En este tercer domingo de septiembre, mes de la Biblia, estamos invitados a seguir con nuestros pasos los pasos de Jesús. Nuestra vida entera debe ser una respuesta a la pregunta de Jesús: "Ustedes, ¿quién  dicen que soy yo?" Puede ser que la respuesta varíe según las personas, según la edad o según el estado de salud. Pero en cualquier circunstancia, Jesús espera una respuesta de fe. Una fe consciente y una fe probada.

            Si como Pedro le contestamos: "Tú eres el Mesías", no podemos ignorar la cruz. Tenemos que ser convencidos que la salvación nos viene de la cruz de Cristo. Los paganos no pueden aceptar un Dios que aparentemente ha sido vencido. Por eso san Pablo les dice: "Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo - judíos o griegos -, fuerza de Dios y sabiduría de Dios". Podemos hoy mirar la cruz de Cristo, para agradecerle por su amor infinito al salvarnos muriendo en una cruz; también podemos suplicarle que nos dé fuerza para soportar la cruz de cada día.

            Acabamos de celebrar ayer la Independencia, una fecha memorable en nuestra historia. Sin embargo, cuando uno mira esos 197 años de vida independiente, ¡cuántos sufrimientos, cuántas frustraciones, cuántos atentados a la vida humana, cuántas faltas de respeto al pueblo! Además, cuando nos miramos a nosotros mismos, ¡cuántas pruebas vivimos, cuántas enfermedades en nuestra familia, cuántas angustias por no encontrar trabajo! En la sociedad, cuando miramos la diferencia entre pobres y ricos, no podemos permanecer indiferentes. Somos el continente más católico, pero donde hay más inequidad social.

            Vista con ojos humanos, la cruz es absurda. Pero con los ojos de Cristo, es parte del plan divino de salvación. Jesús explicó a sus discípulos que "era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día". La cruz de Cristo es fuente de esperanza para nosotros, porque nos abre a la resurrección. La cruz de Cristo es su exaltación y al mismo tiempo es nuestra salvación, como dice san Juan: "Yo, cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres" (Jn 12,32).

            Alguno de ustedes me puede decir: "Es buen bonito lo que dice, pero cuando uno vive la cruz, no es nada bonito". Estoy de acuerdo: el hambre, el desempleo, la enfermedad, el divorcio, los desacuerdos, la muerte, no es nada agradable. Pero también puede ser una oportunidad para que los que estamos bien seamos solidarios con los que sufren. En vez de quejarse por todo y por nada, ¿por qué no mirar alrededor de nosotros para descubrir allí el rostro de Cristo que sufre y pide compasión, ternura y ayuda? Es lo que nos dice el apóstol Santiago con un ejemplo concreto: "Supongamos que algún hermano o hermana carece de ropa y de alimento necesario para el día, y que uno de ustedes les dice: "Que te vaya bien; abrígate y come", pero no le da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué le sirve que le digan eso? Así pasa con la fe; si no se traduce en obras, está completamente muerta". ¡Más claro no canta el gallo! Nuestra fe debe ser una fe que se traduce en obras. No sirve para nada hablar, hablar y hablar si no actuamos. En cambio, hay gente que habla poco, pero que actúa conforme a su fe. ¡Ojalá podamos decir como Santiago: "Yo, en cambio, con mis obras te demostraré mi fe". La fe nos exige ante todo poner nuestra vida en sintonía con el Reino de Dios, hacer vida aquello que creemos.

            Se necesitan seguidores de Cristo, apasionados por Él y, como Él por el mundo. Hoy terminó en el Seminario Mayor el Encuentro Nacional de Compromiso. 33 jóvenes, entre ellos 9 de nuestra diócesis, han reflexionado, discernido, orado, para descubrir su vocación. Hemos de tenerlos presentes en nuestra oración. Pidámosle al Señor que les ayude a luchar contra las tentaciones del mundo actual, a renunciar a sí mismos, a cargar con su cruz y a seguir a Cristo. La vida cristiana, en especial la vida consagrada y el sacerdocio, no es nada amargo. Más bien nos hace felices porque servimos a nuestros hermanos en lo más sublime: presentándoles un Cristo vivo, amigo y fascinante. Oremos también para que amemos cada vez la Palabra de Dios y que sea luz en nuestro camino, durante este mes de la Biblia y en todo el año.