Homilías Monseñor Guy Charbonneau

Cada domingo celebramos la muerte y la resurrección del Señor en el sacramento de la Eucaristía. Hoy en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, que se llama en latín el "Corpus Christi", celebramos solemnemente la belleza y la grandeza de la Eucaristía.

Después de la consagración, el sacerdote proclama: "Éste es el sacramento de nuestra fe". Entre los siete sacramentos, la Eucaristía es el sacramento que expresa por excelencia nuestra fe cristiana. La Eucaristía es "fuente y cima de toda la vida cristiana" (LG 11). "Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua" (PO 5, cf. Catecismo de la Iglesia Católica 1324). "La Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe" (Catecismo 1327).

La institución de la Eucaristía por Jesús en la última Cena ha sido preparada y anticipada en el Antiguo Testamento, también en la multiplicación de los panes por Jesús.

En la primera lectura, Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios altísimo, ofrece a Dios pan y vino después de la victoria de Abrán y sus aliados contra sus enemigos. "La Iglesia ve en el gesto de Melquisedec una prefiguración de su propia ofrenda" (Catecismo 1333). Además como sacerdote, Melquisedec bendice a Abrán, así como nosotros sacerdotes bendecimos al pueblo.

La institución de la Eucaristía ha sido anticipada también por la multiplicación de los panes y de los peces por Jesús, en beneficio de una muchedumbre hambrienta de comida y hambrienta de Dios. Los apóstoles, al ver que caía la tarde, le hicieron a Jesús una petición muy realista: "Despide a la gente para que vayan a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar solitario". Humanamente tenían razón; habían allí cinco mil varones, sin contar las mujeres y los niños.

Pero Jesús les dio una respuesta sorprendente: "Denles ustedes de comer". Estas palabras subrayan nuestra responsabilidad de ser solidarios con nuestros hermanos más necesitados. No puede haber un cisma entre el sacramento del altar y el sacramento del hermano necesitado. "Denles ustedes de comer". Jesús es un Pan que se parte en la fracción del pan y se comparte en todos los gestos de solidaridad que somos llamados a hacer en nuestra vida cotidiana.

Los apóstoles replicaron otra vez de manera realista: "No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros mismos a comprar víveres para toda esta gente". Es lo que Jesús esperaba de sus apóstoles, y espera de nosotros. Quiere que le demos lo poco que tenemos, para que él lo vaya transformando. Espera de nosotros un gesto de compartir.

Jesús los hizo sentar por grupos de cincuenta. Luego realizó la multiplicación de los panes y de los pescados, con gestos que anticiparon la Eucaristía. Jesús tomó de lo nuestro, el pan hecho por el panadero a partir del trigo, y el pescado que los pescadores recogieron en el mar. Levantó la mirada al cielo. Cuando Jesús miraba al cielo, era para invocar a su Padre, para que ejerciera su poder en tal y tal circunstancia. Por ejemplo, antes de resucitar a Lázaro, Jesús alzó la vista al cielo y dijo: "Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que me enviaste". Y luego gritó con fuerte voz: "Lázaro, sal afuera".

Jesús luego pronunció sobre los cinco panes y los pescados una oración de acción de gracias, como acostumbraban los judíos antes de comer, y como hacemos nosotros en la mesa de la familia. Después Jesús partió los panes y los pescados. El gesto de la fracción del pan era un rito, propio del banquete judío, que fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia, sobre todo en la última Cena. Con el gesto de la fracción del pan "se quiere significar que todos los comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él" (Catecismo, 1329).

Luego Jesús fue dando los panes y los pescados a los discípulos, para que ellos los distribuyeran entre la gente. Es el milagro de la solidaridad, el milagro que genera el desprendimiento y  la actitud de compartir, la apertura generosa y solidaria con los demás; esto es lo que tiene que promover de manera permanente el discípulo de Jesús. En la Eucaristía, es bellísimo el gesto de la distribución del cuerpo del Señor, que el sacerdote hace, ayudado por los ministros extraordinarios de la sagrada Eucaristía.

Todos comieron y se saciaron. Nadie quedó con hambre. Quedamos totalmente satisfechos cuando Jesús nos alimenta. Y luego se llenaron doce canastas con las sobras. ¿Por qué doce? Es una cifra simbólica: eran doce las tribus de Israel, eran doce los apóstoles, la Iglesia que se funda sobre los apóstoles se reúne para celebrar el banquete del Señor.

En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que Jesús instituyó la Eucaristía el Jueves Santo, la víspera de su Pasión. Jesús se entregó totalmente para la salvación de la humanidad. Veamos sus palabras. "Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes... Este cáliz es la Nueva Alianza que se sella con mi sangre". Su cuerpo entregado, su sangre derramada, realizan la Nueva Alianza entre Dios y los hombres, la Alianza que nos trae la salvación. Por dos veces, Jesús añade: "Hagan esto en memoria mía". La Eucaristía es el memorial de la pasión y de la resurrección del Señor. Nosotros, fieles y obedientes a la palabra de Cristo, celebramos todos los días la Eucaristía, con énfasis especial el domingo, que es el día del Señor. "Cada vez que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva". La Eucaristía tiene que ser vivida en toda su radicalidad de don y entrega, según el ejemplo del Señor. También la Eucaristía tiene que proyectarse en el servicio a la familia y a la comunidad, valorando así el cuerpo del Señor, su cuerpo eucarístico y su cuerpo místico, la Iglesia.

La Eucaristía tiene un significado profundo y tenemos que valorarla y sentirla como necesidad. En la situación que vive nuestro pueblo en estos días, la Eucaristía tiene un lugar central. "Para Dios no hay nada imposible", decía la Virgen María en la Anunciación. Todo es posible para el que cree, nos dijo Jesús. En esta Eucaristía y en la procesión que seguirá, oremos con fervor por la paz en nuestro país y en el país hermano de Nicaragua, para que se reconstruya el tejido social con la confianza mutua y la paz, fruto de la justicia y del aporte de cada uno para el bien común. Amén.