Homilías Monseñor Guy Charbonneau

            Hemos vivido anoche la Vigilia Pascual. A mí me impresiona siempre ver las velas encendidas, símbolo de la fe de cada fiel cristiano, y oír el Pregón pascual, que canta el significado de la fiesta de la Resurrección.

            Quiero inspirarme de la homilía que hizo hoy del Papa Francisco para hablarles del evangelio que hemos escuchado, que recoge el primer testimonio de la Resurrección del Señor. Podríamos resumir este evangelio en tres palabras: sorpresa, prisa y fe.

            Primero la sorpresa. Nuestro Dios es el Dios de las sorpresas, y siempre nos reserva una sorpresa detrás de la otra. "El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba". ¡Qué sorpresa! El sepulcro había sido cerrado con una piedra pesadísima, que necesitaba la fuerza de muchos hombres para desplazarla. Ahora la piedra estaba corrida, y el Señor no estaba en el sepulcro. La sorpresa es lo que nos conmueve el corazón. La sorpresa es “un golpe bajo”, para decirlo con el lenguaje de los jóvenes. El primer paso: sorpresa.

            El segundo paso: la prisa. María echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo sin aliento: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto". Luego Pedro y el otro discípulo corrieron hacia el sepulcro. Las sorpresas de Dios nos ponen en camino inmediatamente, sin esperar. También hoy sucede en nuestros pueblos, en nuestras aldeas, en nuestros barrios, en nuestras ciudades. Cuando hay un accidente, inmediatamente corre una multitud de curiosos para ver lo que pasó. Así se dan las sorpresas, siempre, de prisa.

            El anuncio: la sorpresa. La respuesta: de prisa. Pero hace falta un tercer paso: una mirada de fe. "Entró también el otro discípulo, el que había llegado  primero al sepulcro, y vio y creyó". También Pedro creyó, pero no tan rápidamente como Juan. "Hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos". ¿Tengo el corazón abierto a las sorpresas de Dios? ¿Soy capaz de ir de prisa, o estoy siempre con la misma cantilena: "veré mañana"? Para no decir: nunca. ¿Qué me dice a mí la sorpresa?

            De ahí surge una pregunta: ¿Y yo qué? La segunda lectura nos dice que no solamente Cristo ha resucitado, sino que también nosotros hemos resucitado con Cristo por el bautismo. En consecuencia, san Pablo nos exhorta a buscar los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; a poner nuestro corazón en los bienes de arriba, no en los de la tierra.

            Todo lo que Dios ha creado es bueno. Pero si hacemos un mal uso de lo que Dios ha creado, nos volvemos esclavos del pecado. No sólo el pecado individual, muchas veces hecho por debilidad, sino también el pecado estructural. El ser humano es la obra maestra de la creación, es el señor del universo. Pero cuando utilizamos ese señorío para destruir la creación, cuando nos creemos los dueños de todo, incluso de la vida y de la muerte, cuando llegamos a negar la existencia y el poder de Dios en vez de desempeñar nuestro papel de colaboradores de Él en la obra de la creación, suplantamos a Dios y con ello provocamos la rebelión de la naturaleza (cf. Juan Pablo II, Centesimus annus, 37; citado por Papa Francisco, Laudato Si, 117),  destruimos la creación y nos destruimos a nosotros mismos.

            No nos dejemos llevar por el afán desmedido del dinero, del poder y del placer. Eso nos llevará a una vida sin sentido y en definitiva a la muerte. En cambio, si nosotros creemos realmente en la resurrección de Cristo y nos esforzamos por vivir como testigos de Cristo resucitado, en nuestra familia, nuestro ambiente, nuestra sociedad, entonces recibiremos por su medio el perdón de nuestros pecados, como lo proclamó san Pedro en la primera lectura.

            Hermanas y hermanos, durante los 50 días del tiempo pascual, hagamos un paso más en nuestra vida. Tratemos de descubrir las semillas de resurrección que existen ya en la creación, en la sociedad y en nosotros mismos. En la creación, admiremos la belleza de las flores, saboreemos las frutas, alimentémonos de las verduras, comamos la carne de los animales dándole gracias al Señor por todo lo que nos da. En la familia y en la sociedad, veamos todo lo que hay de positivo: los gestos sencillos y amorosos de los padres de familia para dar una educación de calidad a sus hijos, la generosidad de los jóvenes que se traduce en acciones concretas en favor del prójimo, los esfuerzos de los campesinos para cultivar su pedazo de tierra y defender la naturaleza, los justos reclamos de los obreros para tener un salario digno y unas condiciones humanas de trabajo.

            Rechacemos y denunciemos el pecado, eso sí, bajo todas sus formas, pero no como gente sin esperanza, sino como personas que creen que Cristo resucitado ha vencido ya el pecado y la muerte. Nosotros, resucitados con Cristo, busquemos los bienes de arriba, una vida de fe y de oración y una vida de amor y de entrega a nuestro prójimo.

            En esta Eucaristía, recibamos el Cuerpo de Cristo resucitado con amor, seguros que Él nos da la fuerza para ser testigos de su Resurrección.