La historia de la humanidad está llena de gente que ambiciona el poder: políticos, militares, civiles y aún eclesiásticos. Es una verdadera pasión, como nos dice hoy el apóstol Santiago:  "¿De dónde salen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es de sus malas pasiones, que luchan en sus miembros? Ustedes codician lo que no pueden tener; y acaban asesinando. Ambicionan algo y no pueden alcanzarlo; entonces combaten y hacen la guerra". Es una realidad trágica, vivida desgraciadamente a diario en nuestra patria.

            ¿Qué nos dice Jesús sobre esto? Primero Jesús hace el segundo anuncio de su pasión, muerte y resurrección. Ellos no entienden absolutamente nada de esto; esta vez no lo contradicen como Pedro en el texto de la semana pasada, se quedan callados, les da miedo preguntarle. Pero su silencio habla: en el fondo no están de acuerdo con la perspectiva de la pasión de Jesús y tienen miedo a su reacción. El texto subraya que "por el camino habían discutido quién era el más importante." Ellos querían ser los primeros, cada uno quería ser superior a los demás. Tenían sed de poder.

            Jesús rompe su silencio. Y les dice de manera tajante: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". Jesús enseña la lección de la humildad y del servicio. Afirma que el puesto de "primero" en la comunidad no está reservado a un individuo a un grupo selecto, sino que lo ocupa aquel que se haga el último y el servidor de todos. El Papa Francisco dijo de manera semejante al principio de su pontificado: "El verdadero poder es el servicio". Jesús ataca de raíz el afán de orgullo y poder, invirtiendo el orden de valores que tantas veces se impone entre nosotros los hombres: en vez de querer ser el primero, hay que ser el último de todos; en vez de servirse de los demás, hay que servir a los demás.

            La vida auténtica es una vida de sencillez, de solidaridad y de servicio. En una sociedad donde abunda la competencia, la humildad y el servicio son gestos proféticos que interpelan al hombre. Lo vemos con el ejemplo de la Madre Teresa: con su caridad hacia los pobres, ha tocado el corazón de millones de personas y ha suscitado por su ejemplo muchas vocaciones apostólicas.

            ¿Qué quiere decir ser el último de todos y el servidor de todos? Es ser hombres y mujeres que hacen del servicio el ideal de su vida. Es poner en las manos de la familia o de la comunidad sus dones, según sus dones y sus posibilidades. Es actuar sin buscar recompensa, sabiendo que sirviendo, uno hace la voluntad del Padre. Es comprometerse en un servicio pastoral específico dentro de la parroquia y actuar no para que la gente lo vea, sino para participar en la misión de la Iglesia. Quien se hace último y servidor de todos se parece a Jesús y se hace su discípulo.

            Después de pronunciar esta palabra, Jesús hace un gesto significativo, como lo hacían los antiguos profetas. "Acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: --- El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado". Uds. me han contado que en el pasado, un niño no podía tomar la palabra en medio de una conversación entre adultos, tenía que callarse.

            Jesús aquí coloca en medio a un niño y lo abraza: es un gesto de cariño y Jesús se identifica con él. Acoger a un niño, o a una persona con capacidades especiales, o a un pobre, es acoger a Jesús y a Dios Padre. El día del niño es una oportunidad para manifestar a nuestros niños cuán importantes son para nosotros. Pero no se debe limitar a un día, debería ser una actitud permanente a lo largo del año. Nuestra identidad de discípulos misioneros tiene que manifestarse en nuestra acogida y en nuestro servicio a los demás. Ell Papa nos invita a cuidar la fragilidad, a cuidar a los frágiles. Hay tanta gente frágil que necesita nuestro cuidado, nuestra escucha, nuestra ayuda efectiva.

            Necesitamos hoy con urgencia convertirnos al Señor y volver al Evangelio. Aquí en esta catedral tenemos la presencia de tres muchachas salvadoreñas, Rina, Rosalyn y Ana, que se están preparando en el Centro de Formación Misionera de América Central, para vivir la misión en tierra extranjera. Están dispuestas a dar su vida por el Señor. El Señor necesita misioneros y misioneras que transmitan la Buena Nueva a las personas y las comunidades y que dan un buen testimonio de vida, como dijo Jesús: "Hay más felicidad en dar que en recibir" (Hechos 20,35). ¡Ojalá no les pongan obstáculo a los jóvenes generosos que desean ponerse al servicio de la Iglesia.

            En este mes de la Biblia, dejémonos instruir por la Palabra de Dios. Ella nos indica las actitudes de todo discípulo misionero, en particular la humildad y el servicio, que Jesús vivió al máximo. Acerquémonos a la Eucaristía, para que la fuerza del Señor se realice en nuestra debilidad y nos ayude a poder amar y servir a la manera de él.