Quiero empezar esta homilía manifestando mi cercanía y solidaridad con todos los hermanos y hermanas que han resultado afectados por las constantes lluvias que hemos tenido el viernes y el sábado pasado. A la vez quiero agradecer y felicitar a todas las personas e instituciones que se hicieron presentes para ofrecer albergue, comida, alivio y esperanza a los que han sufrido. Quiero darles las gracias también a todos los que han orado por los damnificados. ¡Que el Dios de la vida bendiga a todos Uds., y que los que sufren puedan volver pronto a sus casas y recuperar con la ayuda solidaria de otros su casa y sus bienes!

            Hoy es el primer domingo de octubre, mes del Santo Rosario, dirigido a María, y mes dedicado a las misiones. La Palabra de Dios hoy nos anuncia el Evangelio del matrimonio, la buena nueva del matrimonio. La base de la familia y de la sociedad es el matrimonio entre un hombre y una mujer. Es lo que nos recuerda la primera lectura, que nos refiere al proyecto original de Dios. En el Génesis vemos que Dios quiere darle al varón a alguien como él, para que le ayude. Ese alguien, ¿quién será? ¿Será alguno de los animales que Dios ha creado antes que al hombre? El hombre puso nombre a cada uno de los animales, como signo de dominio sobre ellos, pero no hubo ningún ser semejante a él para ayudarlo. Entonces el hombre no se sentía feliz. Por eso Dios creó a la mujer, y ¡qué bella imagen emplea el autor del Génesis, la imagen de la costilla, para mostrar la unión íntima del hombre y de la mujer! Dios creó la mujer. El hombre le dio a ella un nombre: "hueso de mis huesos y carne de mi carne". Este nombre es el primer grito de amor del hombre hacia la mujer. Este nombre queda confirmado después con las palabras: "Esta será llamada mujer ("isha" en hebreo), porque ha sido formada del hombre ("ish" en hebreo).  La atracción entre el hombre y la mujer no se queda solamente en atracción. Se desarrolla en el amor conyugal. Cuando el amor conyugal es auténtico, es más fuerte que el amor filial, el amor de un hijo o de una hija hacia sus padres. "Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne".

            El matrimonio existe en todas las culturas y civilizaciones. Se realiza entre dos seres distintos en todos sus aspectos: físicamente, sicológicamente, emocionalmente, espiritualmente. Distintos, pero iguales en su dignidad. Distintos, pero complementarios. Por eso, la unión entre el hombre y una mujer es indisoluble, no se puede romper. Jesús reafirma en el Evangelio el proyecto de Dios y frente a la pregunta de los fariseos sobre el divorcio, contesta: "Por eso, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". No hay que entender la indisolubilidad del matrimonio como un yugo impuesto al hombre y a la mujer, por ejemplo cuando la gente que se ha casado dice : "Me puse la soga al cuello", como si el matrimonio quitara la libertad al ser humano. Más bien, la indisolubilidad del matrimonio es un don hecho a las personas en el matrimonio. La gracia de Dios acompaña siempre a los esposos, sana y transforma el corazón endurecido y lo orienta hacia su principio, a través del camino de la cruz (cf. Amoris Laetitia, 62).

            En el Evangelio Jesús defiende la dignidad del matrimonio. En el proyecto original de Dios Creador, no existe el caso de un hombre que se casa con una mujer y, si las cosas no van bien, la repudia. ¡No! En cambio, el hombre y la mujer están llamados a reconocerse, a completarse, a ayudarse mutuamente en el matrimonio. El matrimonio es una unión de amor que implica la fidelidad. Lo que permite a los esposos permanecer unidos en el matrimonio es un amor de entrega recíproca sostenido por la gracia de Dios. Si por el contrario prevalece en los esposos el interés individual, el egoísmo, la propia satisfacción, entonces su unión no podrá resistir.

            El matrimonio hoy es amenazado por una cultura individualista, que busca primero la satisfacción egoísta de los instintos, sin que éstos sean orientados a una entrega a la otra persona. La pornografía es un mal que arruina totalmente la unión mutua entre los esposos. El uso de las redes sociales para buscar una relación amorosa con otra persona es una tentación común y corriente que hace fracasar la unión matrimonial. ¡Ojalá los esposos aquí presentes y los que nos sintonizan por radio o por televisión recapaciten cuando están tentados por una desviación del sexo o por una infidelidad! Piensen en que Uds. cuando se casaron, no sólo eran los dos, sino que Dios estaba con Uds. y en medio de Uds.

            La Iglesia, madre y maestra que comparte las alegrías y los esfuerzos de las personas, por un lado no se cansa de confirmar la belleza del matrimonio y de la familia tal como nos ha sido transmitida por la Sagrada Escritura y por la Tradición. Por otro lado, la Iglesia se esfuerza por hacer sentir su cercanía materna a los que han fracasado en el matrimonio o que llevan una vida matrimonial dolorosa o cansada.

            La manera en que Dios mismo actúa con su pueblo infiel, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, nos enseña que el amor herido puede ser sanado por Dios a través de la misericordia y del perdón. Hay lugar en la Iglesia para las madres solteras o los padres solteros, también para los casados que han sufrido una ruptura en su matrimonio. La Iglesia puede dirigir de nuevo hacia Dios los corazones heridos.

            La Virgen María ha sido la esposa fiel de San José. Invoquémosla en este mes, a través del rezo del Santo Rosario, para que ayude a los esposos a vivir su unión y a renovarla siempre a partir de la belleza del don del matrimonio de parte de Dios en la creación.