Iglesia y en la sociedad el valor del servicio humilde, hecho con desprendimiento, no para sacar ventajas materiales, tiene que ser multiplicado para hacer crecer la justicia y el amor.

Hoy, día del sacerdocio, quiero con ustedes darle gracias al Señor por nuestro obispo emérito, Mons. Raúl Corriveau, que está viviendo su jubilación de manera muy activa en Tegucigalpa; por todos los sacerdotes del mundo - son más de 400,000 -, por todos los sacerdotes de Honduras - son más de 500 -, por todos los sacerdotes de nuestra diócesis - son 36, por nuestro diácono y por todos los seminaristas de nuestra diócesis - son 39. Quiero también agradecer a todos mis sacerdotes - escuché a algunos hoy que dieron su testimonio de vida sacerdotal en el Foro sacerdotal en el canal TVs 42 y en Radio Paz. En esta santa misa, tenemos también presentes a todos los sacerdotes canadienses, vivos y difuntos, que trabajaron como misioneros en esta diócesis, y también al Padre Julio César Martínez (QEPD). Quiero agradecer el cariño de todos los feligreses hacia nosotros, obispo, sacerdotes, diácono y seminaristas, expresado de mil maneras, por la oración y de viva voz, por ejemplo ayer por la niña Cristel en la Misa crismal.

Juntos Pueblo de Dios y sacerdotes, sigamos construyendo una Iglesia servicial, una Iglesia en salida misionera, pobre con los pobres, una Iglesia profética, una Iglesia sal de la tierra y luz del mundo, una Iglesia constructora de la familia y defensora de la casa común, una Iglesia unida en la diversidad.

En esta Eucaristía, yo lavaré los pies de unas 12 personas, que representan a los 12 apóstoles. Luego mis sacerdotes y yo en la consagración haremos los mismos gestos de Jesús, pronunciaremos sus mismas palabras en memoria de Él, y tendremos la dicha de hacerlos participar del Cuerpo y de la Sangre del Señor.