Homilías Monseñor Guy Charbonneau

HOMILÍA DESPUÉS DE LA BENDICIÓN DE LOS RAMOS

            Jesús no se dejó intimidar por nadie, porque obedecía solamente a su Padre. Los fariseos le dijeron: "Maestro, reprende a tus discípulos". Él les replicó: "Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras", dejando entender que nada ni nadie podrá detener su triunfo sobre el pecado y toda clase de mal. Los discípulos aclamaron a Jesús como rey, según las palabras del salmo 118: "¡Bendito sea el rey que viene en nombre del Señor!". Jesús no quiso ser un rey prepotente, montado en una carroza, sino un rey humilde, montado en un burro. No se sirvió de su realeza para oprimir al pueblo, sino para liberarlo. Nosotros, en nuestra condición de peregrinos en este mundo, somos invitados a seguir decididamente a Cristo como nuestro Rey y nuestro Salvador. Dediquemos esta semana, sólo una semana entre las 52 semanas del año, a la reflexión, al  recogimiento, al agradecimiento y a la adoración del Hijo de Dios que ha dado su vida por nosotros. Vivamos una semana verdaderamente santa, absteniéndonos del pecado,  viviendo sobriamente, haciendo lo que le agrada a Dios.

Caminaremos en orden cantando. Al entrar en el Goretti, Uds. se instalarán en las sillas o en las gradas, e inmediatamente haré la oración colecta y luego escucharemos las lecturas que se refieren a la Pasión del Señor. Ahora, imitando a la multitud que aclamaba al Señor, avancemos en paz cantando. 

 

HOMILÍA DESPUÉS DE LA LECTURA DE LA PASIÓN SEGÚN SAN LUCAS

Las lecturas que hemos escuchado nos hacen comprender el significado profundo de la pasión de nuestro Señor Jesucristo. La primera lectura es el tercer cántico del Siervo sufriente, que inocente ofreció su espalda a los que lo golpeaban y confió en la ayuda de Dios. El salmo responsorial, salmo 21, se realizó en la cruz cuando Jesús gritó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Tiene dos partes, una de angustia ante los insultos de los adversarios; otra de confianza hacia Dios. La segunda lectura es un himno litúrgico a Cristo que san Pablo incluyó en su carta a los Filipenses. Describe el doble movimiento de la Semana Santa: por un lado, la humillación voluntaria de Cristo, que lo condujo a aceptar por obediencia la muerte de cruz; por otro lado, la exaltación de Cristo por el Padre, quien le dio el nombre de Señor, para que todos lo reconozcamos como único Señor de nuestras vidas.

En su relato de la Pasión, san Lucas nos enseña que el camino de la cruz es el camino de la vida de todo cristiano. Nos muestra un Cristo Maestro y misericordioso.

Primero un Cristo Maestro: cuando el celebró su última Cena el Jueves Santo, dio a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre. Pero ellos estaban preocupados por otros intereses. Se preguntaban quién de ellos era el más importante. Jesús les hizo una pregunta: "¿quién vale más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿verdad que es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de ustedes como el que sirve". Jesús se da en ejemplo para que ejerzamos nuestra autoridad como servicio. El espíritu de servicio es característico del discípulo de Cristo. Siguiendo al Maestro, ejerzamos nuestras responsabilidades con espíritu de servicio.

Jesús anuncia la negación de Pedro de una manera singular y, como Maestro, da otra enseñanza: "Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido permiso para zarandearlos como trigo; pero yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos". La fe de Pedro era muy débil. Pero el Señor le prometió su oración y le dio la misión de confirmar a sus hermanos en la fe. Por eso nosotros debemos orar por el Papa, sucesor de Pedro, para que sea fiel a su misión, y para que nos fortalezca en la fe con su enseñanza y su testimonio.

En los últimos momentos de su vida, Jesús pronunció palabras que muestran su misericordia: en el camino de la cruz, se olvidó de sus propios sufrimientos y tuvo compasión de unas mujeres de Jerusalén; en la cruz, oró por los que lo crucificaban: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Al malhechor arrepentido, le prometió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso". Al morir, clamó con voz potente: "¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!" Para un creyente, la muerte tiene que ser el último acto de fe: una entrega definitiva a Dios nuestro Padre.

Les invito esta semana a revivir personalmente la pasión, la muerte y la resurrección del Señor. Hoy se sigue viviendo la pasión del Señor: en la muerte violenta de tantos jóvenes; en la frustración de un pueblo que tiene que emigrar para encontrar trabajo, seguridad y esperanza; en la situación de tantas mujeres que son víctimas de la violencia conyugal; en los niños y las niñas que son víctimas del abuso sexual por parte de adultos, aún de sacerdotes; en los enfermos que sufren, porque se les priva del acceso a la salud a causa del vandalismo o de la corrupción; en nuestra ciudad, víctima del saqueo de gente sin escrúpulo; en nuestra casa común, víctima de la sobreexplotación de empresas que no les importa el medio ambiente.

No podemos quedar pasivos. No aumentemos la pasión de Cristo por nuestra falta de justicia y amor. No nos quejemos de la cruz, llevémosla con valor. Es tiempo de actuar. Seamos testigos de la esperanza, porque Cristo ha vencido la muerte por su resurrección. Además, como nos sugiere el folleto de la campaña de evangelización, "con los jóvenes hagámonos solidarios con los que más sufren", porque son nuestros hermanos más necesitados, porque son los preferidos de Cristo. Amén.