Homilías Monseñor Guy Charbonneau

Celebramos la solemnidad del Corazón de Jesús, símbolo del amor que el Salvador tiene por nosotros. Escribe el Papa Francisco en un Tweet para celebrar esta fiesta: "Jesús nos mira, nos ama y nos respeta. Es todo corazón y toda misericordia. Vamos con confianza a Jesús, Él siempre nos perdona".

Jesús ha sido coronado de espinas, crucificado en la cruz y herido por una lanza, en el gesto más grande que hizo por nosotros: entregó su propia vida por la salvación de la humanidad.

Cuando contemplamos el evangelio, vemos a Jesús que se acerca al que sufre. Su amor es compasivo. Está dispuesto a acortar la brecha que existe entre el sufrimiento de las personas y la vida que Dios quiere para ellas.

Para Jesús el amor es un compromiso con la dignidad de la persona humana y no sólo palabras. Su amor también es gratuito. Está dispuesto a brindar su ayuda, dedica tiempo para estar con los que sufren, presta oídos para escuchar a los demás, y no teme quebrantar la ley cuando está en juego la dignidad humana.

Vemos el amor de Dios por nosotros en la Palabra de Dios hoy. En la primera lectura y en el Evangelio vemos a un Dios que busca a sus ovejas perdidas. Se desplaza para ir por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron. "Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré. Yo las apacentaré en la justicia", nos dice Dios a través del profeta Ezequiel. Si el Señor es nuestro pastor, nada nos faltará, como dice el salmo responsorial.

En el Evangelio, Jesús toma un ejemplo de la vida real del campo. El que lleva el ganado actúa de manera que cada animal no se aparte del camino que lo va a llevar al pasto o al corral. Si un animal se aparta, él va tras de él para llevarlo al camino correcto. Jesús emplea esa bella imagen del pastor que va tras la oveja perdida, hasta que la encuentra. Y cuando la encuentra, no le pone castigo, no la trata con violencia ni con dureza. La carga sobre sus hombros todo contento, lleno de amor y gozo. Vuelve a la casa y hace una fiesta con sus amigos y vecinos. De esta parábola Jesús saca una lección: "Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse". Para Jesús ningún ser humano debe permanecer fuera del banquete de la misericordia.

Nosotros somos aquella sola oveja, tan amada, tan preferida. Debemos reconocer que nos hemos descarriado, que hemos pecado, que sin el pastor no somos nada.

También el Señor nos llama a ser pastores para los demás a la manera de Jesús. A veces juzgamos a los demás, los condenamos, nos creemos justos y somos duros para los que no andan de acuerdo con la voluntad de Dios. ¿Qué hacemos para salir al encuentro de los que andan extraviados, los jóvenes que andan en las drogas, los adultos que son esclavos del alcohol, las mujeres que venden su cuerpo para conseguir el dinero necesario para sus hijos? Debemos dejar el yugo de nuestra autosuficiencia y acercarnos a los que sufren de una u otra manera.

Para ser buenos pastores, tenemos que mirar con amor a Jesús en la cruz. Él murió por los pecadores. Nos dice san Pablo: "La prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores". Hemos sido justificados por su sangre preciosa, la sangre que derramó desde su corazón cuando el soldado le traspasó el costado. "Porque, si cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con Él por la muerte de su Hijo, con mucho más razón, estando ya reconciliados, recibiremos la salvación participando de la vida de su Hijo", prosigue san Pablo.

El P. Javier Rojas SJ. escribió una bella reflexión sobre esta fiesta. Transcribimos algunos fragmentos: En el corazón del ser humano hay bondad, hay deseo de Dios, capacidad de amar, y esa pizca de “locura” que hace al ser humano una persona capaz de hacer grandes cosas por los demás. Sin embargo, ¿qué nos pasa? ¿Por qué cuesta tanto a algunos cristianos salir del propio “querer y sentir” y mirar al que está sufriendo cerca de él? ¿Cómo es posible que muchos cristianos sigan creyendo que seguir a Jesús es sólo cumplir unas cuantas normas? ¿Dónde quedó el deseo profundo de imitar la manera de vivir de Jesús?

En esta Eucaristía, preparémonos a comulgar al cuerpo y a la sangre de Nuestro Señor, agradeciéndole el amor infinito que nos tiene y todas las gracias que nos mereció en la cruz.