Homilías Monseñor Guy Charbonneau

Hemos caminado, cantado, bailado, reído. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quién? Cierto que es un bonito momento que vivimos, pero joven, ¿qué es lo que te ha atraído aquí? Si es Jesús, ¿qué te atrae en Él?

El lema de este encuentro es: "Cristo vive, esperanza nuestra" . Son las primeras palabras de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco después del Sínodo sobre la juventud el año pasado. Se dirige a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios. El primer párrafo dice: "Cristo vive, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!".

Cristo vive y nos libera de nuestros pecados, de nuestros complejos, de nuestra baja autoestima. "Cristo nos ha liberado para que seamos libres", nos dijo san Pablo. La libertad es un gran valor para ustedes, jóvenes. La libertad es un aprendizaje, no se logra de la noche a la mañana. Por ej. a ustedes jóvenes les gustan las fiestas. Allí uno baila, ríe, comparte con otros jóvenes, al son de una música con mucho ritmo y volumen. ¿Cómo hacer para que estas fiestas conserven su rasgo de diversión sana y no se conviertan en excesos de bebida o de sexo? Guardando la mirada en Jesús. Él les educa para que "conserven la libertad y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud".

Cristo nos atrae porque nos ama a cada uno personalmente. La necesidad más grande que uno tiene es sentirse amados. Cristo nos ama tal como somos. Toda su existencia es un testimonio de amor. Amor atrae amor. Cristo nos invita a amarnos mutuamente como Él nos ha amado. "Háganse servidores los unos de los otros por amor", nos dice san Pablo. Una intuición muy fuerte que tuve en mi juventud es que no podía ser feliz si no hacía felices a los demás. Nos dice el Papa Francisco: "Déjate amar por Dios, que te ama así como eres, que te valora y respeta, pero también te ofrece más y más: más de su amistad, más fervor en la oración, más hambre de su Palabra, más deseos de recibir a Cristo en la Eucaristía, más ganas de vivir su Evangelio, más fortaleza interior, más paz y alegría espiritual".

A ese más, a ese plus que te ofrece Jesús debe corresponder una respuesta cada vez más consciente y generosa de parte tuya. Cristo atrae a la juventud porque propone ideales altos, para los cuales vale la pena luchar y entregarse. Jesús ha atraído a millones de jóvenes a lo largo de la historia y los ha ayudado a crecer, a superar sus límites, a ir más allá de sus fronteras personales.

En los tres casos que nos presenta el Evangelio de hoy, se percibe a un Jesús que pide más a los que desean ser sus discípulos. Tenemos que ser consecuentes con nuestra opción fundamental por Jesús. En el primer diálogo, Jesús nos enseña que seguirlo a él exige renunciar a todas las seguridades de este mundo. "El Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza". En el segundo diálogo, Jesús afirma que su invitación a seguirlo no admite postergaciones: cuando él llama a alguien para que sea su discípulo, uno debe responder de inmediato, dejando de lado cosas y valores que tenía hasta entonces, incluso las relaciones con la familia. Si nos llama a seguirlo, nos pide que no absoluticemos a nuestra familia, porque Él es el primero, la prioridad es el anuncio del Reino de Dios. Me acuerdo de un joven que sostenía económicamente a su mamá con su trabajo. Tenía mucho miedo de entrar al Seminario y dejar a su mamá desamparada. Pero cuando comunicó a sus hermanos su deseo de ser sacerdote, ellos dijeron: "Entra tranquilamente al Seminario, nosotros nos vamos a ocupar de mamá". La solidaridad y la fraternidad hacen que casi siempre hay alguien que se ocupa de los padres del discípulo. En el tercer diálogo, un joven dijo a Jesús: "Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia". La petición era muy natural. Pero Jesús vio en eso un posible riesgo: "El que empuja el arado y mira para atrás no sirve para el Reino de Dios". El discípulo que verdaderamente renuncia a todo para seguir a Jesús no puede vivir añorando lo que dejó atrás, porque su tesoro es Dios y su Reino.

Este Evangelio tiene un tono vocacional, para los jóvenes que se sienten atraídos a una vocación sacerdotal o religiosa. Pero se aplica también a todo joven que quiere ser laico comprometido o laica comprometida. Hay que priorizar, dejar cosas buenas aparte, para buscar lo esencial. Para un joven, su primer deber es el estudio, para ser competente y ser capaz de asumir compromisos en la sociedad y en la familia.

Querido joven, vale la pena seguir a Cristo, ¿no? Pero ¿dentro o fuera de la Iglesia? Con el Papa afirmo que la Iglesia es joven cuando es ella misma, cuando recibe la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, de la presencia de Cristo y de la fuerza de su Espíritu cada día. La Iglesia puede caer en la tentación de perder el entusiasmo y buscar falsas seguridades humanas. Son precisamente ustedes, los jóvenes, que pueden ayudarla a mantenerse joven, a no caer en la corrupción, a no volverse orgullosa, a ser más pobre y testimonial, a estar cerca de los últimos y descartados, a luchar por la justicia, a dejarse interpelar con humildad. Por eso es importante la pastoral juvenil, ligada a la pastoral educativa, a la pastoral familiar, a la pastoral vocacional, a la catequesis, para escucharlos a Uds. con atención, para acompañarlos en su caminar, para celebrar con Uds. la vida, cantar con todo el corazón, escuchar testimonios impactantes y experimentar el encuentro comunitario con el Dios vivo.

Tenemos como modelo de discípula a María, la muchacha de Nazaret (CV 43). Ella dijo sí a Dios. Ella consagró toda su vida a Dios. Ella no compró un seguro de vida. Ella se la jugó y por eso es fuerte, por eso tiene influencia sobre nosotros, es la influencer de Dios. En ella, el sí y las ganas de servir fueron más fuertes que las dudas y las dificultades.

En esta Eucaristía démosle gracias al Señor porque Él vive, Él es nuestra esperanza, Él nos alimenta con el pan de vida, Él nos impulsa a un mayor compromiso al servicio de Dios, de la familia y de la sociedad.