Homilías Monseñor Guy Charbonneau

"María ha escogido la mejor parte y nadie se la quitará". Estas palabras de Jesús nos plantean unos interrogantes. Por ejemplo: ¿Qué es más importante: la oración o la acción? ¿Habría que descuidar nuestras responsabilidades familiares o laborales para dedicarnos a la oración? O bien ¿hay que descuidar la oración para dedicarnos a tiempo completo a la acción? Hay gente que está tan ocupada que no tiene tiempo para orar. Una antigua canción protesta decía: "No basta rezar. Hacen falta muchas cosas para conseguir la paz". En definitiva, ¿qué es lo que Dios espera de nosotros? Veamos lo que nos dice hoy la Palabra de Dios.

La primera lectura, tomada del libro del Génesis, ensalza la virtud de la hospitalidad. Vemos a Abrahán y a su esposa Sara que se mueven para atender bien a sus tres visitantes. Traen agua, hacen pan, guisan un ternero, y sirven todo con requesón y leche. Abrahán se queda de pie mientras ellos comen. Él es un modelo de hospitalidad. Su acción caritativa es premiada con una recompensa divina. Uno de los huéspedes le dice: "Dentro de un año volveré sin falta a visitarte por estas fechas; para entonces Sara, tu mujer, habrá tenido un hijo". Es una primera lección para nosotros: si sabemos acoger bien a otra persona, Dios nos premiará de una u otra manera.

El evangelio de hoy nos presenta una familia de tres hermanos que recibe a Jesús en su casa. Son Marta, María y Lázaro. Cada uno tiene un carácter y unos carismas distintos. Aquí san Lucas nos habla de las dos mujeres. Ambas viven la hospitalidad, pero de una forma distinta.

"Marta lo recibió en su casa". Ese detalle nos hace ver que ella es la hermana mayor, que gobierna la casa. Es una mujer muy activa, con un gran espíritu de servicio, que hace todo lo posible para atender bien a Jesús. Ella quiere servir al Señor, pero no tiene tiempo para escucharlo. Ella se preocupa de las cosas externas. Además le hace un reproche a Jesús: "Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude". Ella considera que el lugar de María no es estar sentada a los pies de Jesús, sino apurarse en la preparación de la comida, tal como lo está haciendo ella, siguiendo el ejemplo del mismo Jesús, quien dijo: "estoy entre ustedes como el que sirve" (Lc 22,27).

En cambio María vive otra forma de hospitalidad. Decide permanecer cerca del Señor y para ello no encuentra mejor posición que la de sentarse a sus pies, como fiel discípula.

Al reclamo que le hace Marta, Jesús le responde que hay un valor mayor que el de servir a los demás: es ser discípulo de Jesús por la escucha de su palabra. María ha elegido la "mejor parte", que nadie tiene derecho a quitarle. Sólo esa "mejor parte" hace que el servicio del discípulo adquiera una nueva motivación. Como cristianos debemos actuar motivados por Dios, por el amor de Dios. El servicio adquiere también una nueva fuente, la Palabra de Jesús, y una nueva finalidad, hacer presente el Reino de Dios. Éste es el servicio propio de un discípulo del Reino de Dios. Escuchar y contemplar a Dios, por ejemplo en la Lectio Divina, no es una pérdida de tiempo. La escucha de Jesús como discípulos nos motiva a actuar como misioneros.

Podemos preguntarnos: ¿A los pies de quién nos sentamos nosotros? ¿A los pies del televisor o mirando el celular? ¿A quién estamos dispuestos a escuchar con atención y tranquilidad? Decía el Papa Francisco: "La primera tarea de la vida es la oración de corazón".

Dios no necesita una Iglesia agobiada, cansada y nerviosa, como Jesús se lo dice a Marta. Pero sí una Iglesia de escucha, atenta a su Maestro. Una Iglesia de escucha, que nos motiva para actuar. Tenemos que unir siempre oración y acción. El escuchar y obedecer a Jesucristo es el mayor de los bienes. De esa escucha nacerá nuestro seguimiento y nuestra existencia plena y libre como discípulo. Quien aprenda a escuchar a Jesús, en su momento tendrá que ponerse a servir a sus hermanos. Son dos momentos indispensables de la vida cristiana.

Decía el Papa Benedicto: "La palabra de Cristo es clarísima: no contiene ningún desprecio por la vida activa, ni mucho menos por la generosa hospitalidad; sino una llamada clara al hecho de que lo único verdaderamente necesario es otra cosa: escuchar la Palabra del Señor; y el Señor en aquel momento está allí, ¡presente en la Persona de Jesús! Todo lo demás pasará y se nos quitará, pero la Palabra de Dios es eterna y da sentido a nuestra actividad cotidiana. Esta página del Evangelio nos recuerda el hecho de que la persona humana debe trabajar; empeñarse en las ocupaciones domésticas y profesionales; pero ante todo tiene necesidad de Dios, que es luz interior de amor y de verdad. Sin amor, hasta las actividades más importantes pierden valor y no dan alegría. Sin un significado profundo, toda nuestra acción se reduce a activismo estéril y desordenado. Y ¿quién nos da el amor y la verdad sino Jesucristo? Por eso aprendamos, hermanos, a ayudarnos los unos a los otros, a colaborar, pero antes aún a elegir juntos la parte mejor, que es y será siempre nuestro mayor bien, Jesús".

Démosle gracias al Señor por este momento de intimidad y alegría de la Eucaristía, donde escuchamos la Palabra del Señor y donde, al final el sacerdote dice: "Pueden ir en paz", que quiere decir: "Pueden vivir en paz y construir la paz alrededor de ustedes".