En este tercer domingo de Adviento, el Señor nos invita a estar siempre alegres. ¿Qué tipo de alegría? No la alegría superficial que deja sólo vacíos. Confundimos fácilmente la alegría con el exceso de bebidas, las carreras de velocidad en carro, los cohetes que muchas veces dejan niños quemados, la música estridente. La verdadera alegría no viene del exterior del hombre, sino de su interior, cuando está en paz consigo mismo, cuando está en relación fraterna con el hermano, cuando está en armonía con la creación para cuidarla y cuando está en paz con Dios. La alegría auténtica viene del encuentro personal con Cristo, que nos renueva en lo más profundo de nuestro corazón. Nos lo dice san Pablo en la segunda lectura: "Estén siempre alegres en el Señor; lo repito, estén alegres. Que su benevolencia sea conocida en todo el mundo. El Señor está cerca".

            Va a haber mucha alegría en la Navidad. Pero no debemos olvidar al cumpleañero. Navidad es Jesús que nació entre nosotros, y que nace cada día cuando acogemos a los demás.

            Juan Bautista predicaba en el desierto un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Los que lo escuchaban llegaron a preguntarle: "¿Qué debemos hacer?" Juan les respondió con propuestas que hoy siguen siendo actuales.

            Primero la solidaridad y el compartir: "El que tenga dos túnicas, que reparta una con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo". Mons. Raúl me contó que en su familia numerosa, siempre su mamá ponía un plato extra en la mesa, por si venía un pobre para pedir de comer. Segundo, la honestidad y la lucha contra la corrupción. A los publicanos que llegaban donde Juan, él les decía: "No exijan más de lo establecido". Tercero el no aprovechar de un puesto de poder para oprimir a los demás. A los militares Juan les decía: "No hagan extorsión ni se aprovechen de nadie, sino conténtense con la paga", con un sueldo, ganado con el sudor de su frente. No solamente Juan predicaba la conversión, sino que también era testigo de humildad y de servicio. Cuando la gente le preguntaba si era el Mesías, él les contestó: "Viene uno que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias". Nuestra conversión será auténtica si nos esforzamos por vivir esos valores evangélicos.

            Finalmente les propongo tres sugerencias para este tiempo de Adviento y de Navidad: participar en las posadas en su comunidad; hacer un gesto de amor hacia una persona más necesitada; hacer una oración en familia ante el pesebre.

            En esta Eucaristía abramos nuestro corazón al Redentor para que lo llene completamente con su amor.