Celebrar la fiesta patronal de nuestra parroquia catedral y por ende de nuestra diócesis es motivo de gran alegría. ¿Quién causa tanta alegría? La Concepción de María. Celebrar la Inmaculada Concepción de María es contemplarla como la creatura más perfecta que Dios ha hecho e imitar sus virtudes. Celebrar la Inmaculada Concepción de María es proponerla como modelo, no sólo para las muchachas, sino para todo creyente.

            María es la Inmaculada por un don gratuito de la gracia de Dios, que encontró en ella una perfecta disponibilidad y colaboración. El ángel Gabriel la saludó con la palabra "Alégrate". Ciertamente, en el pueblito de Nazaret, situado en la periferia de Israel, olvidado por la capital Jerusalén, no faltaban motivos para ser tristes y pesimistas. Pero dentro de ese ambiente sencillo, entre gente trabajadora, el Señor llamó a María, una muchacha joven, prometida en matrimonio al carpintero José.

            La primera palabra del ángel es "Alégrate". Cuando en medio de las malas noticias de cada día, uno de los canales de televisión nos da "la noticia positiva del día", sentimos un poco de alivio. Por eso, una fiesta como la de hoy, vivida con espíritu cristiano, es una oportunidad de crecer en nuestra autoestima como personas y como pueblo y de vivir la verdadera alegría cristiana. No necesitamos licor, sexo, lujo, corrupción, para ser felices. Recordemos que la verdadera alegría es un fruto del Espíritu Santo.

            Luego el ángel llama a María "llena de gracia". Ella ha sido concebida sin mancha de pecado original, pues por los méritos de Cristo, ha sido preservada de todo pecado. Este privilegio único, reservado a María, se ha dado en virtud de la misión que iba a cumplir, la de ser la Madre de Dios. Aquella que fue elegida por Dios desde antes de la creación del mundo, como lo afirma la segunda lectura, para traer la salvación al mundo, debía ser virgen, protegida de toda mancha, y su vientre debía servir de palacio para el rey de reyes y señor de los señores.

            Después el ángel le dice: "El Señor está contigo". Varias veces en el Antiguo Testamento, el Señor se dirige a un ser humano con esas palabras. Por ejemplo, ante los invasores extranjeros, el Señor escoge a Gedeón para salvar a su pueblo. El ángel del Señor se le aparece y le dice: "El Señor está contigo, valiente guerrero" (Jc 6,12). Y le confía la misión de derrotar a los enemigos como a un solo hombre.

            En el anuncio del nacimiento de Jesús, hay un diálogo nutrido entre el ángel y María. Primero ella queda desconcertada y se pregunta qué querrá decir semejante saludo. El ángel le contesta indicándole su misión: "Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús". En la Biblia cada nombre tiene un significado: Jesús quiere decir "el Señor salva" (cf. Mt 1,21). ¿Quién será ese hijo? Será el Hijo del Altísimo, se sentará sobre el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos, y su reinado no tendrá fin.

            María sabía cómo vienen los hijos al mundo. Estaba comprometida con José, pero por ahora cada uno vivía en su casa, guardándose, eso sí, mutua fidelidad. Por eso ella pregunta: "Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?" Otra traducción dice: "¿Cómo sucederá eso si no convivo con un hombre?" La pregunta sensata de María dio lugar al anuncio increíble de la concepción virginal de Jesús. "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". María permanecerá siempre virgen. La virginidad de María es una verdad de fe, que debemos creer los católicos. Luego el ángel le da a María una señal. Nosotros a menudo pedimos señales a Dios. Él nos las da según su voluntad, cuando quiere y como quiere. Para María la señal era el embarazo de su pariente Isabel, que a pesar de su vejez, había concebido un hijo. El ángel añadió: "Porque no hay nada imposible para Dios". Una cantante cristiana, la Hermana Glenda, tiene un canto hermoso: "Porque no hay nada imposible para ti". ¿Estamos convencidos nosotros que no hay nada imposible para Dios? Si estamos convencidos, veremos la presencia y la acción de Dios en nuestra vida. Pero necesitamos ser como María, personas llenas de fe, de confianza, disponibilidad y deseo de colaboración.

            En María el anuncio del ángel encontró escucha, acogida, respuesta. Su sí permitió que el Hijo de Dios se hiciera carne y viniera a habitar entre nosotros.  Ella es la perfecta discípula del Señor. Sus palabras constituyen el lema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Panamá: "Yo soy la servidora del Señor. Hágase en mí según tu palabra". Sus palabras han inspirado una multitud de jóvenes, varones y mujeres, para consagrar totalmente su vida a Dios y decir como ella: "Yo soy la servidora del Señor; hágase en mí según tu palabra".

            La fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María va a contracorriente del pecado del mundo. Por eso, en el libro del Génesis, después del pecado de desobediencia del primer hombre y de la primera mujer, el Señor maldice la serpiente, símbolo del mal. Y predice una lucha encarnizada entre la descendencia de la serpiente y la descendencia de la mujer: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza, mientras tú tratarás de morder su talón". Por su muerte y su resurrección, Jesús, que es la Cabeza de la Iglesia, ha vencido el pecado y la muerte.

            Pero nosotros, que somos el Cuerpo de Cristo, tenemos que vencer con la gracia de Cristo el pecado. Por eso, debemos ser testigos de un Cristo vivo, que transforma los corazones y purifica la sociedad. Debemos marcar la diferencia. En Cristo, los males endémicos que sufre nuestra población, la miseria, la explotación, el machismo, la corrupción, la impunidad, la falta de respeto a la dignidad humana, en particular los asesinatos, y tantos otros males, deben hallar una solución definitiva. Pero no podemos esperar una solución mágica. Debemos evangelizar en profundidad nuestro pueblo. Debemos luchar desde nuestra competencia, nuestros dones, nuestro trabajo, nuestra solidaridad, para edificar un mundo más justo, más fraterno, más solidario. En esta lucha debemos contemplar a María, que es el icono de la victoria sobre el pecado y toda clase de mal. María nos inspira, nos da esperanza y alegría en la lucha.  

            Hago mía la oración de Santa Faustina a María: "Oh María, Virgen Inmaculada, tómame bajo tu protección más especial y custodia la pureza de mi alma, de mi corazón y de mi cuerpo. Tú eres el modelo y la estrella de mi vida" (Diario, 874).

            Que esta Eucaristía sea la acción de gracias por excelencia de nuestra diócesis a Dios, que nos ha dado a María la Inmaculada Concepción, como Madre y como Modelo. Y que la Eucaristía sea para nosotros la fuente de nuestro compromiso a vivir como María.