Hoy, segundo domingo de Pascua, celebramos la fiesta de la divina Misericordia, instituida por el Papa San Juan Pablo II en el año 2000. Esta fiesta tiene como fin principal hacer llegar a los corazones de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia", dijo Jesús a Santa Faustina Kowalska (Diario, 723). En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de esa santa, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras acciones, nuestras palabras y nuestras oraciones... "porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil" (Diario, 742).

            En la Palabra de Dios que hoy hemos escuchado descubrimos los grandes rasgos de la Misericordia de Dios a través de la persona de Cristo resucitado. Después de la muerte de Jesús, los apóstoles se refugiaron en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a que las autoridades judías pudieran arrestarlos y matarlos, como lo habían hecho con Jesús.

            Jesús vence ese miedo, manifestándose a ellos en cuanto Señor resucitado. Él realiza tres acciones: se pone "en medio de ellos"; les da su paz: "La paz esté con ustedes"; les hace ver las marcas de su crucifixión: "Les mostró las manos y el costado". Con este gesto Jesús quiere decir que él, el Resucitado es el que ha sido crucificado, y no otro.

            Inmediatamente ellos reaccionaron: "Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría". Él añadió: "La paz esté con ustedes". La presencia de Jesús resucitado en nuestra vida suscita paz y alegría. Éstos son los dos primeros dones de Jesús misericordioso. ¡Cuánto el mundo necesita paz! Jesús dijo a Santa Faustina: "El Mundo no hallará paz hasta que se aproxime a la fuente de la Misericordia". Es cierto: el mundo sin Dios se destruye a sí mismo, y el hombre se vuelve un lobo para el otro hombre. Somos testigos de tantas muertes inútiles, últimamente de muchos niños y de personas inocentes. Esto es el síntoma de un mundo inhumano, injusto y que se opone radicalmente al proyecto de amor de Dios. Y ¡cuánta alegría necesita el mundo! Nuestro mundo está dominado por la tristeza, porque está vacío: le hace falta la presencia consoladora de Dios. La alegría es el resultado del amor, porque cuando uno se siente amado por el Señor, es la persona más feliz del mundo.

            Los discípulos experimentaron una gran paz y una alegría incontenible, que les impulsó a decir sí a lo que el Señor esperaba de ellos.

            El colmo de la misericordia del Señor es que les compartió su misión, su Espíritu y su poder para perdonar los pecados: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo... Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se les perdonen, les quedarán sin perdonar".

            Por segunda vez el Señor resucitado les deseó la paz. La repetición del saludo de la paz es significativa. La paz del Resucitado está asociada al don de la misión. Los apóstoles en la misión tenían necesidad de esa seguridad y confianza que provienen de Jesús, ya que el mundo los odiaba. También nosotros necesitamos la paz del Señor para cumplir la misión que Él nos ha confiado. Como el Padre envió a Jesús, así Jesús envió a sus discípulos y nos envía a nosotros al mundo. Nuestra misión es anunciar al mundo entero que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que, creyendo, todos tengan vida en su nombre.

            Para que los discípulos puedan llevar a cabo su misión, Jesús sopla sobre ellos y los llena de su Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el protagonista de la misión. Como cristianos, hemos de dejarnos guiar por el Espíritu Santo. Los discípulos reciben también el encargo de perdonar los pecados. Es un gran ministerio que hemos recibido los sacerdotes, el poder perdonar los pecados en el sacramento de la reconciliación, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sólo nosotros podemos perdonar los pecados, porque Jesús lo quiso así. El sacramento de la reconciliación es el sacramento más olvidado en nuestro tiempo: ¡cuántos cristianos pasan años sin confesarse! Sin embargo, es el medio privilegiado para crecer en fe y en santidad. 

            El segundo encuentro de Jesucristo resucitado con su comunidad tuvo lugar ocho días después del primero. En el primero no estaba Tomás. En el segundo sí. Jesús sabía lo que había dicho Tomás y por eso lo invita a tomar contacto con las llagas que quería ver y tocar. Jesús le muestra los signos de su muerte y de su amor, y que son al mismo tiempo fuente de salvación. Enseguida, a Tomás y a todos los incrédulos, les dice: "No sigas dudando, sino cree". Entonces Tomás hace una hermosa confesión de fe, que hacemos nosotros después de la consagración: "¡Señor mío y Dios mío!" Jesús luego llama dichosos a los que creen sin haber visto. Él mira a los que creerán en el futuro, a nosotros que no tenemos apariciones directas del Resucitado, pero que lo conocemos a través del testimonio de los discípulos, dado con la fuerza del Espíritu Santo. 

            El hecho de recibir la misericordia del Señor resucitado, con los dones de la paz, de la alegría, del Espíritu Santo, del perdón de los pecados y de la misión, nos impulsa a transmitir a los demás la misericordia que hemos recibido. La primera lectura es significativa en este sentido. La primera comunidad cristiana "tenía un solo corazón y una sola alma; todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía". Vivían la solidaridad, hasta el compartir de los bienes. Es todo lo contrario del mundo actual, que nos presiona para que consumamos más y más, de manera egoísta, sin preocuparnos en lo más mínimo de los hermanos más necesitados. En ese sentido, llega a punto la intención misionera del Papa para este mes de abril: "Por aquellos que tienen una responsabilidad en la economía, para que tengan el coraje de refutar una economía de la exclusión y sepan abrir nuevos caminos o rutas". Nosotros tal vez no tenemos ninguna responsabilidad en la economía, pero está a nuestro alcance ser misericordiosos con los demás, primero con los miembros de nuestra familia, luego con la gente de nuestro entorno, también con la naturaleza, la Madre tierra: somos administradores de la creación, no sus dueños. Tendremos que dar cuenta a Dios del uso o del mal uso que hagamos de ella. 

            En esta Eucaristía, démosle gracias a Dios Padre por su inmensa misericordia y pidámosle la gracia de ser misericordiosos con los demás como Él es misericordioso con cada uno de nosotros.