Homilías Monseñor Guy Charbonneau

            La comida es un elemento central en nuestra vida y en nuestra familia. Usualmente tres veces al día nos sentamos a la mesa para comer.

            La comida ocupa también un lugar importante en la historia de la salvación. Antes de las grandes obras de liberación de parte de Dios, hubo una comida. Antes de la liberación del yugo de Egipto, la comunidad de Israel comió el cordero pascual, según un ritual bien establecido. Antes de ser crucificado en la cruz, Cristo instituyó la Eucaristía, en la cual sus discípulos por primera vez comieron su carne y bebieron su sangre. Nosotros también al venir a la misa tenemos el privilegio de comer el cuerpo y de beber la sangre del Señor. Él ha querido dejarnos un signo sensible de su amor. Cada Eucaristía pone a nuestro alcance la gracia redentora de Cristo. Cada Eucaristía produce fruto, porque es obra de Dios.

            Hay otro aspecto que nos llama la atención en el evangelio de hoy: antes de ser entregado  y de sufrir la Pasión, Jesús hace un gesto inaudito: se pone a lavar los pies de sus discípulos. Estamos en el momento culminante de la historia. San Juan le pone un tono de gran solemnidad: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". Estamos en el contexto del máximo acto de amor de Jesús por sus discípulos. Prosigue san Juan: "En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía..." Estamos en el contexto de la traición de Judas, pero también en el contexto de la relación de Padre a Hijo.

            Después de esa solemne introducción, uno esperaría un gesto extraordinario de parte de Jesús, como los que hizo durante su ministerio y que llamaron la atención de la gente: la curación de un enfermo, la expulsión de un demonio, la multiplicación de los panes, la resurrección de un muerto.

            Pero no. Jesús hace un gesto trivial: se pone a lavar los pies de sus discípulos. Es el gesto del esclavo hacia su dueño, el gesto del inferior hacia el superior. Pero para Jesús, el lavatorio de los pies es el signo de que el verdadero amor se expresa en el servicio. Eso va a contracorriente de la tendencia natural del hombre: nos gusta ser servidos. La práctica consciente de un servicio dado con amor exige un cambio total de parte nuestra. Pero nos exige también aceptar el servicio de una persona que nos quiere complacer, que nos quiere hacer el bien. Hay que ser capaz de dar, hay que ser capaz también de recibir. Jesús le pidió a Pedro que sea capaz de recibir su gesto de amor. Sólo el que se deja amar puede a su vez amar.

            Al final Jesús da a sus discípulos una enseñanza que sigue siendo válida hoy. "Si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros". El lavatorio de los pies es el anticipo de la humillación de la muerte de Jesús en la Cruz. Nos enseña también que el triunfo y la gloria de Jesús pasan por el sacrificio  y por el servicio.

            Es en nuestra familia que debemos aprender a servir. El espíritu de servicio se debe fortalecer en la Eucaristía y luego penetrar en todas las esferas de nuestra vida. Debemos ser serviciales en la familia, la escuela, el colegio o la universidad, la vida profesional, el servicio público y en la calle. No puede haber contradicción entre el encuentro con Cristo en la Eucaristía y el encuentro con Cristo en el familiar, el vecino, el colega o el pobre.

            En este siglo, el espíritu de servicio tiene que pasar de lo virtual a lo real. El Papa dijo a los jóvenes en Panamá: "No dejen que el resplandor de la juventud se apague en la oscuridad de una habitación cerrada en la que la única ventana para ver el mundo sea la computadora y el smartphone. Abran las puertas de su vida. Que su ambiente y su tiempo estén ocupados por personas concretas, relaciones profundas, con las que puedan compartir experiencias auténticas y reales en su vida cotidiana". Este mensaje no es sólo para los jóvenes, se puede aplicar también a los adultos.

            Nuestra Eucaristía de hoy tiene que ser especial: es el aniversario de la primera Eucaristía. Pero no es el simple recuerdo de una acción del pasado. Esa acción hace presente a Cristo para que sea nuestro alimento de salvación. El Concilio Vaticano II nos dice: "Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención" (LG 3). Démosle gracias al Señor porque en la Eucaristía él sigue realizando en nosotros la obra de nuestra redención. Amén.