Homilías Monseñor Guy Charbonneau

Hoy el Señor nos regala una parábola extraordinaria, que nos alimenta espiritualmente y nos mueve a la acción. Es la parábola del buen Samaritano. Para comprenderla en profundidad, hay que ver el contexto en el cual el Señor la pronunció.

Pronto el ministerio de Jesús encontró hostilidad de parte de los poderosos de su tiempo: los que formaban parte del partido de los fariseos y los doctores de la ley judía. El maestro de la ley que interroga a Jesús sabía que en los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo se resume toda la Ley. Sabía también que el cumplimiento de los dos mandamientos otorga la vida eterna. Pero quiso poner a Jesús a prueba, quiso hacerlo caer en una trampa: los doctores de la ley habían contado 613 mandamientos en la Ley del Antiguo Testamento. No era fácil saber cuál era el mandamiento principal de la Ley. Como Jesús no había ido a la escuela que formaba a los doctores de la ley , según ellos era un ignorante.

Jesús entonces le pregunta: "¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?" El doctor de la ley recita entonces los dos mandamientos. Jesús no tenía prejuicios contra nadie. Lo que importaba para él era la verdad: había venido para ser testigo de la verdad. Por eso Jesús dijo: "Has contestado bien; si haces eso, vivirás". Es cierto: si uno ama a Dios sobre todas las cosas y ama a su prójimo como a sí mismo, recibe la vida eterna.

Hubiera podido terminar ahí el diálogo. Pero el doctor de la ley quería justificarse,  tenía una inquietud. Le preguntó a Jesús: "¿Y quién es mi prójimo?" Era una pregunta válida. El Antiguo Testamento enseñaba que el prójimo es el israelita, el que practicaba la Ley del Antiguo Testamento. El prójimo podía ser también el extranjero que había ido a vivir en el territorio de Israel, y que seguía todas o algunas prácticas de la religión de Israel. Pero el prójimo no podía ser el pagano que vivía en otras naciones o tierras. Y mucho menos el prójimo podía ser un samaritano. Lo vemos reflejado en el libro del Eclesiástico 50,25-26: "Hay dos naciones que detesto y una tercera que no es nación: los que habitan en la montaña de Seír - los descendientes de Esaú - los filisteos y el pueblo necio que reside en Siquén - o sea los samaritanos".

Al contar la parábola del buen Samaritano, Jesús da un nuevo sentido a la palabra "prójimo": ante cualquier persona de cualquier origen que se encuentra en necesidad, el prójimo es aquél que se acerca a él para ofrecerle ayuda. Comportarse como prójimo es todo lo contrario de lo que hicieron el sacerdote y el levita, que, por venir del templo de Jerusalén y para no hacerse impuros legalmente, vieron al hombre herido que estaba medio muerto, pero pasaron de largo. En eso ellos seguían la ley de Moisés que decía: "Cualquier persona que toque un cadáver, sea quien fuere el muerto, será impuro durante siete días" (Números 19,11). La impureza legal era el estado de las personas que impedía acercarse a Dios, tomar parte en celebraciones religiosas y participar en la vida de la comunidad.

En la parábola Jesús emplea adrede el ejemplo de un samaritano, que pertenecía a un pueblo hereje. Hay que estar atentos a los verbos de acción que emplea Jesús: El samaritano, al ver al hombre herido, se compadeció de él, se le acercó, curó sus heridas y las vendó, lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Sacó dos denarios, se los dio al dueño y le dijo: "Cuida de él y lo gastes de más, te lo pagaré a mi regreso". Todas son acciones de misericordia.

Para Jesús, el prójimo no es alguien pasivo, el que se acerca a mí para pedirme una ayuda o una limosna, sino aquél que es activo, el que cuida la vida del herido, lo acompaña y le devuelve su dignidad. El samaritano ha perdido un día, ha gastado dinero que tenía reservado para otras cosas, se ha atrevido a cuidar alguien desconocido, tal vez un judío que era enemigo de su pueblo. Pero tuvo compasión de él. No calculó sus obligaciones, pero dejó que hablara su corazón.

Por eso Jesús preguntó al doctor de la ley: "¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?" El doctor le respondió: "El que tuvo compasión de él". Entonces Jesús le dijo: "Anda y haz tú lo mismo". Sé tú capaz de hacerte el prójimo de aquel con quien te encuentras.

¡Cuánta compasión nos falta a los cristianos porque no nos preocupamos por el otro, o lo criticamos o lo comemos vivo! Hacernos prójimo del otro toma su inspiración en nuestra relación con Dios. La llamada de Dios es más fuerte que el peligro, viene de un amor que no se detiene aunque se corren muchos riesgos.

El Señor nos invita a no esperar a que venga el necesitado; más bien tenemos que salir a buscarlo, ser prójimo de todos sin distinción, aun corriendo riesgos. Les hago una pregunta que cada uno puede contestar en su interior: ¿Puedo arriesgar mis seguridades y comprometerme a amar a Dios y al prójimo como lo hizo el buen samaritano?

Jesús es el buen samaritano por excelencia. Él ha dado su vida por nosotros y se preocupa por nosotros en cada instante. En esta Eucaristía démosle gracias a Él por lo que hace por nosotros y pidámosle su gracia para ser generosos y compasivos como el buen samaritano de la parábola.

 

53 años del Seminario Menor

Primero se llamó Villa Fátima, luego Seminario Menor Pablo VI y ahora Seminario Menor San Pablo VI, porque su patrón ha sido canonizado.

Estamos en el mes vocacional, donde rezamos de modo especial por las vocaciones sacerdotales y religiosas. El Señor nos lo pidió: "Rueguen al Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies". Estos obreros tienen que prepararse bien. Por eso la Iglesia fundó las instituciones del Seminario Menor y del Seminario Mayor, para cultivar en los jóvenes la vocación sacerdotal, acompañarlos en este largo camino y ayudar al obispo a discernir los signos de la vocación de cada uno. Por eso quiero agradecer y felicitar a los formadores del Seminario, que ven a los jóvenes cada día y viven con sacrificio y amor su responsabilidad de formadores. Ellos son los buenos samaritanos que el Señor ha suscitado para ser orientadores, padres espirituales, consejeros de los jóvenes en el Seminario.

Quiero agradecer también a las Hermanas de la Sagrada Familia, que son las madres espirituales de estos jóvenes, que no sólo les preparan la comida y les lavan la ropa, sino que ven en ellos el rostro de Cristo Sacerdote.

Quiero agradecer a los bienhechores del Seminario, que dan ayuda económica al Seminario desde su pobreza, también a los médicos y odontólogos que ofrecen consultas a los seminaristas enfermos.

Quiero dar gracias a los ex-alumnos del Seminario, que manifiestan un gran amor a su alma mater y lo han probado hace tres años para reparar gran parte del Seminario.

Quiero decir gracias también al nuevo comité económico del Seminario, que hacen actividades que ayudan al financiamiento del Seminario.

Esta mañana tendré el gusto de otorgar la candidatura a dos seminaristas de 2° año de teología. Es el primer paso oficial que harán hacia la ordenación sacerdotal. Se trata de DARWIN ONARIS GONZALES MARTÍNEZ, originario de Langue, y de MARCOS ANTONIO TRUJILLO MATAMOROS, de la Colonia Montecarlo de la parroquia San Pablo de Choluteca.