La primera lectura recoge el consejo de un padre a un hijo: "Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo Él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria". La humildad es una virtud necesaria para quien quiere ser sabio, porque el verdadero sabio no se deja llevar por sus propias ideas, ni se empecina en ellas, sino que sabe escuchar. El orgullo y la terquedad nos impiden acceder a la verdadera sabiduría. Como dice el dicho popular: el orgullo mata. No podemos recibir la gracia de Dios si no ponemos a un lado nuestro orgullo y soberbia. El autor sagrado es tremendamente realista: "No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad".

El evangelio de hoy se sitúa en el contexto de un banquete. Jesús da dos enseñanzas sobre las virtudes que deben tener sus discípulos. Lo hace por medio de parábolas, como es su costumbre hacerlo. Esto significa que no se trata de simples preceptos sobre normas de hospitalidad o de urbanidad, sino de comparaciones de las que debemos extraer una enseñanza.

La primera enseñanza se refiere a una situación en la cual alguien es invitado a un banquete de bodas. Jesús era un fino observador. Viendo el comportamiento de algunas personas que pretendían ocupar los lugares de más honra, Jesús les pide a sus discípulos que busquen siempre el lugar más humilde. "Cuando te inviten, ocupa el último lugar". Porque la verdadera gloria es la que uno recibe de Dios, no de los hombres. Los que se glorifican a sí mismos, en cambio, sólo terminarán recibiendo humillaciones. La parábola termina con un verbo en voz pasiva: "El que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido". El verbo en voz pasiva indica que el sujeto de esa acción es Dios. Así traduce la nueva Biblia de la Iglesia en América: "Porque Dios humillará a todo el que se engrandece a sí mismo, y engrandecerá al que se humilla". Los criterios para elegir los puestos en un banquete no se basan en la precedencia, o en los cargos o en la notoriedad, sino que se inspiran en el actuar de Dios, que promueve a los últimos. Para seguir a Jesús es necesario ser humilde y estar dispuesto a ser el último. Por otro lado, la humildad no puede ser confundida con el sometimiento. La sana autoestima va de acuerdo con la humildad.

La segunda enseñanza de Jesús se refiere a una situación donde uno es el anfitrión en un banquete. Comienza con estas palabras: "Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos... sino a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos". Para ser discípulo de Jesús, hay que estar dispuesto a servir a los más pobres y excluidos, a hacer el bien sin esperar ninguna recompensa. Debemos estar desinteresados y jamás debemos hacer el bien para recibir una retribución. El que comparte lo que tiene sin buscar recompensa alguna en este mundo la recibirá de manos de Dios, quien es infinitamente generoso. Jesús insiste en que el verdadero amor es gratuito. Esta parábola se realiza de alguna manera en la Jornada Mundial de los Pobres, donde las parroquias hacen un esfuerzo para reunir a los pobres y darles una buena comida.

El Señor nos invita a proceder siempre con sencillez y humildad, pues la arrogancia no tiene valor ante Dios, pues para Él, los pobres son sus favoritos, sus predilectos. Nos hace falta mucho para ser realmente humildes - me refiero a la virtud de humildad - y para acercarnos a los humildes, los pobres. Pero vamos: hagamos un esfuerzo, y el Señor multiplicará nuestros esfuerzos con su poder.

Los invito a acercarse a Jesús, mediador de la nueva alianza, para alcanzar la plena comunión con Dios. En la nueva alianza, Jesús obedeció a su Padre y se solidarizó con nosotros, hasta ofrecer su sangre y - con ella - su misma vida de Hijo de Dios.

Hoy celebramos la Jornada Nacional de Oración y Solidaridad con el Migrante, el Desplazado y el Refugiado. El tema escogido por el Papa este año es: "No se trata sólo de migrantes". El migrante hoy es el humilde y pobre de las dos parábolas. Nadie lo va a invitar a un banquete. Es el extranjero que nadie conoce y, por tanto, le tenemos miedo. Muchas veces los más pobres entre los pobres son las personas y familias migrantes, desplazadas, refugiadas. La prevención de la migración forzada no es sólo la responsabilidad de los gobiernos; empieza en nuestras comunidades con la acogida, la escucha y la asistencia a los más pobres y necesitados. Pidamos a Dios que nos ayude a ver en cada uno de ellos el rostro de Jesús que camina entre nosotros y a acogerlos como hermanos.