La Guía de Animación Misionera de este mes misionero da como título "El Encuentro con Jesús cambia nuestro estilo de vida" a la celebración de la Palabra de este domingo:.

            Esta frase es cierta. En la primera lectura, el rey Salomón pide a Dios el don de la sabiduría. Más vale ser sabio que ser poderoso, y la sabiduría vale más que la riqueza, la salud y la belleza. En nuestro mundo de apariencias, no se valora la sabiduría, en particular la de los ancianos. Pero cuando uno escucha el consejo de una persona mayor, basado en la experiencia, seguramente crece en su vida humana y espiritual. Lo que se dice de la sabiduría en el Antiguo Testamento se realiza plenamente en la persona de Jesús, el Sabio por excelencia. Por ejemplo, si tomamos en serio las Bienaventuranzas y tratamos de ponerlas en práctica, encontraremos felicidad y no desgracia. Lo que juzgábamos antes como absolutamente necesario pasará a ser secundario. Y daremos prioridad a lo esencial, como por ejemplo la familia, el estudio, el apostolado y el trabajo.

            El Encuentro con Jesús cambia nuestro estilo de vida. Además de ser la Sabiduría en persona, Jesús es la Palabra de Dios encarnada. La Palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo. Ella alcanza hasta lo más íntimo de nuestra alma y llega a dar un sentido totalmente nuevo a nuestra vida cuando la acogemos con el corazón. Ella transforma nuestra realidad personal y familiar. Felicito a las personas que leen los textos bíblicos de cada día y que reflexionan sobre ellos, tomándolos como guía para su vida diaria.

            El Encuentro con Jesús cambia nuestro estilo de vida si le damos una respuesta personal y decisiva. El episodio del evangelio de hoy es muy sugestivo a este respecto. A menudo lo llamamos "el encuentro entre Jesús y el joven rico". En Mateo se trata de un joven. Aquí en Marcos se trata de un hombre no más, un hombre sano e inquieto. Primero él reconoce con mucho respeto a Jesús como Maestro. Luego le hace una pregunta fundamental, la pregunta del millón: "¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?" Probablemente que no nos hacemos esa pregunta cada día. Pero, en momentos claves, nos cuestionamos sobre el sentido de nuestra vida, porque no estamos en esta tierra para siempre; tarde o temprano nos va a alcanzar la muerte.

            En varias ocasiones Jesús nos promete la vida eterna. Por ejemplo a propósito de la Eucaristía en el evangelio de San Juan, Jesús dice: "Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día" (Jn 6,54). "¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?" Como buen judío, Jesús recuerda los mandamientos de la Ley de Moisés. El hombre contesta: "Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven". Estamos en presencia de una persona que ha tenido una excelente educación familiar y que se ha esforzado por cumplir a cabalidad la Ley de Dios, como muchos jóvenes de nuestra familia que son buenos hijos, excelentes estudiantes, trabajadores honrados, que tienen muchos amigos y amigas y tienen diversiones sanas. Jóvenes que tienen una gran fe y un noble ideal en la vida, que quieren triunfar y honrar así a sus padres.

            La reacción de Jesús es muy bella: él se llena de admiración. "Jesús lo miró con amor". Él mira con cariño a las almas puras, a las personas sinceras en su búsqueda y que tratan de servir a los demás. Pero Jesús le pide más, le pide dar un paso más allá de lo que ha dado hasta ahora. Le pide vender lo que tiene y dar el dinero a los pobres, después estará libre para seguirlo como su discípulo.  ¿Por qué Jesús le pide a ese hombre rico vender todo lo que tiene? Para que tenga un tesoro en el cielo. El que encuentra a Jesús encuentra un tesoro. Lo dice san Pablo a los Filipenses: "Lo que para mí era ganancia lo consideré, por Cristo, pérdida. Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el bien supremo de conocer a Cristo mi Señor; por él doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo y estar unido a él" (3,7-9).

            Nuestro hombre rico se había encontrado con Jesús, pero no quiso cambiar su estilo de vida. "Se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes". Estaba amarrado a sus riquezas y no quiso sacrificarlas para seguir a Jesús. Estaba acostumbrado a "acumular", Jesús le propuso "compartir". Le propuso un cambio radical: optar por compartir su vida con Él y su riqueza con los pobres. Su corazón estaba lleno, pero no tuvo el valor de vaciarlo y optó por el dinero.

            Por eso Jesús denuncia la riqueza cuando se convierte en obstáculo para el Reino de Dios. Nosotros estamos llamados a despojarnos de lo material y pasajero, no para hacernos miserables, sino para estar libres; aun podemos poseer cosas, pero sin depender de ellas; podemos así seguir a Jesús y adoptar el estilo de vida de los discípulos.

            Esta semana hemos vivido un ejemplo extraordinario de desprendimiento de parte de una multitud de católicos de la Arquidiócesis de Tegucigalpa. El viernes vinieron aquí dos camiones llenos de alimentos, ropa y otros artículos para ser distribuidos entre los damnificados de nuestra diócesis. Una vez más vimos, en el rostro de los que compartieron, que hay más alegría en dar que en recibir.

            También nos regocijamos hoy con la Iglesia universal, porque en Roma el Papa Francisco acaba de canonizar, o sea de declarar oficialmente santos, a siete beatos. Son: el Papa Pablo VI, de Italia; Mons. Oscar Arnulfo Romero Galdámez, arzobispo mártir de San Salvador; el Padre Francisco Spinelli, de Italia; el Padre Vicente Romano, de Italia; la Hermana María Catalina Kasper, de Alemania; la Hermana Nazaria Ignacia March Mesa, española misionera en Bolivia, fundadora de las Hermanas Cruzadas de la Iglesia, que están en Siguatepeque y en Yoro; y un laico de Italia, Nunzio Sulprizio. En el Fides de hoy, aparece en la voz del Papa estas palabras: "Mi deseo es que Romero y Pablo VI sean canonizados al mismo tiempo, porque Pablo VI fue el Papa que entendió a Romero". En particular, nuestro Seminario Pablo VI está de fiesta, porque tiene como patrón a un santo. Nos unimos también a nuestros hermanos salvadoreños que han visto triunfar la vida sobre la muerte. Mons. Romero había dicho: "Si me matan, resucitaré en el pueblo". Ahora es un santo, el primer santo nacido en Centro América, un ejemplo digno de imitar, no sólo en El Salvador, sino en el mundo entero. San Pablo VI y San Oscar Romero, rueguen por nosotros.

            En esta Eucaristía, démosle gracias al Señor por su infinita bondad y pidámosle la gracia de despojarnos del pecado y de todo lo que nos impide seguirle como discípulos suyos.